Nacho Montes de Oca | Una foto puede cambiar el rumbo del hemisferio
El 23 de septiembre, cuando la dictadora Delcy Rodríguez se fotografió sonriente con Donald Trump en Nueva York, muchos lo vieron como farándula política. Es la foto vistosa, el giro inesperado, la curiosidad de ver a una chavista con su zona de confort extendida a los EEUU. Y a solo unos kilómetros en donde su antecesor, Nicolás Maduro, permanece encerrado en una celda.
Entenderlo como una excentricidad entretenida es un error. Esa foto no es una imagen más. Es un mensaje cifrado con varias capas, y cada una de ellas toca una libertad que hasta ahora dábamos por sentada en América Latina.
El punto de partida es entender que Delcy Rodríguez, la dictadora interina, llega a Estados Unidos invitada por la Casa Blanca. Hace un año era una rea de la justicia acusada de delitos aberrantes contra los venezolanos y de ser la segunda y lavandera de dinero sucio de un régimen corrupto hasta la médula. Ahora es la jefa del chavismo. Sigue siendo la administradora de un régimen brutal. Pero igual es recibida con todos los honores.
El primer mensaje que esconde es el más obvio y el más brutal: se acabó la condición democrática. Durante treinta años, desde que terminó la Guerra Fría, la regla no escrita fue: se puede ser de izquierda o de derecha, se puede caerle mejor o peor en Washington, pero si se necesitan dólares, préstamos del FMI y una foto en la Casa Blanca, tiene que haber una elección que, al menos, parezca creíble. No hacía falta que fuera perfecta. Alcanzaba con que hubiera oposición, con que la prensa pudiera informarla. Esa ficción obligaba a los gobiernos a no cruzar del todo la línea.

La foto le puso fecha de defunción a esa regla. En marzo, la administración Trump les dio a petroleras norteamericanas acceso a una quinta parte de los más de 300 mil millones de barriles en reservas probadas de Venezuela y a cambio levantó sanciones y la sacó de la lista negra antinarcóticos. No pidió elecciones, ni liberar a todos los presos políticos, ni garantías reales para la prensa independiente. Como dijo el propio Trump ese día, "Venezuela no está preparada para votar". Traducido: no me interesa si votan. Me interesa que cumplan con barriles, con frenar la droga y con frenar migrantes.
El segundo mensaje es más técnico, pero más erosivo para la soberanía al sur del Río Grande. Es la tutela sin tropas. La Orden Ejecutiva 14373, firmada en enero, no le devuelve la plata del petróleo a Venezuela. Crea, y cito textual, una "cuenta de custodia" en Washington que administra el Departamento de Estado. Es decir, el gobierno venezolano pone la cara, pero la billetera la maneja otro. No es una invasión. Es más sofisticado: es un contrato donde, para seguir siendo presidente de un país con el apoyo de Estados Unidos, sus recursos vitales pasan a ser administrados por el socio más fuerte. Si esto funciona en Venezuela, ¿por qué no en el futuro en Bolivia con el litio o en Ecuador con el cobre?
El tercer mensaje es el que más debería preocuparnos a los periodistas y a cualquier ciudadano. Toca directamente nuestras libertades. Porque la foto blanquea que se puede apretar a la prensa y salir premiado. Mientras Delcy es recibida, Venezuela ocupa el puesto 159 sobre 180 en el ranking de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras. Es uno de los peores lugares del mundo para hacer periodismo. Y sin embargo fue admitida sin condiciones. El mensaje que baja a la región es devastador: hostigar a los periodistas ya no te cierra puertas, te las puede abrir.
Y ya se está viendo el efecto contagio. En su informe de abril, Reporteros Sin Fronteras habló de la peor caída global en 25 años y puso a cuatro países latinoamericanos en alerta roja. Argentina, que bajo el gobierno de Javier Milei cayó 69 puestos desde 2022, después de que en abril se prohibiera el ingreso de periodistas acreditados a la Casa Rosada -un gesto imitado por Trump con medios disidentes días atrás-. En El Salvador, Nayib Bukele usa la nueva Ley de Agentes Extranjeros para abrir causas penales a medios independientes. En Ecuador, donde Daniel Noboa adelantó elecciones municipales y dejó afuera a la principal fuerza opositora, se denuncia un hostigamiento similar.
