Norberto José Olivar | Una noche en Corrientes
El primer sábado de junio, ya tirando a la noche, fui con mi hijo Juan Diego a un musical en el Teatro Rex: Charlie y la fábrica de chocolate. A la salida, me invitó a cenar en El Almacén de la calle Suipacha; desde allí se domina perfectamente la esquina de la calle Corrientes. Comer a esa hora es impensable para un porteño estricto; pero, para un venezolano, más tarde sería morir de hambre. Y mientras esperábamos nuestra orden, hablamos de la importancia de la imaginación para Roald Dahl. En esta historia, tras la fachada oscura de la fábrica, se esconde “un valle interior atravesado por un río de chocolate caliente y árboles de caramelos”. Allí, lo impensable se materializa porque, para Dahl, la verdadera imaginación no evade sino que obra ante lo imposible. Es una fuerza moral que construye y Willy Wonka es un inventor movido por la imaginación. Igual comentamos momentos espectaculares del musical, como un cielo estrellado logrado con luces de un láser azul de dispersión (starfield laser), según la opinión de un entendido espectador en el lobby del teatro. También nos resultó increíble el paseo aéreo de Wonka y Charlie por sobre la platea de espectadores.
Dentro del restorán se escuchaba, a lo lejos, “Ji ji ji”, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, un tema genial, de ambigüedad exquisita, que deja imaginar lo que a uno le parezca; aunque el propio Indio Solari refirió, una vez, que: “es un poco la paranoia de la droga (…) de cuando alguien está a la deriva dentro de esa situación”. Otros creen que es un asunto de la noche urbana y la identidad perdida. Pero nuestra plática dahliana se vio interrumpida por un golpe inesperado de la realidad. Desde una TV del local, puesta en mute, vemos que la policía antimotines enfrenta los aparentes excesos de una gran concentración en homenaje a Solari, muerto un día antes. Lo cierto es que esa “misa ricotera” derivó en violencia.
Transmiten imágenes de unidades de efectivos policiales uniformados de negro, con sus escudos transparentes y armas de reglamento, avanzando en formación de “bloque compacto” por Corrientes, escoltados por los Spartan (blindados SWAT), para contener a los manifestantes. Eso lo muestra la pantalla. Pero, justo cuando nuestros ojos buscan la esquina de Corrientes —estamos apenas a 250 metros del Obelisco—, verificamos lo que ocurre. Es una comprobación in situ que produce una sensación muy extraña: la TV nos da escenas del suceso, pero nos basta con posar la mirada en la esquina y observar la realidad “física” en directo.
Lo más raro es que suena: “No lo soñé, yeh / los ojos ciegos bien abiertos / no mires, por favor…”.
Me aturde la sensación de estar dentro de la realidad y la ficción a la vez. No obstante, el estribillo, “No lo soñé”, sirve de autoconfirmación; pero al otro día no estoy seguro de nada. Es como haberlo soñado.
La conversación dahliana de El Almacén parece expandirse más allá de nuestra inexperta crítica teatral. Sucede entonces que la gente entra asustada al restorán. Busca refugio. Dos señoras, algo grandecitas, se sientan cerca de nuestra mesa, y una llora de puro miedo. Me acerco y le doy una botella de agua mineral y un vaso. Ella me mira, sonríe y me pregunta si le tengo miedo a esos “quilombos”. Le digo que no tanto, y me dice: “¿Vos sos venezolano?”. “Sí, señora”. “Imagino que has visto cosas horribles”. Me apretó las manos y añadió: “Gracias”.
Definitivamente, no lo soñé. Eso pasó en Suipacha y Corrientes la noche del primer sábado de junio.
