Luz Neira Parra | El día que el “imperio” tocó la puerta y le abrieron gustosamente
El jefe del United States Southern Command llegó a Caracas y no hubo discursos inflamados, ni uniformes en posición de combate, ni cadenas nacionales denunciando la invasión inminente. Hubo reunión. Hubo fotografías. Hubo agenda. Y hubo silencio.
Hace meses, la Fuerza Armada venezolana, desde la cúspide hasta el último cabo, estaba empapada de un relato que pintaba a Washington como enemigo eterno, culpable de todo y responsable último del destino de cualquier patria digna.
Ese relato fue hegemónico: articuló discursos oficiales, prácticas institucionales y hasta la épica de una identidad nacional construida sobre la amenaza constante del “imperio”. La lógica era simple y tribal: si Estados Unidos levantaba la ceja, lo demás ya estaba escrito. Y quienes encarnaban esa cruzada eran figuras como Vladimir Padrino López, profeta de la soberanía en uniforme, y sobre todo Diosdado Cabello, “el hombre del mazo”, aquel que cada miércoles martillaba desde la televisión oficial contra cualquier vestigio de “injerencia imperial”.
Sin embargo, el jefe militar estadounidense pisó suelo venezolano —y no como amenaza distante o conspiración indeterminada, sino como interlocutor directo de la cabeza política y militar del país— y nada que se pareciera a la retórica oficial de antaño se escuchó después. El encuentro del general Francis L. Donovan con Delcy Rodríguez y su gabinete fue descrito oficialmente como una conversación para trazar una agenda de cooperación contra el narcotráfico, el terrorismo y la migración, con énfasis en la implementación de un plan estratégico compartido. La narrativa que acompaña esos comunicados, de ambas partes, destaca la “cooperación bilateral” y la importancia de la diplomacia como herramienta para resolver diferencias y atender desafíos comunes.
Y esto ocurre apenas semanas después de que fuerzas estadounidenses entraran militarmente a Caracas, capturaran al expresidente Nicolás Maduro y alteraran por completo el mapa político venezolano, un evento cuya brutalidad —y cuyos costos humanos— todavía reverbera en muchos sectores del país.
La ironía no se queda en la coyuntura, sino que penetra hasta el diseño del relato. ¿Qué estará pensando la tropa, las fuerzas armadas, más abajo de los generales y coroneles? Los soldados que pasaron años escuchando discursos sobre el gran enemigo del norte, que veían en Estados Unidos la amenaza absoluta, ahora ven al máximo responsable militar de ese país sentado en una sala de reuniones con sus superiores sin que mediara ni un gesto de protesta oficial. En las sombras de los cuarteles, esa disonancia no puede ser indiferente: donde antes había un relato claro de enemigo, ahora hay un interlocutor reconocido, con uniforme y con agenda común. Arquitectónicamente, eso destroza la narrativa antiimperialista que durante años justificó obediencia, sacrificios y silencios.
Y qué decir de la militancia del Partido Socialista Unido de Venezuela, el PSUV esa masa de creyentes fervientes que coreaban consignas contra el “intervencionismo” y veían en el general Padrino López, Diosdado Cabello, y a los hermanos Rodríguez y su entorno como defensores infatigables de la soberanía nacional. ¿Qué estará pensando la anti-imperialista diputada Iris Varela? Los intelectuales de izquierda siempre fervientes defensores del gobierno de Maduro y ahora de los hermanos Rodríguez continuamente justificando la transfiguración del regimen ¿Qué pensará toda esa gente al ver que sus beligerantes líderes ahora sonríen sumisamente para la foto junto al comandante militar de Estados Unidos responsable directo de la "extracción de Maduro''? ¿Qué pasa por la mente de quienes abrazaron la idea de que la “patria se defiende” hasta la muerte frente al " imperio" y ahora ven a esos mismos personajes hablar tranquilamente de cooperación, de seguridad y planes conjuntos con Washington. El silencio oficial de muchos de estos personeros no es casualidad: el discurso inflamado contra el imperialismo se volvió grotescamente incompatible con la anuencia sumisa de sostener reuniones, de aceptar órdenes del poder militar estadounidense.
La figura de Cabello, el otrora “hombre del mazo” que golpeaba retórica tras retórica, contra supuestas amenazas externas, que amenazaba miércoles tras miércoles, a todo el que el quisiera. Se vuelve especialmente tragicómica en este cuadro. Mantiene su rango institucional pero ahora sin el mazo, sin su sonrisa burlona; sin su bravuconeria beligerante de semanas atrás. Cabello parece más un espectador de su propia leyenda que un actor de ella: el mazo, ahora, no golpea, no exige respuestas, no conduce arengas contra un enemigo que se le sienta en la misma mesa.
La épica se desvanece cuando el antagonista deja de ser una abstracción para convertirse en el comandante supremo de verdad o, cuando menos, interlocutor formal.
En cuanto a Padrino López, su reciente respaldo público a la ley de amnistía como un “paso trascendental para la estabilidad” de la nación exhibe una institución militar que ha cambiado tanto en su orientación funcional como en su discurso legitimador. Un alto oficial de la fuerza que antes juraba defender la soberanía ahora habla de estabilidad política como prioridad y refrenda la subordinación institucional a un gobierno interino que recibe pautas directas desde Washington.
Y mientras esa maquinaria discursiva gira sobre sí misma, la tropa de base y la militancia popular están obligadas a convivir con una contradicción palpable: el enemigo que se nombró durante años ha dejado de serlo, y ahora resulta huésped oficial y de honor en Caracas. Eso, más que un giro diplomático, es un terremoto moral para quienes se formaron en el pensamiento de que la soberanía se defendía con ímpetu retórico, discursos solemnes y el rechazo visceral a cualquier interlocución con el norte.
La visita del general Donovan no es un evento aislado; es la evidencia de que uno de los fundamentos centrales del relato político venezolano —el antiimperialismo militante— ha sufrido un desgaste profundo, y que quienes dominaban esa narrativa institucional ahora se enfrentan a la prueba más aguda de coherencia entre palabra y gesto. En ese vacío, la tropa, la militancia y los votantes quedan mirando a sus líderes sin las respuestas que la épica de antaño solía ofrecer. Y como suele suceder con las grandes contradicciones, no se resuelven con comunicados, sino con preguntas que siguen resonando en los cuarteles y en las calles.Sin duda alguna es una historia que sigue su curso. Sin embargo este capítulo deja un sabor muy amargo para todo el mundo, mientras tanto las izquierdas de todo el mundo miran atónita lo que ocurre en esta Caracas del 2026.