No es que copiaron a Delcy. Es que aprendieron que ahora pueden hacerlo sin pagar costo en Washington. El problema es que se trata de un mismo método que, cuando es usado por el mismo chavismo o sus aliados cubanos, nicaragüenses o un gobierno de izquierda como el mexicano, despierta críticas entre muchos de los que, cinco minutos después, minimizan esos incidentes o se hacen parte de la horda anti-periodistas cuando se cometen desde la derecha. Y lo hacen ante una prensa que, un rato antes, decían no odiar lo suficiente. O piden certificados de veracidad y pureza al periodismo por encargo de líderes que hacen de la mentira y la promesa rota un canto cotidiano. El cinismo de ambos extremos de la militancia política suena en estéreo. Y es enervante, demencial y, por sobre todo. hipócrita.
Pero no es solo la libertad de prensa. Es la libertad de elegir o de que un juez defienda al ciudadano del abuso del poder y la prerrogativa de que cada voto valga. Cuando se legitima a alguien como la dictadora venezolana que, según la encuestadora Delphos de junio, tiene 61% de rechazo y 24% de apoyo, y al mismo tiempo se deja afuera a María Corina Machado, que ganó una primaria con 92% de los votos y que hoy mide más de 70% contra menos de 4% de Rodríguez según Datanálisis, le estás diciendo a todo el continente que la legitimidad ya no viene de abajo, de la gente, sino de arriba, de tener algo para transar.
Por eso esa imagen de la dictadora y su tutor modifica la historia del hemisferio. No es como otros giros de Trump. No se trata de aranceles, no es un insulto predecible en Twitter. Es el momento en que Estados Unidos deja de ser, con todos estándares flexibles acostumbrados, el garante de que la democracia era el peaje para entrar al sistema, y pasa a ser el aval de que la estabilidad y los negocios son suficientes.
En el siglo XX tuvimos la Doctrina Monroe: América para los americanos. Después tuvimos la doctrina de la promoción democrática: América para las democracias. Lo que nace es una tercera doctrina: América para quien garantice orden y recursos, se vote o no.
Y acá viene el último mensaje, el más irónico y el más difícil de digerir. El chavismo, que durante 25 años dijo que venía a enterrar a la derecha, le terminó enseñando cómo quedarse en el poder. Y da cátedra sobre cómo pasar de un tutelaje chino y ruso a uno de Estados Unidos sin caerse. Pero que siempre hay que ser tutelado.
Algunos gobiernos latinoamericanos ya rindieron examen al abrazarse a la dictadura venezolana a la que hace un año repudiaban. O al callarse ahora esas mismas críticas, aunque contradigan el pensar de quienes los votaron o lo que ellos mismo decían respecto al chavismo.
Allí hay otro residuo político, en la caída de las ideologías. La dictadora que militó el desprecio a Trump, al que llamó "terrorista de Estado" y "criminal". Hoy, se encuentra con el mismo que llamó al chavismo un "régimen narco", "ladrones", "sucios" y "repugnantes". Socialismo y conservadurismo, fundidos políticamente.
No es una anomalía, es un golpe de realidad. Ese transformismo político mutuo es un ejemplo didáctico que cae como una lección hacia sus respectivas sociedades, sus líderes y sus ciudadanos. Vale todo, lo que importa es el líder, el negocio y mantenerse en el poder.
Y tiene un efecto imitativo que no está disociado del origen real de muchos de los “nuevos dirigentes”, que surgieron del final del intestino de aquellos partidos e ideologías a las que luego declararon sus adversarios a muerte. Y a su vez achata el debate de ideas para trasladarlo al de las conveniencias transaccionales que lleva el discurso público, a un nivel de retórica sobreactuada de obediencia al líder, en un grado que hasta hoy se creía que era solo una excentricidad norcoreana. O chavista.
