El diario plural del Zulia

Pedro Adolfo Morales Vera | El Lago de Maracaibo, donde comenzó la historia del Zulia

Toda gran civilización acaba identificándose con un paisaje. Egipto tuvo el Nilo, Mesopotamia nació entre el Tigris y el Éufrates, y el Zulia encontró en el Lago de Maracaibo el espacio desde el que comenzó a construirse su historia. Más que un accidente geográfico, el lago ha sido durante siglos el eje alrededor del cual se construyó una forma de vivir, de comerciar y de comprender el mundo.

Considerado por muchos geógrafos como el lago más extenso de Sudamérica, con más de trece mil kilómetros cuadrados de superficie, aunque su conexión con el mar Caribe ha dado lugar a debates sobre su clasificación, el Lago de Maracaibo ha desempeñado un papel decisivo en la formación histórica del occidente venezolano. Sus aguas fueron durante siglos el camino que unía comunidades indígenas, pueblos ribereños y comerciantes llegados desde distintos lugares del Caribe.

Mucho antes de la llegada de los europeos, los añú, a quienes los españoles llamaron paraujanos, habían desarrollado una cultura profundamente ligada al agua. Sus palafitos, sus canoas y sus conocimientos de la pesca reflejaban una forma de vida en la que el lago era hogar, fuente de sustento y vía de comunicación. Aquella relación con el entorno dio origen a una de las expresiones culturales más singulares de Venezuela.

Con el paso de los siglos, Maracaibo creció mirando hacia el lago. Su puerto la convirtió en una ciudad abierta al Caribe y al comercio internacional. Por sus aguas circularon mercancías, viajeros e ideas que moldearon el carácter abierto y emprendedor de la región. El café, el cacao, los cueros y muchos otros productos encontraron allí el camino hacia los mercados exteriores, mientras nuevas influencias enriquecían la vida económica y cultural del Zulia.

La historia del Zulia no puede comprenderse sin esa relación permanente con el agua. El 31 de julio de 1914 comenzó una nueva etapa con la producción comercial del pozo Zumaque I, en Mene Grande. La industria petrolera transformó la economía venezolana y cambió para siempre el paisaje humano del lago. Llegaron el crecimiento urbano, nuevas infraestructuras y una prosperidad desconocida hasta entonces. También aparecieron problemas ambientales cuyas consecuencias siguen presentes más de un siglo después.

La contaminación, la sedimentación y el deterioro del ecosistema recuerdan que el progreso siempre exige responsabilidad. Recuperar el Lago de Maracaibo significa proteger mucho más que un espacio natural. Significa preservar una parte esencial de la historia del Zulia.

Los palafitos sobreviven hoy en comunidades como las de la Laguna de Sinamaica, conservando una tradición que hunde sus raíces en tiempos anteriores a la conquista. Son mucho más que un atractivo turístico. Representan la continuidad de una cultura que aprendió a convivir con el agua y que forma parte del patrimonio histórico venezolano.

Hay otro momento en el que muchos zulianos descubren hasta qué punto el lago forma parte de su identidad. Ocurre al cruzar el puente General Rafael Urdaneta. Inaugurado el 24 de agosto de 1962 y proyectado por el ingeniero italiano Riccardo Morandi, fue una de las grandes obras de ingeniería de su tiempo y un símbolo del desarrollo venezolano. Con sus casi nueve kilómetros de longitud, unió definitivamente las dos orillas del lago y transformó las comunicaciones de la región. Pero, para quienes regresan a Maracaibo, el puente representa mucho más que una proeza técnica. Es el instante en que reaparece el paisaje de la infancia, el lugar donde la emoción suele imponerse a las palabras y donde tantas generaciones han sentido que, al volver a contemplar el lago, también regresaban a casa. No es casual que haya quedado inmortalizado en una de las gaitas más queridas del repertorio zuliano. Pocas obras de ingeniería han logrado convertirse, al mismo tiempo, en un símbolo de identidad y de memoria colectiva.

Pero el verdadero valor del lago no puede medirse en mapas ni en estadísticas. Vive en la memoria de los zulianos. Está presente en las gaitas, en la literatura, en las conversaciones familiares y en los recuerdos de quienes crecieron contemplando sus atardeceres. También acompaña a quienes un día tuvieron que marcharse y descubrieron que hay paisajes que nunca abandonan a quien los lleva dentro.

Quizá por eso el Lago de Maracaibo sigue siendo el gran símbolo del Zulia. Porque representa mucho más que un espacio geográfico. Es el lugar donde una región encontró su identidad y desde donde escribió buena parte de su historia.

Salvar el Lago de Maracaibo no es únicamente una tarea ambiental. Es un deber con nuestra propia memoria. Un pueblo que permite deteriorar el paisaje que contribuyó decisivamente a forjar su historia termina debilitando también su identidad. Todavía estamos a tiempo de cambiar ese destino. Porque si algún día el lago deja de ser el corazón del Zulia, no solo habremos perdido un ecosistema excepcional. Habremos perdido una parte irremplazable de nosotros mismos.

Pedro Adolfo Morales Vera es economista, abogado, criminólogo, politólogo, historiador y documentalista.

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