Rafael Díaz Blanco | Alzando la voz | Terminar la tarea
Cuando estamos entrando en la última etapa del régimen oprobioso, de la revolución imposible, del antiimperialismo convertido en genuflexa conducta, destaca el sólido liderazgo de María Corina Machado provisto de niveles de popularidad nunca vistos en Venezuela y una increíble proyección internacional.
La construcción de un liderazgo de esta naturaleza ha sido posible, más allá de la constancia, la coherencia y el aprendizaje permanente de la líder venezolana, por su ciudadano compromiso ético con nuestro pueblo, acompañado de una valentía inusual y una clara percepción y conocimiento creciente de la realidad nacional y global.
Para la líder democrática, en Venezuela existe una dictadura transformada en estructura criminal, frente a la cual ha deslindado claramente su quehacer político empeñándose en construir la unidad necesaria para salir del régimen y dar respuestas a nuestro pueblo que van más allá de la satisfacción de las crecientes necesidades materiales. Reiteradamente nos ha dicho que se trata de una lucha espiritual.
La dictadura criminal
En el proceso constituyente de 1999 observamos como se nos imponía la visión de país de Hugo Chávez, el nuevo caudillo militar con un pensamiento caracterizado por una ensalada ideológica con ingredientes de variada naturaleza. Una nueva mayoría y un cuestionado proceso de convocatoria a una Asamblea Constituyente que rápidamente mutaría en originaría, aprobaría un proyecto de Constitución no consensual. Hugo Chávez Frías, utilizaría una mayoría electoral circunstancial y cuestionada, unida a una creciente popularidad interna e internacional para controlar todos los poderes del Estado a través de la Asamblea Constituyente.
Entonces, fuerzas sociales como sindicatos y empresarios llenan el vacío que dejaban los muy debilitados partidos políticos tradicionales y que aún no ocupaban las organizaciones políticas que más tarde surgirían. Son los años donde se desarrolla una estrategia cuasi insurreccional, pero también el referéndum revocatorio, y las candidaturas “opositoras” de Francisco Arias Cardenas y Manuel Rosales (sic).
Durante estos primeros años ya se podían apreciar los elementos dictatoriales del proyecto totalitario en marcha, de cómo sus avances se traducían en los elementos que, poco a poco, iban conformando una realidad política dictatorial que el liderazgo parecía ignorar. La oposición podía saber hacia dónde quería ir, hacia donde iban nuestros adversarios, pero ignoraba dónde estábamos, premisa indispensable para desarrollar una estrategia exitosa. Como sabemos, cualquier estrategia exitosa, exige conocer la realidad en la cual se desenvuelve. Imposible llegar a donde queremos ir, si no sabemos dónde estamos.
Poco a poco, se fue configurando el régimen dictatorial, pero durante años no asumimos que la democracia había dejado de existir en Venezuela. Confundíamos la democracia con la realización de elecciones periódicas que, si bien podían dar lugar a victorias parciales, algunas muy importantes, nunca haría realidad la alternabilidad democrática. También parecíamos desconocer que la democracia moderna, además de gobernar la mayoría, exige respeto de los derechos de las minorías y de todos, consagradas en constituciones eficaces. Veíamos como, en múltiples ocasiones, las consultas electorales solo servían a una cuasi legitimación del régimen, así como al fortalecimiento de la estructura clientelar de partidos. Todo bajo el argumento, todavía hoy por muchos esgrimido, de la necesidad de no abandonar los espacios que permite el régimen ocupar.
Durante mucho tiempo, la calificación del actual régimen político como dictadura estuvo ausente del discurso político. Se prefería hablar de déficit democrático, de autoritarismo competitivo o de proyecto no democrático, pero no de su concreción en términos de pérdida del estado de derecho y de la democracia. Todavía hoy, así se expresan, quienes con menguada popularidad colaboran con el régimen presentándose como los opositores que no son.
María Corina Machado estaría en la vanguardia de los que sin tapujos comenzarían a utilizar el término dictadura primero y más adelante régimen criminal para referirse al sistema imperante en Venezuela.