Y la tristeza del "por algo el líder pide que matemos a los gorriones", pero replicado en un discurso de miles de personas que dejan en manos de una figura política su futuro sin cuestionar ni corroborar la factibilidad de cada propuesta. Alcanza con uno de sus posteos, no se necesita mas texto como instrucción. La hambruna intelectual promete ser épica.
Esta contorsión es caracterizada en la neolengua como "realpolitik", que es una forma poco elegante de acomodarse y justificar una renuncia a valores para intentar validar al líder y emparenta a derecha e izquierda en una misma escuela política. Y de paso frivoliza el debate para pasar de las ideas argumentadas a una emocionalidad que acude con más frecuencia al grito que a la reflexión conjunta. No es solo la ideología, es el método donde convergen los polos opuestos de la política.
El chavismo inventó una forma de gobernar: un líder que encarna al pueblo, un enemigo interno que es traidor y no rival —antes el imperialismo, ahora el Estado profundo—, el Estado usado como botín para premiar leales y un vínculo directo por redes sociales saltándose a los medios. Observen hoy a Buenos Aires, a San Salvador, a Quito. Luego a Caracas, a La Habana y a Managua. Vuelvan la vista a Washington. ¿No es exactamente la misma tecnología de poder, pero con otro color político?
Por eso Trump se entiende mejor con Delcy que con Machado. Delcy no tiene un proyecto de país que la obligue a pelearse con él. Solo quiere sobrevivir administrando el aparato que le dejó Maduro. Es predecible. Machado, en cambio, tiene un mandato real de la gente y si la reconocés, tenés que ayudarla a hacer lo que prometió: contar los votos y meter presos a los corruptos. Y eso incomoda al nuevo socio petrolero.
La imagen de Delcy Y Donald no es farándula. No es una foto curiosa para el archivo. Si este precedente queda en pie, dentro de diez años quizás vamos a mirar este 23 de septiembre como miramos hoy la caída del Muro de Berlín o la firma del Consenso de Washington: el día que entendimos que las reglas habían cambiado y no nos habíamos dado cuenta.
La pregunta ya no es si Delcy es democrática o no. La pregunta es si la región está dispuesta a aceptar que a partir de ahora la democracia es un asunto opcional. Y comprender que, una vez que bajaron los estándares democráticos, los próximos gobiernos, sean de derecha o de izquierda, encontrarán una democracia cada vez más magullada y al sistema de garantías republicanas ajado.
Destruir una república, muestra la experiencia venezolana, lleva muy poco tiempo. Recuperarla es una tarea titánica. El chavismo que hoy se pasea tutelado por la tierra de su viejo adversario es una invitación y una advertencia al mismo tiempo.
Tampoco se trata de enfocarlo todo como una oposición o defensa de Trump, porque a fin de cuentas es una figura vistosa, a veces hasta el hastío, pero que no deja de ser una circunstancia pasajera, al igual que su dictadora asociada de Venezuela. La cuestión es mirar más allá del circo político y pensar sin fanatismos lo que va a quedar establecido.
Es mucho más que una foto. Es un sinceramiento de un cambio que se propone y que se acomoda por derecha o por izquierda para legitimar una lógica de poder transideológica. Para el momento en que se consolide, puede que ya no haya dónde quejarse una vez muerto el mensajero y el resto de los canales para expresar la disidencia.
El fin de los medios se justifica para los que creen que el fin justifica los medios. Parece un trabalenguas, pero es una alarma cifrada para el que pudo llegar hasta aquí al conservar la capacidad de leer en un texto de mas de dos párrafos. Los extremos ya no pelean, se nutren y expulsan el pensamiento critico y reflexivo del debate. Esa es el bonus de una relación en la que la teoría de la herradura Jean-Pierre Faye terminó por develar que errar es humano, pero sumarse a los extremos es para equinos.
Ahora sí, un aplauso para la pareja política y su invitación al resto del continente para su fiesta populista en estéreo. Están todos invitados, siempre y cuando accedan a agacharse para cruzar la entrada.
*PS: es una editorial escrita desde la alarma y el enojo. La indignación a veces obliga a salirse del periodismo de datos para expresar lo que, si se queda guardado dentro, se pudre.
