Cuando la guerra encuentra sus límites: ¿por qué Trump reculó ante Irán? | Alfonso Hernández
“Una civilización entera morirá esta noche, y no podrá volver jamás. No quiero que eso
ocurra, pero probablemente ocurrirá… lo sabremos esta noche”.
La declaración, difundida por Donald Trump en su red social, no fue una advertencia más
dentro del repertorio habitual de la política internacional, fue una amenaza directa,
explícita, con un tono que rozaba la aniquilación estratégica, además con plazo, con cuenta
regresiva, con la expectativa de una decisión inminente capaz de alterar el equilibrio
regional en cuestión de horas. Durante ese lapso, el mundo no observaba una negociación,
observaba un reloj, un reloj que medía no el tiempo diplomático, sino la posibilidad real de
una escalada mayor.
Confieso que, al leer esa frase, no pensé en un movimiento táctico, pensé en algo más
primario, en la lógica de presión que ha caracterizado a Trump, escalar al máximo, tensar
hasta el límite, obligar al otro a ceder antes del punto de ruptura, un método que le ha
funcionado tanto en política interna como en negociación internacional, y que vimos con
claridad en la guerra de aranceles, donde la secuencia fue siempre la misma, amenaza
primero, desorden después y regulación final con algún tipo de ganancia estratégica. Pero
esta vez, la escena era distinta.
Sin embargo, ese reloj no llegó a cero, y a minutos del vencimiento del ultimátum, el
escenario cambió, se anunció una tregua de dos semanas, un cese al fuego presentado como
espacio para la negociación, pero que en realidad evidenciaba algo más profundo, no una
victoria, sino la aparición de un límite. Esa tregua no surgió en el vacío, tuvo mediación, y
allí aparece un actor clave, Pakistán, que operó como canal indirecto entre las partes,
facilitando una salida que permitiera evitar la escalada inmediata sin obligar a ninguno de
los actores a asumir una derrota pública. Lo que se construyó no fue un acuerdo de paz, fue
un mecanismo de contención, suspensión de ataques, garantía de navegación en el Golfo,
especialmente en el Estrecho de Ormuz, y apertura de un espacio de negociación
condicionado, una pausa funcional que le permitió a Trump transformar una amenaza
máxima en una desescalada controlada, preservando margen político y evitando asumir el
costo de ejecutar.
Porque la pregunta no es por qué Trump amenazó, la pregunta es por qué no ejecutó, y la
respuesta no está en la retórica, está en la estructura del poder y en los costos reales de la
guerra. Irán no es un objetivo convencional, no es un Estado frágil ni un actor aislado, es un
país con densidad histórica, con más de 80 millones de habitantes y con una cultura política
profundamente anclada en la resistencia, aquí aparece una variable que la teoría estratégica
ha señalado reiteradamente, desde Thomas Schelling hasta Kenneth Waltz, el poder no se
define únicamente por la capacidad de destruir, sino por la capacidad de disuadir, de escalar
los costos hasta volver irracional la decisión de atacar.
Dicho de otra manera, y esta es una impresión que no es solo teórica sino empírica, Trump
se encontró con un tipo de actor que no opera bajo la lógica clásica de la intimidación. No es
un país que se repliega ante la amenaza, es un país que absorbe el golpe, se recompone y
sigue. No entra en el juego de la presión lineal, lo distorsiona. Y eso, en términos
estratégicos, desarma al que amenaza.
Ese costo, en el caso iraní, es sistémico, y se concentra en un punto crítico del sistema
internacional, el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial,
cualquier escalada allí deja de ser regional para convertirse en un problema global. Cerrar
Ormuz no es una acción militar aislada, es presión directa sobre la economía internacional,
es disparar precios, alterar cadenas de suministro, impactar mercados financieros y generar
inestabilidad en cuestión de horas, es transformar la guerra en un riesgo estructural.
