Valmore Muñoz Arteaga | El jardín del Mater
La Sagrada Escritura comienza y termina con un jardín. En el Génesis, Dios planta un huerto en Edén y coloca en él al ser humano para que lo cultive y lo cuide (Gn 2,8.15). En el Apocalipsis, la historia desemboca en la ciudad que lleva en su centro el árbol de la vida, cuyas hojas sirven para la sanación de los pueblos (Ap 22,2). Entre ambos extremos, el jardín reaparece en momentos decisivos como el huerto de los Olivos, donde Jesús ora y entrega su voluntad al Padre; y el huerto cercano al sepulcro, donde, en la madrugada de la Pascua, María Magdalena confunde al Resucitado con el hortelano (Jn 20,15). Esa confusión es profundamente reveladora. Cristo resucitado es, en cierto sentido, el jardinero de la nueva creación.
La tradición cristiana ha leído desde antiguo en el Cantar de los Cantares (“huerto cerrado eres, hermana mía”, Ct 4,12) una imagen de la Virgen María: el hortus conclusus, el huerto reservado, fecundo y puro, donde el Señor se complace. Los títulos marianos de las letanías, entre ellos Mater Salvatoris, dicen lo esencial. María es la madre de Aquel que salva. Un jardín que lleva su nombre y se abre en el corazón de un colegio no es, por tanto, un adorno piadoso, sino una declaración pedagógica. Aquí se educa en la cercanía de la Madre, es decir, en el cuidado, la gratuidad y la confianza. Conviene notar, además, la paradoja del «huerto cerrado» que el Jardín del Mater resuelve de manera hermosa. Cerrado, porque protege un espacio de recogimiento frente al ruido y la prisa; pero abierto, porque ese espacio está en el centro de la comunidad educativa y ofrece su sombra y sus frutos a todos. No es un refugio para huir del mundo, sino un lugar para aprender a mirarlo de otra manera. Mirarlo, por supuesto, alzando el rostro.
Desde las fronteras del misterio, el Jardín del Mater me enseña a alzar la mirada para contemplar la belleza. En El idiota, un personaje pregunta al príncipe Myshkin si es cierto que ha dicho que “la belleza salvará al mundo”, y la frase se ha vuelto célebre como síntesis del pensamiento del novelista. Sin embargo, Dostoievski nunca la formula como una ingenuidad estética. En Los hermanos Karamázov, Dmitri confiesa que la belleza es algo terrible y temible, porque en ella pelean Dios y el diablo, y que el campo de esa batalla es el corazón humano. La belleza, en esta mirada, no adormece, sino que despierta, interpela y obliga a tomar posición. Y es en esa misma novela donde aparece el jardín como lugar de conversión. El starets Zósima recuerda a su hermano Markel, joven y enfermo, que ante los pájaros y los árboles del huerto pidió perdón a la creación y proclamó que la vida es un paraíso que no queremos ver. Más tarde, el propio Zósima recomienda amar toda la creación de Dios, el conjunto y cada grano de arena, cada hoja, cada rayo de luz. Para Dostoievski, la contemplación amorosa de lo creado conduce al arrepentimiento, a la humildad y a la alegría. Su belleza salva porque lleva a reconocerse parte de un don.
Joseph Ratzinger, antes y después de ser Benedicto XVI, desarrolló lo que llamó la via pulchritudinis, el camino de la belleza hacia Dios. En su mensaje al Meeting de Rímini de 2002 recuerda la intuición platónica según la cual la belleza «hiere» al ser humano, y precisamente por herirlo lo despierta de la rutina y le recuerda su destino. Lo bello sacude porque revela que la realidad es más que lo útil. Es una flecha que abre una herida y, a través de ella, una nostalgia de plenitud. Años después, en su encuentro con los artistas en la Capilla Sixtina (2009), Benedicto XVI insistió en que la belleza auténtica descorre el velo del infinito y despierta en el corazón el deseo de Dios. Su advertencia tiene una doble lectura. Una belleza reducida a simple entretenimiento pierde su fuerza, y una fe incapaz de producir belleza empobrece su testimonio. Para el santo padre, la verdad y el bien se hacen persuasivos cuando resplandecen. Un jardín cuidado, silencioso y habitado por una presencia mariana es una pequeña via pulchritudinis. No argumenta, pero atrae.
El Jardín del Mater me abraza el corazón invitándome a un silencio en el cual esa belleza se expresa. Una consecuencia pedagógica se desprende de aquí. Si el ruido deforma, el silencio educa. Un colegio que dispone en su centro de un espacio de silencio no está perdiendo tiempo, sino restituyendo lo que la época niega a niños y jóvenes. La posibilidad de estar consigo mismos sin estímulo permanente. El Jardín del Mater, con sus árboles y su quietud, ofrece ese tipo de silencio habitado. No vacío, sino lleno de presencia. El jesuita húngaro Franz Jalics dedicó gran parte de su vida a enseñar la contemplación como camino accesible a todos. En sus Ejercicios de contemplación propone un itinerario sobrio. Aprender a percibir con atención lo que hay, sin analizar ni juzgar, y luego, en ese estado de presencia, repetir interiormente el nombre de Jesús. Su idea central es que la contemplación es, ante todo, un modo de estar. Dejar de querer producir resultados, aquietar el pensamiento y recibir la realidad tal como se da. Esta enseñanza ilumina el jardín de manera inmediata. El jardín invita al recogimiento sensorial. A sentir el aire, escuchar los pájaros, advertir la sombra del árbol. Esa atención sencilla es ya una puerta a la oración. Jalics muestra que no hace falta un método complejo; hace falta presencia, y el jardín la favorece.
Quiero llegar al centro del Jardín del Mater. Un centro que varía según indica el corazón que lo contempla. A veces el centro no es un monumento ni una obra de arte, sino una fruta sencilla. El mango que cuelga de la rama que no impresiona por su rareza, ya que su valor es otro. Sus mangos son dulces, están al alcance, se ofrecen sin pedir nada a cambio, y llegan cuando es tiempo. Esa sencillez es el mensaje. En un mundo que confunde valor con espectacularidad, la fruta común enseña que lo más grande suele venir en forma humilde. Una fruta que también recuerda a María. María es el árbol bueno que da el Fruto bueno. Jesús mismo enseñó que el árbol se conoce por sus frutos (Mt 7,16-20), y san Pablo enumera los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (Ga 5,22-23). Allí donde está la Virgen Mater Salvatoris, entonces, la fruta sencilla es signo del Fruto que ella dio al mundo.
Un colegio educa, ante todo, transmitiendo conocimientos y desarrollando competencias, de eso sabemos bastante. Pero hay otra educación, anterior y más profunda. La educación del corazón. San Ignacio hablaba de sentir y gustar, por ejemplo. El Jardín del Mater cumple esa función educativa de manera discreta. Enseña a mirar, porque la belleza exige atención. Enseña a callar, porque su quietud contrasta con el ritmo de las pantallas y de las agendas. Enseña a agradecer, porque sus árboles dan fruto sin que nadie lo pida. Y enseña a rezar, porque el silencio y la hermosura abren espontáneamente la pregunta por Aquel de quien procede todo don. Para las niñas y jóvenes que lo recorren, puede ser el lugar donde por primera vez experimentan que el silencio no da miedo, que la belleza consuela y que Dios no queda lejos. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
