El diario plural del Zulia

Rixio G Portillo | La historia de la mentirosa fea

Había una vez, en un pueblo, una niña que decía muchas mentiras. Se había acostumbrado, a lo largo del tiempo, a repetir cosas que no eran ciertas.

Le hicieron creer que le habían hecho mal y, de allí, creció ese instinto por mentir, por simular, por engañar, por aparentar.

Aunque algunos pudieron darse cuenta del problema de las mentiras, otros no, por ingenuidad o porque los mentirosos congenian mejor con una mentirosa. Ni teniendo psiquiatras cerca.

La niña llegó a simular que seguía ideas, que perseguía ideales, aunque no fuesen los correctos, al menos se le creían esas convicciones.

La niña prometía lealtad a la gente cercana, les aseguraba confianza, una sincera amistad, pero el tema es que hasta en eso decía mentiras: ella no creía en la verdad.

Un día, pudo hacer su gran debut, hablar ante mucha gente, casi que una cumbre con muchas naciones ¿y qué creen? La niña dijo mentiras.

Nadie podría creer que las mentiras la llevaran tan lejos, a pesar de que el refrán criollo dice que las mentiras tienen patas cortas.

El caso es que la niña hizo promesas, decía que iba a hacer muchas cosas buenas, que iba a actuar rectamente, que honraría su palabra, cuando no pudo honrarla ante quien le había ofrecido su confianza por tantos años.

Ya lo dice el Evangelio: «el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho». De lo que podríamos concluir que quien miente en lo poco, miente también en lo mucho.

Sin embargo, como todo mitómano, la niña no solo terminó mintiendo, sino creyéndose sus mentiras y repitiendo cosas que todos sabían — al menos los decentes — que no eran verdad y que el tiempo demostraría.

La historia no tiene un final feliz. La niña no ha dejado de mentir y no se ha dado cuenta de que quien hace feo al mundo y quien la hace fea a ella (y no físicamente) son sus mentiras, aunque pretenda engañar con la idea de que su venganza se sostiene en nombre del renacer del pueblo.

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