El diario plural del Zulia

Alfonso Hernández Ortiz | Colombia ante el péndulo político: continuidad, ruptura o regreso

América Latina, polarización y el voto del agotamiento en una elección decisiva para la región.

“Las sociedades cansadas no siempre votan por esperanza. A veces votan por ruptura.”

Las elecciones presidenciales del próximo domingo en Colombia no representan únicamente una disputa electoral más dentro de la dinámica democrática latinoamericana. Lo que está en juego es mucho más profundo: el rumbo político, institucional, económico y de seguridad de una de las democracias más importantes de la región durante los próximos cuatro años.

Colombia llega a este proceso en medio de una fuerte polarización ideológica, desgaste institucional, crisis de seguridad, fragmentación política y una ciudadanía profundamente dividida entre el miedo al continuismo, el cansancio frente a los modelos tradicionales y la seducción de discursos cada vez más radicales.

En términos generales, el escenario electoral colombiano parece resumirse hoy en tres grandes fuerzas políticas.

Aunque el panorama político colombiano permanece abierto y sujeto a reconfiguraciones propias de un escenario preelectoral dinámico, diversas figuras comienzan a representar las principales tendencias políticas que hoy disputan el poder en Colombia.

Por un lado, sectores de izquierda cercanos al petrismo, representados políticamente por figuras como Iván Cepeda, quien para amplios sectores simboliza la continuidad del proyecto político impulsado por Gustavo Petro. Por otro lado, la irrupción de una derecha populista y confrontacional encabezada por Abelardo de la Espriella, conocido políticamente como “El Tigre”, cuyo discurso recuerda en muchos aspectos a fenómenos políticos contemporáneos como Nayib Bukele en El Salvador o Javier Milei en Argentina. Y finalmente, aunque con menores opciones según los sondeos, el eventual retorno del uribismo institucional a través de Paloma Valencia, quien intenta proyectarse como una derecha más articulada, técnica y políticamente estructurada.

La disputa colombiana refleja, en realidad, un fenómeno mucho más amplio que atraviesa hoy a América Latina. Las sociedades parecen moverse cada vez más hacia los extremos. La moderación pierde atractivo electoral. El centro político se debilita. Y los discursos emocionales, radicales y de confrontación logran capitalizar mejor el cansancio ciudadano.

En el caso colombiano, el gobierno de Gustavo Petro deja un país profundamente polarizado. Sus defensores consideran que abrió debates históricamente postergados sobre desigualdad, exclusión y reformas sociales. Sus detractores sostienen que la política de “paz total” terminó debilitando la autoridad del Estado, desmoralizando a sectores de la fuerza pública y otorgando excesivas concesiones a grupos armados irregulares.

Precisamente allí se encuentra uno de los grandes puntos de debate de esta elección. Para sectores importantes de la sociedad colombiana, el aumento de la inseguridad, la expansión territorial de grupos armados y la sensación de debilitamiento institucional han generado una demanda creciente de autoridad, control y mano dura.

Ese vacío emocional y político es el que intenta capitalizar Abelardo de la Espriella. Su discurso directo, confrontacional y populista conecta con una parte importante de la ciudadanía cansada de la inseguridad, de la corrupción y de la percepción de pérdida de autoridad estatal. La figura del “Tigre” intenta proyectar fuerza, castigo y ruptura con el establishment político tradicional. Aunque todavía persisten interrogantes sobre el verdadero alcance electoral de este tipo de liderazgos, resulta evidente que comienzan a expresar una demanda política cada vez más visible dentro de sectores sociales inconformes.

Sin embargo, el ascenso de liderazgos de mano dura también abre interrogantes importantes para la democracia colombiana. América Latina ha demostrado en múltiples ocasiones que el hartazgo ciudadano puede terminar fortaleciendo proyectos altamente personalistas, con tendencias autoritarias o excesivamente polarizantes. El dilema colombiano parece comenzar a girar precisamente alrededor de esa tensión: seguridad versus institucionalidad, orden versus equilibrio democrático.

Mientras tanto, Paloma Valencia representa otra variante de la derecha colombiana. Una derecha más vinculada al uribismo clásico, pero que intenta ampliar su espectro incorporando sectores de centro y perfiles técnicos como Juan Daniel Oviedo. Paradójicamente, aunque diversos análisis sostienen que Valencia tendría más capacidad de unir el voto antiizquierda en una eventual segunda vuelta, las encuestas muestran que hoy no lidera el bloque opositor.

Sin embargo, en escenarios de alta fragmentación política como el colombiano, las dinámicas electorales pueden modificarse aceleradamente, particularmente durante campañas marcadas por debates de seguridad, economía y gobernabilidad.

