El diario plural del Zulia

Alfonso Hernández Ortiz | ¿Distracción o coincidencia? Maduro, Trump y la agenda oculta del poder

“La gente no responde directamente a la realidad, sino a las imágenes que tiene de ella.” Walter Lippmann lo advirtió hace más de un siglo, pero pocas veces esa idea resulta tan vigente como ahora. La política contemporánea no se define únicamente por lo que ocurre, sino por lo que logra imponerse como relevante dentro de la conversación pública. En otras palabras, el poder no solo decide, también jerarquiza, ordena y dirige la atención.

Hoy esa atención tiene un epicentro claro: Donald Trump.

El atentado en su contra no es un hecho aislado, es un evento que reconfigura la agenda política estadounidense en un momento particularmente sensible. Ocurre en medio de un ciclo electoral donde las elecciones de medio término en noviembre no solo definirán la correlación de fuerzas en el Congreso, sino que funcionarán como un plebiscito real sobre su liderazgo y sobre la capacidad de los republicanos de sostener o recuperar terreno político.

En ese contexto, Trump no atraviesa su mejor momento. La economía muestra señales de presión, el desgaste acumulado de su gestión se hace cada vez más evidente y, sobre todo, la escalada de tensiones con Irán introduce un nivel de incertidumbre que impacta directamente la percepción de liderazgo y control estratégico. En un año electoral, donde lo que se evalúa no es la intención sino el resultado, esa combinación de factores empieza a pasar factura, debilitando su posicionamiento y generando dudas dentro y fuera de su propio espacio político, justo cuando los republicanos necesitan algo más que discurso, necesitan cohesión, narrativa y capacidad de movilización.

Es allí donde el atentado adquiere una dimensión distinta, porque no solo genera conmoción, también reorganiza la narrativa, reactiva bases, cohesiona apoyos y devuelve a Trump al centro de la escena bajo una lógica que en política suele ser eficaz: la del liderazgo atacado.

No es la primera vez que ocurre algo así. La experiencia reciente demuestra que eventos de alto impacto terminan teniendo efectos concretos en la movilización electoral y en la consolidación de liderazgos.

Y mientras todo esto ocurre, hay otro proceso avanzando en paralelo.

El juicio contra Nicolás Maduro.

Aquí es donde el análisis exige mayor profundidad. Washington permite que el propio Estado venezolano financie la defensa legal de Maduro, pese a haber sostenido durante años que no es un presidente legítimo y haberlo acusado formalmente de liderar una estructura criminal. Esa decisión no es un detalle técnico, es una señal política.

La pregunta deja de ser jurídica y pasa a ser estratégica. Si Maduro no es legítimo, ¿por qué se le permite usar recursos del Estado? Si es un criminal, ¿por qué se le facilita una defensa financiada por ese mismo Estado?

Maduro no es un acusado cualquiera, es un nodo. Conoce nombres, acuerdos, estructuras financieras, intermediarios y vínculos internacionales. Si ese juicio avanza sin control, puede exponer relaciones que afectan a múltiples actores.

Mientras Maduro enfrenta el proceso, figuras como Diosdado Cabello, Vladimir Padrino López y Nicolás Maduro Guerra permanecen intactas. No es capacidad, es decisión. Y cuando la acción es selectiva, deja de ser justicia y pasa a ser control.

En paralelo, se reactivan canales diplomáticos en Caracas y se designan representantes como John Barrett, cuya función es estratégica: presencia, monitoreo, energía e influencia.

La teoría de agenda setting lo explica con claridad, el poder no necesita ocultar la información, le basta con jerarquizarla. Y como plantea Noam Chomsky, basta organizar el entorno informativo para que unos temas dominen y otros desaparezcan.

El atentado contra Trump hace exactamente eso. Absorbe la conversación, desplaza el foco y reduce el escrutinio.

Mientras el mundo mira a Trump, el juicio a Maduro avanza con menos presión. Y en política, eso es poder.

Aquí no se está decidiendo solo un caso.

Se está decidiendo cuánto de la verdad puede soportar el poder sin desestabilizarse.

Porque cuando la verdad entra en negociación, deja de ser plena y pasa a ser administrada.

Y cuando la verdad se administra, ya no estamos frente a justicia.

Estamos frente a una decisión de poder.

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