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La aviación como arma y puente: del derrocamiento a la ayuda humanitaria en Venezuela

Una semana marcada por un sismo convirtió la atención internacional en una respuesta inmediata y coordinada, pero también en un recordatorio de lo frágil que puede ser la estabilidad de un país ante el ejercicio del poder y desastres naturales. La situación, descrita aquí como una crisis en evolución, sitúa a 2026 como un punto que podría registrar la peor catástrofe de la historia del país, al tiempo que redefine el papel de la aviación en tiempos de emergencia.

El cielo que estos días ha sido escenario de rescates, perros adiestrados y toneladas de material médico es el mismo cielo que el 3 de enero sirvió para una operación militar de derrocamiento. Esta columna entreteje dos momentos extremos: una incursión que cambió el dominio del poder y una catástrofe natural que exige una respuesta rápida. En medio, la aviación —civil y militar— se muestra como actor central de un país que enfrenta su peor crisis en décadas y que, a 2026, podría superar cualquier episodio previo por su impacto humano y político. Así lo narra hoy Javier Ortega Figueiral para Forbes.

En noviembre de 2025, la conversación sobre la aviación comercial venezolana ya dejaba entrever una deriva compleja: una crisis que parecía estructural, alimentada por dinámicas externas y decisiones internas. Poco después, una semana marcada por un sismo convirtió la atención internacional en una respuesta inmediata y coordinada, pero también en un recordatorio de lo frágil que puede ser la estabilidad de un país ante el ejercicio del poder y desastres naturales. La situación, descrita aquí como una crisis en evolución, sitúa a 2026 como un punto que podría registrar la peor catástrofe de la historia del país, al tiempo que redefine el papel de la aviación en tiempos de emergencia.

El símbolo de ese cambio fue el mismo espacio aéreo que, meses antes, fue clave en una operación militar. El 3 de enero, más de 150 aeronaves participaron en la llamada “Operación Resolución Absoluta”, la incursión que condujo a la captura de Nicolás Maduro Moros y su esposa, Cilia Flores, y su traslado a Nueva York. La operación no dependía solo de fuerzas terrestres: sin control del espacio aéreo venezolano, la estrategia logística y la sorpresa habrían sido inviables. Hoy, ese mismo cielo ya no es un corredor de invasión, sino un corredor de auxilio.

El núcleo

El terremoto que sacudió el centro del país dejó un balance que continúa creciendo: más de 1.400 muertos y miles de heridos, con una movilización internacional de rescate que ha entrado en una velocidad poco habitual para este tipo de catástrofes. Aviones de México, El Salvador, España, Suiza y otros países, coordinados por la ONU, despegaban casi simultáneamente; Estados Unidos aportó 150 millones de dólares y desplegó primero MV-22 Osprey, para luego sumar aviones de carga pesada C-17 Globemaster, tras certificar las condiciones de las pistas del aeropuerto de Maiquetía. Este despliegue, subraya la columna, no es meramente humanitario: es una operación de emergencia que redefine la función de la aviación en la región.

"El avión nunca es neutral. Puede tumbar un régimen en cuarenta minutos o puede traer ayuda para salvar a una familia atrapada bajo los escombros de su propia casa."

Un capítulo aparte lo constituye la aviación civil que actúa por iniciativa propia. LATAM, con su Avión Solidario, aterriza en Venezuela con 163 rescatistas y planifica transportar unas cien toneladas de ayuda; Avior Airlines envía un Boeing desde Medellín con bomberos y equipos de emergencia, pese a que algunos de sus empleados resultaron afectados por el terremoto. En paralelo, mientras los gobiernos maniobraban en el plano diplomático, las aerolíneas privadas imponían una política exterior de hechos consumados, recordando que el cielo también se negocia al ritmo de la urgencia.

Las implicaciones

La lectura es inquietante: la ayuda internacional, por generosa que parezca en cifras absolutas, se evalúa también por su relación con el beneficio político y económico que encuentra Estados Unidos en un escenario venezolano reconfigurado. La apertura de un régimen aparentemente desorientado y de sanciones petroleras que se han ido aliviando ofrece, para Washington, un contexto de oportunidad geopolítica y de posibles contratos energéticos con una administración interina. En contrapeso, países europeos y otros actores aportan ayuda con una rapidez notable, sin esperar intereses directos sobre el futuro petrolero venezolano, lo que sitúa la cuestión en un tablero de influencia más amplio que el de la logística humanitaria.

La advertencia central es ética y estratégica: la capacidad de la aviación para actuar como instrumento de poder o como puente de salvación no depende de la aeronave, sino de la decisión de quién la opera y con qué fines. En ese sentido, la columna invita a leer con cuidado quién pone el avión y por qué, y a reconocer que el cielo de un país puede volverse, en cuestión de minutos, tanto un arma como un canal de esperanza.

 

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