Pedro Adolfo Morales Vera | El Cuadrado, la ciudad de mármol donde Maracaibo se mira
Cada 2 de noviembre, cuando Venezuela conmemora el Día de los Fieles Difuntos, los cementerios del país se llenan de flores y de voces. Las familias visitan a sus muertos, limpian las tumbas, rezan y recuerdan. En Maracaibo, esa tradición tiene un escenario singular: el Cementerio El Cuadrado, uno de los camposantos históricos más importantes de la ciudad, bendecido el 12 de noviembre de 1879.
El Cuadrado no es solo un cementerio. Es un archivo de mármol de la historia maracaibera. Sus mausoleos y bóvedas fueron levantados por familias que integraron la élite comercial y social de la ciudad entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los apellidos grabados en sus lápidas forman parte también de la memoria de sus calles, sus instituciones y sus relatos.
Allí reposan figuras como el poeta Udón Pérez, autor de la letra del Himno del Zulia, y Jesús Enrique Lossada, protagonista de la recuperación de la Universidad del Zulia. También estuvo sepultado en El Cuadrado el científico Humberto Fernández-Morán, creador del bisturí de diamante, cuyos restos fueron trasladados al Panteón Nacional en marzo de 2025.
Declarado Patrimonio Histórico y Cultural del Estado Zulia en 2007, el cementerio conserva construcciones funerarias que revelan el gusto artístico y la posición social de quienes contribuyeron a configurar la Maracaibo de aquella época. Entre ellas destacan las antiguas fajas, denominación local de las concesiones perpetuas de carácter familiar, con mausoleos y elementos arquitectónicos de inspiración neoclásica, generalmente realizados en mármol blanco. Muchas de sus esculturas y piezas funerarias fueron encargadas a empresas marmoleras italianas con sucursales en Caracas. Algunas reproducían modelos de monumentos existentes en cementerios de Milán, Génova y otras ciudades del norte de Italia.
Caminar por su avenida principal es recorrer una singular expresión del arte funerario: ángeles mensajeros, vírgenes, santos y reproducciones de obras clásicas. Cada monumento habla de una época en la que la burguesía maracaibera dejó su huella no solo en sus sepulturas, sino también en hospitales, teatros, escuelas y periódicos. El cementerio conserva, de ese modo, una parte de la historia económica, social y cultural de la ciudad.
Pero El Cuadrado también refleja el deterioro de una memoria que Maracaibo no siempre ha sabido proteger. La inseguridad y el abandono han afectado sus instalaciones. Hay muros agrietados, esculturas deterioradas y pasillos invadidos por la maleza. A pesar de ello, el cementerio permanece en pie, como testigo de una ciudad que cambió, creció y dejó atrás parte de su patrimonio.
Para mí, El Cuadrado tiene además un significado personal. Allí está parte de mi familia. Cada vez que visito Maracaibo, voy a verlos. No es una visita triste, sino un reencuentro con una parte de mi historia, con los recuerdos que me ayudan a comprender de dónde vengo y por qué escribo. En ese lugar, la memoria familiar se encuentra con la memoria de toda una ciudad.
Cada 2 de noviembre, cuando las familias maracaiberas recorren sus pasillos con flores en las manos, El Cuadrado recupera por unas horas una presencia que nunca debería perder: la de un espacio vivo en la conciencia de Maracaibo.
Los cementerios no son únicamente lugares donde descansan los muertos. También son espacios donde las ciudades conservan su memoria y reconocen sus raíces. El Cuadrado, con su mármol gastado y sus nombres ilustres, sigue siendo uno de los espejos más honestos de Maracaibo.
