Pedro Adolfo Morales Vera | El arte de perder una democracia
Tucídides escribió la historia de una guerra que duró veintisiete años, pero su verdadero tema no fue el conflicto entre Atenas y Esparta. Fue algo mucho más inquietante. La fragilidad de una democracia.
Pocos autores han descrito con tanta lucidez cómo una sociedad puede deslizarse hacia formas crecientes de autoritarismo sin que sus ciudadanos sean plenamente conscientes de ello. La guerra del Peloponeso no comenzó con la abolición de las leyes ni con un golpe de Estado. Comenzó con decisiones que, consideradas por separado, parecían razonables. Alianzas militares justificadas por la seguridad. Votaciones impulsadas por la urgencia. Discursos que magnificaban amenazas reales para reclamar poderes excepcionales.
Los atenienses no perdieron su libertad en una sola jornada. La fueron entregando gradualmente mediante concesiones que parecían temporales. Cada excepción encontraba una justificación. Cada renuncia se presentaba como necesaria. Cada paso parecía pequeño. La suma de todos ellos transformó el régimen.
Ese proceso constituye una de las grandes lecciones de la historia política. Las democracias rara vez mueren de forma repentina. Lo habitual es que se deterioren lentamente hasta que un día los ciudadanos descubren que las instituciones siguen existiendo, pero ya no cumplen la función para la que fueron creadas.
La Atenas de Pericles comprendió algo esencial. La democracia no era únicamente un sistema para elegir gobernantes. Era una forma de convivencia basada en la responsabilidad cívica. Exigía ciudadanos capaces de participar en los asuntos públicos, de fiscalizar a quienes ejercían el poder y de anteponer el interés común a las lealtades faccionales.
Cuando esa actitud desaparece, las instituciones permanecen, pero se vacían de contenido. Las leyes continúan vigentes. Las elecciones siguen celebrándose. Los parlamentos mantienen su actividad. Sin embargo, la confianza que sostiene todo el edificio democrático comienza a erosionarse.
La democracia depende de un elemento extraordinariamente frágil. El hábito de la libertad.
Las constituciones pueden proteger derechos. Los tribunales pueden garantizar procedimientos. Los mecanismos de control pueden limitar abusos. Pero ninguna arquitectura institucional puede sobrevivir indefinidamente si los ciudadanos dejan de creer en ella o renuncian a defenderla.
La decadencia democrática suele comenzar cuando la sociedad se acostumbra a lo que antes consideraba inaceptable. Cuando la mentira deja de escandalizar. Cuando la corrupción deja de sorprender. Cuando el abuso de poder se convierte en una noticia más. Lo excepcional se normaliza. Lo anómalo deja de parecer anómalo.
La historia contemporánea ofrece numerosos ejemplos de ese fenómeno. Regímenes muy distintos entre sí han utilizado procedimientos similares. Reformas legales presentadas como necesarias. Concentraciones progresivas de poder justificadas por situaciones extraordinarias. Restricciones que se anunciaban provisionales y terminaron convirtiéndose en permanentes. En casi ningún caso la libertad desapareció de golpe. Fue reduciéndose paso a paso hasta resultar irreconocible.
Lo más inquietante es que muchas veces los ciudadanos no perciben el momento exacto en que comienza la transformación. No existe una frontera visible entre la normalidad democrática y su degradación. El cambio suele manifestarse en pequeños gestos cotidianos. En la autocensura que evita una conversación incómoda. En la indiferencia ante una arbitrariedad. En la resignación ante comportamientos que antes habrían provocado indignación.
Tucídides comprendió además otro fenómeno decisivo. La descomposición política comienza cuando los ciudadanos dejan de verse como miembros de una misma comunidad y empiezan a considerarse enemigos irreconciliables. En su relato de la guerra civil de Corcira observó cómo las palabras cambiaban de significado, cómo la moderación era presentada como debilidad y cómo la lealtad al grupo terminaba sustituyendo al juicio independiente.
Esa observación conserva hoy una actualidad extraordinaria. Ninguna democracia puede funcionar cuando la identidad política se vuelve más importante que la verdad. Cuando el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa para convertirse en alguien cuya mera existencia se percibe como una amenaza.
La democracia necesita debate. Necesita crítica. Necesita desacuerdo. Lo que no puede soportar indefinidamente es la desaparición de un espacio común donde los hechos sigan teniendo valor y donde los ciudadanos acepten la legitimidad de quienes piensan distinto.
Por eso las democracias no suelen ser derrotadas por enemigos exteriores. Con frecuencia son debilitadas desde dentro por la indiferencia, el sectarismo y la fatiga cívica. Su mayor amenaza no es la existencia de conflictos, sino la pérdida de las virtudes que permiten resolverlos pacíficamente.
Tucídides no escribió una obra sobre el pasado. Escribió una advertencia para todas las generaciones futuras. Nos recordó que la libertad puede perderse sin que nadie anuncie su final. Que las sociedades rara vez se derrumban de una vez. Que la decadencia política suele avanzar disfrazada de normalidad. Y que el precio de conservar una democracia nunca es la vigilancia ocasional, sino una atención constante.
Porque las democracias no desaparecen cuando dejan de existir las urnas. Desaparecen cuando los ciudadanos dejan de comportarse como hombres y mujeres libres.
Quien haya observado el deterioro de la convivencia en cualquier democracia contemporánea, ya sea en Venezuela, en Estados Unidos o en cualquier país de América Latina, reconocerá este patrón. La polarización no es el síntoma de una sociedad sana, sino el caldo de cultivo de su decadencia. La lección de Tucídides es también la lección que el Zulia y Venezuela no deberían olvidar.
Pedro Adolfo Morales Vera es economista, abogado, criminólogo, politólogo, historiador y documentalista.
