Luz Neira Parra | Se llevaron a Alí Babá y dejaron a los 40 ladrones
Venezuela volvió a hablar en las calles. No con la retórica de los partidos, no con la coreografía habitual del poder, sino con la voz desnuda de la necesidad. Esta semana en distintas ciudades del país, el pueblo salió otra vez. Salieron los maestros, los jubilados, los obreros, los estudiantes.
Salieron los que aún resisten. No hubo una convocatoria única ni un liderazgo político visible. Ese dato es esencial. Lo que ocurrió no fue una movilización dirigida: fue una reacción orgánica, casi instintiva, de una sociedad agotada.
Porque cuando el salario desaparece, lo que emerge no es ideología: es supervivencia.
Hoy, el salario mínimo en Venezuela sigue anclado en 130 bolívares mensuales, una cifra congelada desde 2022. Pero el número, por sí mismo, ya no dice nada. Lo que importa es su traducción real: apenas unos 0,27 dólares al mes. No por día. No por semana. Por mes.
Es, en términos prácticos, la desaparición del salario como institución económica. Un trabajador venezolano no vive de su sueldo: sobrevive a pesar de él.
Mientras tanto, la canasta básica supera los 600 dólares mensuales. La distancia entre ingreso y costo de vida no es una brecha: es un abismo.
Y ese abismo no se mide solo en cifras, sino en consecuencias: profesionales convertidos en vendedores informales, jubilados dependiendo de remesas, familias fragmentadas por la migración.
El salario dejó de ser un derecho. Se convirtió en una ficción.
Las protestas no surgieron en el vacío. Son la acumulación de años de deterioro. Pero tienen un rasgo distintivo: no pertenecen a la oposición política tradicional.
Pertenecen al país real.
Sindicatos, gremios y trabajadores encabezaron las marchas en Caracas y otras ciudades, exigiendo algo elemental: un salario digno. La consigna más repetida lo resume todo: “ni bonos, ni CLAP: salario ya”.
Ese rechazo a los bonos es significativo. Durante años, el gobierno sustituyó el salario por transferencias discrecionales. Pero el bono no genera derechos, no incide en prestaciones, no construye futuro. Es asistencia, no dignidad.
Lo que el venezolano exige ahora no es una ayuda: es la restitución de su condición de trabajador.
Frente a esa protesta, el poder respondió como lo ha hecho durante años: con una mezcla de reconocimiento parcial y control político.
Por un lado, figuras como Delcy Rodríguez han anunciado un “aumento responsable” del salario, el primero en años, sin precisar cifras concretas.
Por otro, el oficialismo organizó movilizaciones paralelas, encabezadas por Diosdado Cabello, mientras fuerzas de seguridad y grupos afines contuvieron las protesta.
Hay un hartazgo generalizado, es una acumulación histórica de crisis sobre crisis, Venezuela experimentó hiperinflación prolongada, colapso institucional, migración masiva de millones de ciudadanos y la destrucción progresiva del salario real.
El resultado es un fenómeno profundo mucho más que una crisis económica: la erosión del pacto social.
Cuando el trabajo deja de garantizar la subsistencia, el sistema entero pierde legitimidad.
El título de este artículo —“se llevaron a Alí Babá y dejaron a los 40 ladrones”— no me pertenece Es una frase tomada de la calle, de un venezolano que la dijo y que se hizo viral en redes sociales. Un hombre mayor, abrazado a la bandera nacional, que al ser entrevistado durante la protesta y preguntado por su nombre respondió: “soy un venezolano más que sale a protestar”. En medio de su testimonio, pronunció esa frase con una claridad demoledora. Su fuerza simbólica, su precisión casi literaria, la convirtieron en una consigna espontánea que resume el sentir de muchos. Por eso este título lo tomo prestado de esa voz anónima que, como tantas otras, encarna la dignidad de un país.
A pesar de todo, hay algo que no ha desaparecido: la capacidad de la sociedad venezolana de volver a la calle.
Una y otra vez.
Sin garantías. Sin certezas. Sin resultados inmediatos.
Pero con una convicción persistente: que incluso en condiciones extremas, la dignidad no se negocia.
El salario puede haber sido pulverizado. La moneda puede haberse devaluado.
Pero hay algo que aún no ha sido derrotado:
La voluntad de reclamar lo que es justo.