Todo indica que Colombia se dirige hacia una segunda vuelta electoral. Y precisamente allí aparece uno de los elementos más interesantes de este proceso. Si hipotéticamente el balotaje terminara configurándose entre sectores de continuidad del petrismo e iniciativas de derecha más confrontacional como la representada por Abelardo de la Espriella, el país enfrentaría un choque frontal entre dos visiones ideológicamente opuestas. Una desde la izquierda, apelando a la continuidad del proyecto progresista de Petro. La otra desde una derecha nacionalista y de mano dura que promete restaurar el orden mediante políticas más agresivas.

Pero si el escenario cambiara y Paloma Valencia lograra avanzar, el mapa político podría modificarse sustancialmente. La centro derecha, sectores moderados y buena parte del voto antipetrista podrían terminar agrupándose con mayor facilidad alrededor de una candidatura percibida como menos disruptiva y más institucional.

Más allá de los nombres, Colombia enfrenta una decisión histórica. No solo elegirá un presidente. Elegirá también el tipo de democracia que quiere construir en medio de una región cada vez más convulsionada.

Y esto tiene implicaciones continentales enormes.

Lo que ocurra en Colombia impactará directamente a Venezuela, Ecuador, Centroamérica y buena parte del equilibrio político regional. Colombia es hoy un actor clave en materia migratoria, energética, de seguridad y lucha contra el crimen organizado. Un giro fuerte hacia la izquierda o hacia una derecha radical podría alterar alianzas internacionales, relaciones diplomáticas y estrategias regionales de seguridad.

Como venezolano y como politólogo, debo reconocer que observar hoy el escenario colombiano inevitablemente genera una mezcla de atención, preocupación y reflexión histórica. Los venezolanos conocemos demasiado bien los riesgos de la polarización extrema, del deterioro institucional y de las sociedades que comienzan a dividirse entre salvadores absolutos y enemigos absolutos.

También sabemos cómo el agotamiento ciudadano puede abrir espacio a liderazgos cada vez más radicales, tanto de izquierda como de derecha. Y precisamente por eso Colombia resulta tan importante para nosotros. No solo porque compartimos una de las fronteras más dinámicas y complejas de América Latina, millones de historias familiares cruzadas y una relación histórica profunda, sino porque el destino político colombiano inevitablemente terminará impactando también el futuro venezolano.

Millones de venezolanos que hoy viven en Colombia también observan estas elecciones entendiendo que el rumbo colombiano impactará directamente la estabilidad migratoria, económica y social de toda la región.

Una Colombia democrática, estable e institucionalmente fuerte representa equilibrio regional. Pero una Colombia atrapada en dinámicas permanentes de polarización podría profundizar aún más las tensiones políticas, migratorias y de seguridad que ya atraviesan buena parte del continente.

Quizás allí aparece la verdadera dimensión de estas elecciones. Colombia no solo decidirá quién gobernará durante los próximos años. También enviará una señal política a América Latina sobre cómo nuestras sociedades están reaccionando frente al miedo, la inseguridad, la frustración económica y el cansancio acumulado de las últimas décadas.

No se trata de un fenómeno exclusivamente colombiano ni exclusivamente ideológico. Diversos estudios sobre comportamiento electoral en América Latina muestran un creciente desplazamiento hacia opciones políticas percibidas como disruptivas frente al desgaste acumulado de los partidos tradicionales y de las promesas incumplidas.

En América Latina pareciera estarse consolidando un fenómeno cada vez más evidente: las sociedades comienzan a votar menos por esperanza y más por agotamiento. Agotamiento frente a la inseguridad, frente a la corrupción, frente a la pobreza, frente al deterioro económico y frente a la incapacidad de las élites tradicionales para responder a los problemas reales de la ciudadanía. Un agotamiento no solamente económico, sino también emocional, institucional y cultural, alimentado por años de frustración frente a problemas que amplios sectores perciben como irresueltos.

La gran pregunta es si Colombia logrará evitar que ese agotamiento termine profundizando aún más la polarización política e institucional.

Porque las democracias no suelen derrumbarse únicamente mediante golpes de Estado. A veces también se erosionan lentamente cuando las sociedades dejan de confiar en sus instituciones y comienzan a buscar salvadores políticos capaces de ofrecer soluciones simples para problemas extremadamente complejos.

El domingo Colombia votará. Pero en realidad, mucho más que un presidente, estará definiendo el rumbo político de una de las democracias más influyentes de América Latina.

Y probablemente también enviará una señal importante sobre hacia dónde se mueve políticamente toda la región.

Porque cuando Colombia se mueve, América Latina inevitablemente siente el impacto.

Alfonso Hernández Ortiz
Politólogo, abogado, doctor en Derecho y Ciencias Sociales

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