Pero el factor decisivo no es solo geográfico ni económico, es social. A diferencia de otros
escenarios donde el Estado combate y la sociedad se repliega, en Irán se han observado
dinámicas de movilización interna, ciudadanos dispuestos a proteger infraestructuras
estratégicas, incluso bajo el riesgo de convertirse en escudos humanos, esa variable cambia
la naturaleza del conflicto. Cuando la sociedad entra en la ecuación, la guerra deja de ser una
operación rápida y se convierte en una confrontación prolongada, costosa y políticamente
difícil de sostener, Irán no solo defiende territorio, defiende identidad, y esa combinación
redefine por completo el cálculo estratégico.
A ello se suma su capacidad de respuesta indirecta, presión sobre aliados de Estados Unidos
en el Golfo, activación de actores regionales y la posibilidad de expandir el conflicto más allá
de sus fronteras, el riesgo se multiplica. Como advirtió Henry Kissinger, los conflictos más
peligrosos no son los que comienzan, sino aquellos cuyos efectos no pueden ser
controlados, aquí el problema no era el ataque inicial, era la cadena de consecuencias que
podía desatar.
Pero el límite no se construyó únicamente fuera, también se definió dentro de Estados
Unidos. Con elecciones parlamentarias en noviembre, abrir un conflicto de gran escala implicaba asumir un costo político considerable, no solo en términos de opinión pública,
sino en la posibilidad real de que el Partido Republicano perdiera terreno, debilitando la
posición de Trump incluso en medio de la guerra, Trump no solo enfrentaba a Irán,
enfrentaba a Washington, y en política, esa ecuación suele ser decisiva.
Y entonces aparece el factor que termina de ordenar el tablero, el petróleo. Cuando el
suministro global entra en riesgo, la política cambia de tono, la tregua no fue solo una
decisión militar, fue una decisión económica, una señal directa a los mercados, un intento de
contención del impacto global, en este caso, la estabilidad energética pesó más que la
retórica de confrontación.
Es en este punto donde el análisis conecta inevitablemente con Venezuela, en un escenario
donde el Golfo Pérsico se vuelve inestable, cada barril adquiere valor estratégico, y eso
redefine prioridades. En mi opinión, aquí se revela una de las constantes menos admitidas
de la política internacional, los principios resisten hasta que el petróleo entra en juego. A
partir de ahí, las prioridades se reordenan. Venezuela deja de ser un problema democrático
a resolver y pasa a ser una variable energética a administrar, de allí que no haya incentivos
para cambios estructurales en el corto plazo, cuando el petróleo entra en la ecuación, la
democracia se relega. En ese contexto, figuras como Delcy Rodríguez no solo permanecen,
cumplen una función, forman parte de un esquema donde la estabilidad energética se
impone sobre cualquier transición política real.
Desde una perspectiva prospectiva, lo que se abre no es un escenario de resolución, sino de
administración del conflicto, una estabilización tensa, un equilibrio precario donde la
confrontación se contiene sin desaparecer, acompañado de la posibilidad de escaladas
indirectas, acciones de baja intensidad que mantengan la presión sin cruzar el umbral de
una guerra abierta, así como un proceso de negociación prolongado que diluya el conflicto
sin resolver sus causas estructurales, todo ello bajo la sombra de una ruptura mayor, ya sea
por error de cálculo o por una dinámica que escape al control de los actores involucrados.
En definitiva, Trump no reculó por debilidad, reculó porque el costo real de la guerra superó
su capacidad de sostenerla, no solo en términos militares, sino políticos, económicos y
sistémicos, las amenazas pueden ser ilimitadas, pero el poder no lo es, y cuando el ejercicio
del poder encuentra sus límites, incluso los liderazgos más duros retroceden.
La cuestión, entonces, no es si la guerra fue evitada, la cuestión es si realmente fue
contenida o simplemente pospuesta, porque cuando una guerra se detiene antes de comenzar, no necesariamente desaparece, a veces solo cambia de momento, y en ese caso, la
pregunta ya no es si habrá conflicto, es cuándo y bajo qué condiciones volverá a emerger.
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Alfonso Hernández Ortiz
Politólogo, abogado, Doctor en Derecho y Ciencias Sociales
