Valmore Muñoz Arteaga | La idea de justicia en Mons. Oscar Romero
La figura de San Óscar Arnulfo Romero comúnmente es asociada con la defensa de los pobres, la denuncia de la violencia y, por supuesto, el martirio. Sin embargo, su pensamiento sobre la justicia no puede reducirse a una postura política ni a una reacción circunstancial frente a la crisis de El Salvador. Para monseñor Romero, la justicia era una exigencia inseparable de la fe cristiana, de la dignidad humana y del mandamiento del amor. Se encontraba inscrita en la firme convicción de anunciar que Dios escucha el clamor de los oprimidos y que la Iglesia, siguiendo a Jesucristo, no puede permanecer indiferente ante la injusticia.
Su comprensión de la justicia se fue formando mediante una profunda confluencia de fuentes. En primer lugar, la Sagrada Escritura, la doctrina social de la Iglesia, el magisterio de los papas, el Concilio Vaticano II, las conferencias episcopales de Medellín y Puebla, su formación sacerdotal en Roma, la oración, pero, muy especialmente, el contacto directo con los pobres. La cercanía de acompañar al más necesitado en su propia realidad. Su pensamiento se definió, efectivamente con lecturas abstractas, pero, más allá de ellas, de la contemplación del Evangelio encarnado en una realidad histórica marcada por la pobreza, la represión y la violencia.
Para monseñor Romero, la justicia no constituía un tema secundario dentro de la misión de la Iglesia. Era una dimensión necesaria del anuncio del Evangelio. La fe en Cristo no podía limitarse a prácticas religiosas privadas, porque la Palabra de Dios es viva y transforma la existencia concreta de las personas y de las sociedades. Muchos menos, a bailes y actitudes frenéticas que son producto de atajos emocionales confundidos con el revoloteo del Espíritu Santo. En esta perspectiva, anunciar el Evangelio implicaba también denunciar aquello que destruye la vida, vulnera la dignidad humana y contradice el proyecto de Dios.
Romero comprendió que la injusticia social no era simplemente una deficiencia administrativa o económica. En su raíz había una forma de pecado, esto lo había advertido San Juan Pablo II. El egoísmo que concentra los bienes, la indiferencia ante el sufrimiento y el uso arbitrario del poder. Por eso, la conversión cristiana debía alcanzar también las relaciones sociales. El Dicasterio para las Causas de los Santos señaló que Romero identificó la injusticia social como la causa principal de los males de El Salvador y que buscaba remediarla, no mediante métodos revolucionarios, sino por medio de una conversión religiosa de los corazones.
Esta afirmación permite comprender la originalidad de su pensamiento. Romero no separaba la conversión personal de la transformación social. Una persona no podía considerarse plenamente cristiana si, al mismo tiempo que practicaba devociones, toleraba la explotación del pobre o justificaba la violencia contra los indefensos. No podía considerarse cristiano quien, bajo justificaciones jabonosas, acompaña fórmulas que manan de la corrupción haciendo más profunda la herida de los más pobres. Por supuesto, tampoco consideraba que la transformación social pudiera construirse mediante el odio, la venganza o la violencia revolucionaria. La justicia debía estar unida a la verdad, la caridad, la paz y la conversión: "En la motivación del amor no puede faltar la justicia; no puede haber verdadera paz ni verdadero amor sobre las bases de la injusticia, de la violencia y de las intrigas", escribió.
Esta idea constituye uno de los núcleos de su pensamiento. La caridad cristiana no es una actitud sentimental que consuela al necesitado sin cuestionar las estructuras que producen su pobreza. Tampoco admite que, bajo el amparo de una caridad mal entendida, se justifique el atropello contra los más vulnerables. El amor auténtico busca que cada persona reciba el respeto, las oportunidades y los bienes necesarios para vivir conforme a su dignidad. Por eso, la justicia es una condición de la paz. Una paz edificada sobre la opresión no es paz verdadera, sino silencio impuesto por la fuerza. No hay ni puede haber paz donde reina el miedo y la desconfianza.
El papa Francisco vinculó explícitamente la misión de Monseñor Romero con el relato del Éxodo. Dios ve la opresión, escucha el grito de sus hijos y actúa para liberarlos. Del mismo modo, Romero aprendió a mirar, escuchar y acompañar el sufrimiento de su pueblo. Esta referencia es importante porque muestra que, para Romero, la defensa de los pobres no era una actividad añadida a su ministerio episcopal. Se trataba de una participación en la misión de Dios, que no permanece indiferente ante la injusticia.
Aunque muchos siguen insistiendo en el impacto de la Teología de la Liberación en el corazón de Monseñor Romero, lo que verdaderamente privó en él fue el mensaje de la Doctrina Social de la Iglesia, del cual no se apartó nunca. Sus homilías estaban llenas de referencias al magisterio y eran escuchadas por amplios sectores de la población a través de la radio diocesana. No había en sus palabras ninguna referencia a ideologías de izquierda, en cuyo seno reinaba, reina y reinará siempre el germen totalitario. Sus denuncias no eran improvisadas ni dependían exclusivamente de sus emociones personales. Se apoyaban en la tradición social de la Iglesia.
San Oscar Romero rechazaba tanto la opresión ejercida por los sectores militares y oligárquicos como la violencia de los movimientos revolucionarios. Su compromiso con la justicia no equivalía a una identificación partidista. El Dicasterio para las Causas de los Santos afirma que defendía a los pobres, exigía justicia y condenaba la violencia cualquiera que fuera su procedencia.
Para él, la justicia era una exigencia del amor cristiano. No podía haber verdadera paz sobre la injusticia, ni verdadera caridad mientras se tolerara la explotación, mientras se acompañaran fórmulas que perjudiquen a otros en beneficio personal. La defensa de los pobres no era ideología, sino consecuencia de seguir a Jesucristo, el Buen Pastor. Al mismo tiempo, la justicia debía rechazar la violencia y abrirse a la verdad, la conversión, el perdón y la reconciliación. La vigencia de su legado consiste en recordar que la Iglesia no puede ser neutral ante la dignidad herida de los seres humanos y que toda búsqueda cristiana de justicia debe conducir a una sociedad más humana, fraterna y reconciliada. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
