El diario plural del Zulia

Fernando Mires | Sobre astros y planetas en el fútbol

Me costó decidirme. Estuve a punto de escribir sobre el partido Inglaterra 3 México 2. Fue excelente, tenso, todo lo que se necesita para gustar del fútbol.

La otra alternativa, y por ella al fin me decidí, fue por un no menos vibrante partido, el que llevó al triunfo histórico de Noruega sobre Brasil (2-1). Me decidí porque fue histórico, tan histórico como fue el triunfo de Paraguay sobre Alemania, o quizás más todavía.

En ambos casos, dos gigantes del fútbol mundial, Alemania y Brasil, fueron desclasificados y enviados a casa a descansar (si es que la rabiosa prensa los deja). Fue, el de Noruega, un triunfo espectacular, uno que demostró una vez más que en este mundial no hay equipos chicos; uno donde cualquiera le puede ganar a cualquiera.

¿Cuáles son los requisitos para ganar en un campeonato entre iguales? Por un lado la suerte, por otro lado, el nombre de algún gran hombre. Un astro.

Para seguir con el ejemplo, Alemania tenía un cuadro de grandes jugadores, pero ningún «gran hombre». Brasil tampoco. ¿Debo decir entonces que entiendo por un gran hombre? ¿O lo que es lo mismo: ¿por un gran nombre? ¿Un líder? No necesariamente.

El gran hombre en el fútbol ha de ser un muy buen futbolista, pero más que eso, debe ser un irreemplazable, alguien sin sustituto, un jugador simbólico del país, uno que, aunque no juegue bien, por el solo hecho de estar ahí, entrega confianza y seguridad a sus compañeros.

Si se quiere, se trata de algo parecido al papel de la abeja reina en un panal; muere la abeja reina, comienza el caos. Entre el gran hombre en el fútbol con respecto a su equipo, pasa lo mismo. Si no está presente, los jugadores se convierten en sonámbulos, por muy buenos que ellos sean, como son los de Alemania y Brasil.

El gran hombre es un astro que por su sola presencia brilla; los demás jugadores son planetas y asteroides. Sin ese hombre-sol no hay sistema solar que valga.

Para seguir pensando en los casos de Alemania y Brasil, grandes eliminados por supuestos rivales inferiores, ninguno poseía a ese hombre clave, alguien parecido a lo que fueron en el pasado reciente Beckenbauer o Pelé (respectivamente), o por lo menos algún sustituto de ellos.

En el mundial de 1962 en Chile, recordemos, lesionado Pelé, el rol de sustituto debió asumirlo Garrincha, y lo fue hasta el punto en que ese fue conocido como «el mundial de Garrincha».

Pero no necesitamos ir tan lejos. En este mismo mundial hay varios grandes nombres-hombres: Messi en Argentina, Ronaldo en Portugal, Kane en Inglaterra, Salah en Egipto, Mbappé en Francia y por supuesto Erling Haaland en Noruega.

Por lo demás, tal fenómeno no solo es propio a la historia del fútbol. Lo mismo ocurre en la historia mundial. Hecho que hizo escribir a Thomas Carlyle en pleno siglo XIX que la «historia del mundo no es más que la biografía de los grandes hombres». Seguramente Carlyle pensaba en nombres como Julio César, Alejandro Magno, Napoleón, Juana de Arco.

Dicha tesis fue rebatida por el cientismo historiográfico, disciplina que tuvo su máximo apogeo a lo largo de casi todo el siglo XX. Tanto el materialismo histórico en Marx como el positivismo en Spencer determinan que la historia se deja regir por leyes objetivas que determinan hechos en los que los llamados «grandes hombres» no son más que circunstancias fortuitas.

La conocida frase de Marx no admite en ese sentido réplica: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado» (El 18 brumario de Luis Bonaparte).

Quien primero rebatió esa tesis de Marx fue un marxista consumado: Leo Trotsky. Cuando él se hizo la pregunta si la revolución rusa habría sido posible sin Lenin, respondió con un rotundo NO. La revolución rusa sucedió porque había un gran hombre, Lenin, que la hizo suceder. (Historia de la Revolución Rusa (Tomo 2, Capítulo «El partido y Lenin»)

Tal vez, dándose cuenta Trotsky de que había cometido una herejía con respecto a los maestros fundadores, intentó componer su dictamen ultraleninista afirmando que lo grandes hombres son los que reconceden las condiciones históricas, estableciéndose una relación entre condiciones objetivas y subjetivas.

Para el revolucionario ruso la historia no estaba escrita de antemano, lo que es obvio. Nadie puede ser un gran hombre fuera de las condiciones que lo rodean de la misma manera que ningún team puede ganar un partido solo porque cuenta con un gran hombre.

Lo que no dijo Trotsky fue cómo y quién diferencia las condiciones objetivas de las subjetivas. Pero igual, Trotsky estaba mejor condicionado para entender un partido de fútbol que Marx.

Y lo que no dijo nadie fue que los grandes hombres de la historia, a diferencia de la historia del fútbol, no necesitan ser buenos hombres. Sin duda Hitler fue un g ran hombre, como hoy lo es Putin. Pero también los dos entran en la galería de los grandes criminales de la historia.

En el tema futbolístico no hay ninguna ley histórica que explique el triunfo de Noruega sobre Brasil; más bien lo contrario: por antecedentes y por figuras, Brasil debería haber ganado fácilmente ese partido.

La diferencia es que siendo en su conjunto el equipo de Brasil superior al de Noruega, no contaba con un gran hombre como sí contaba Noruega.

Los periodistas sensacionalistas han bautizado a Haaland con diversos epítetos; el más suave es el de «el vikingo»; pero hay otros que son definitivamente odiosos, como el de «el monstruo noruego» o «la bestia humana».

Pero no es así. Haaland es solo un buen y simpático muchacho especializado en hacer goles, contando para ello con una agilidad extraordinaria (pero no sobrehumana), con una estatura poco común en los futbolistas, y una inteligencia que le permite aparecer en el momento preciso de hacer el gol.

Su profesión es la de futbolista y su especialidad es la de goleador. Y bien, esa especialidad la trabaja y la cultiva con denuedo en los entrenamientos. En ese sentido Haaland no se diferencia de un gran tenor que trabaja su extraordinaria voz antes de cada concierto. Evidentemente le gusta el fútbol y se nota, es feliz jugando.

Tiene, además, una mente equilibrada; nunca hace faltas innecesarias como tampoco las hacen un Messi, un Ronaldo, un Kane. En breve: es un excelente profesional.

Después del partido estuve mirando sus goles. Ninguno fue el resultado de alguna jugada extraordinaria. Lo que sí me llamó la atención fue lo libre que se encontraba en los momentos de hacer entrar la pelota en el arco.

En el primer gol se le ve caminando, casi con pereza, y de repente se descuelga y hace el gol con un cabezazo imparable. En el segundo gol, la pelota le llegó, tuvo tiempo para acomodarse y disparar sin que ningún rival interviniera.

A un jugador de la talla de Haaland, lo sabían los brasileños, hay que mantenerlos extremadamente vigilados. ¿Cómo puede suceder eso?

Ahí fue cuando me acordé de lo que siempre decía un comentarista deportivo durante mi infancia, en mi país: a un buen jugador se le reconoce no solo cuando está con el balón sino cuando está sin el balón, desplazándose en la cancha, buscando el momento y el lugar adecuado para crear una jugada decisiva.

Jugar sin la pelota en los pies: ese es quizás uno de los secretos de ese gran hombre noruego llamado Erling Haaland. Parece fácil, pero es lo más difícil en el fútbol.

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