Por supuesto, para nuestro pueblo comprender lo que ocurría no era fácil, sobre todo si buena parte del liderazgo no asumía plenamente sus responsabilidades. Teníamos una dirigencia que más que conducir a un pueblo, pretendía ganar popularidad y adhesiones, actuando exclusivamente complaciendo las demandas de la opinión pública olvidando su deber de orientarla. Por otra parte, en el imaginario popular venezolano, la dictadura era ausencia de elecciones que entonces se multiplicaban, un régimen de charreteras las cuales se ocultaban, y obras públicas que tampoco se veían. Aunque en el gobierno, progresivamente, predominaban los militares, éstos preferían no usar el uniforme. El propio Chávez se vestía de militar cuando quería resaltar su carácter de jefe de las fuerzas armadas, o hacer evidente la ya entonces incipiente estrategia del miedo. La violencia era muy selectiva, ya que habida cuenta de la popularidad de Chávez y la estrategia emprendida, podían alcanzar el comportamiento deseado, el respaldo y apoyo, acudiendo a la violencia solo puntualmente. En cuanto a las obras públicas que habían caracterizado nuestra última dictadura del siglo XX, éstas simplemente no existían, ni antes ni ahora.
Deslinde claro de la dictadura
Durante mucho tiempo, los voceros del régimen se empeñaban en decir que “todo estaba absolutamente normal”. Las posiciones asumidas por sectores políticos, económicos y sociales no se distinguían claramente de la de los sectores que apoyaban la dictadura. No existía un claro deslinde y cuando lo había, no eran así percibidos por una población que cada vez más desconfiaba del régimen, de la clase política, del establecimiento en general. Caso contrario, María Corina Machado, señalada de radical, precisamente por sus profundas diferencias con el proceso en marcha, se colocaba en la acera de enfrente.
Unidad mínima
La oposición planteaba con frecuencia la necesidad de la unidad, pero era un objetivo que no se comprendía plenamente En un país que había vivido en democracia por más de cuarenta años, la unidad no podía ser homogeneidad, pero tampoco reducirse a una burocrática unidad electoral, mucho menos a negociación subalterna.
Para salir del régimen había que construir la unidad estratégica mínima posible, indispensable para salir de la dictadura. Sin lugar a duda, María Corina Machado, teniendo claro dónde estábamos y qué queríamos, para lograr el objetivo estratégico, fue construyendo la unidad mínima necesaria, muchas veces ignorando a partidos y organizaciones de la sociedad civil cuando sus dirigentes no se deslindaban claramente del régimen o simplemente eran por él controlados. Poco a poco, fueron creciendo las voluntarias adhesiones, conformándose estructuras no clientelares de variadas características, pero fuertemente unidas en torno al común objetivo. La unidad mínima fue produciéndose, en buena parte, de abajo hacia arriba, en torno al liderazgo que se deslindaba claramente del régimen.
Una lucha espiritual
Estando claros en la naturaleza del régimen, la destrucción del país ejecutándose y la partida de millones de venezolanos en marcha, era necesario entender profundamente no sólo porqué queríamos salir del régimen, sino también cómo y para qué. No obstante, el empobrecimiento y las inmensas necesidades, no se nos podía reducir a homo economicus. Se trataba de un pueblo atropellado en su dignidad y separado de su familia y amores más cercanos que comprendía que el verdadero bien común va mucho más allá de lo exclusivamente material. Poco a poco, la comunicación y efectiva identificación del pueblo con el nuevo y solido liderazgo fue convirtiendo la lucha por salir del régimen en una lucha espiritual, en una lucha por la convivencia solidaria en un espacio donde juntos podamos buscar el bien de todos, desarrollar nuestros sueños y capacidades.
Concluir la tarea
Ahora, debemos desalojar definitivamente del poder a quienes lo han usurpado. Será necesario seguir contando con los aliados internacionales y particularmente, con el concurso de los Estados Unidos. No es faena fácil. Tampoco lo ha sido el camino recorrido. Debemos entender que los vecinos del norte, la democracia más antigua del continente, en su concepción como Estado-nación y ahora, bajo la presidencia de Donald Trump, con su muy característica manera de entender el qué hacer político, han tenido y tienen intereses no siempre coincidentes con los nuestros como, por el contrario, ocurrió el tres de enero de 2026. De tal manera, que el esfuerzo unitario debe estar orientado a mantener, tanto dicha necesaria convergencia como el inmenso apoyo a nuestra líder democrática. Afortunadamente, somos un pueblo pacífico, generoso, paciente que lucha, sufre y cultiva la esperanza para a la brevedad posible, mediante elecciones libres y democráticas escoger nuestro presidente para desarrollar institucionalmente el proceso de reconstrucción espiritual y material de la Patria herida. Valencia, España junio de 2026.
