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Manuel Sutherland | Venezuela ostenta la inflación más alta del mundo y el gobierno persiste en el fracaso: causas y consecuencias

La inflación interanual de Venezuela, medida entre julio de 2025 y julio de 2026, alcanzó la estratosférica cifra de 576 %, sustancialmente superior a la proyección promedio anual del Fondo Monetario Internacional (387 %). Con este resultado, el país se consolida, por amplio margen, como la economía con la mayor inflación del planeta. El resto de naciones que conforman el “top 10” mundial se sitúan en un rango que oscila entre el 19 % y el 75 %. De hecho, la inflación venezolana es diecisiete veces superior a la de Argentina —cuarta en el ranking global—. Durante casi una década, Venezuela ha ostentado el penoso récord de registrar la inflación más elevada del orbe, incluyendo un episodio hiperinflacionario de cuatro años que se erige como el tercero más prolongado de la historia económica contemporánea. Tal devenir resulta absolutamente inconcebible en una nación que, hasta 2017, jamás había experimentado episodios de hiperinflación.

Tras la conquista militar del 3 de enero de 2026, se avizoró la posibilidad de un viraje económico sustancial. Docenas de analistas estadounidenses, que ejercen un control de facto de carácter neocolonial sobre la economía y la política venezolanas, promocionaron como prioridad, dentro de su programa de tres fases, la estabilización como primer estadio del proceso de transición democrática que se pretendía imponer al régimen bolivariano por la vía de la fuerza. El plan contemplaba, en teoría, restablecer el funcionamiento institucional de la política y de la economía, otorgando a esta última el carácter de prioridad absoluta. Sin embargo, en estos siete primeros meses de 2026 bajo tutela estadounidense, la política monetaria, económica y cambiaria heredada de Nicolás Maduro permanece intacta, idéntica a la de 2025, a pesar de que casi la totalidad de los recursos provenientes de la venta de petróleo es administrada por el Departamento de Estado, depositada en cuentas bajo su control y transferida al país únicamente mediante un presupuesto mensual de gastos y liquidaciones de divisas en las mesas de cambio interbancarias.

La férrea dominación estadounidense —avalada por un gobierno interino de un colaboracionismo que evoca, en su docilidad, al del almirante Pétain en Vichy— ha tropezado con un dique de contención formidable: la inercia de la política económica chavista de los últimos trece años. Como si nada hubiese ocurrido, continúan las flagrantes vulneraciones a los Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales (DESCA); persiste la política de extinción del salario real y de desaparición de las pensiones; se mantiene la emisión monetaria sin respaldo alguno en la economía real; se profundiza la apropiación privada de la renta petrolera a través de un tipo de cambio sobrevaluado; y se perpetúa la asfixia financiera y tributaria contra cualquier intento honesto de emprendimiento productivo. A ello se suma la política deliberada de censura y borrado de las estadísticas económicas y financieras oficiales, erigiendo la opacidad administrativa en el instrumento más eficiente de la corrupción y de toda suerte de delitos de cuello blanco. Resulta evidente que, si se persiste en reproducir las mismas prácticas del año precedente, lo más previsible es la continuidad de la crisis crónica y de la pobreza secular que hunde a la nación en el subdesarrollo.

La inflación de 2026 se revela desorbitada y superior a la de años recientes

La inflación interanual de 576 % constituye la más elevada registrada por Venezuela en los últimos cinco años y resulta casi doce veces superior a la experimentada en 2024 —año en el que, paradójicamente, prevalecían mayores sanciones—. Este dato evidencia un fracaso estrepitoso en el control de los precios, a pesar de la extremadamente restrictiva contracción salarial impuesta desde mayo de 2022, último mes en que se decretó un incremento del salario mínimo. En la Figura 1 se aprecia la abismal distancia que separa a Venezuela del resto de las economías, revelando con claridad meridiana la magnitud de la deficiente gestión económica actual.

Que Venezuela registre una inflación veinticuatro veces superior a la de Haití permite dimensionar la gravedad del desastre monetario. El solo dato de 19,9 % de inflación mensual en julio de 2026 equivale, aproximadamente, a la inflación anual completa de Bolivia, novena economía con mayor inflación del planeta. Ante este panorama, resulta imperativo indagar las causas profundas del fenómeno y explorar las vías para superar un flagelo que empobrece de manera feroz a una clase trabajadora absolutamente depauperada.

La causa de la inflación es eminentemente endógena

Aun bajo la estricta vigilancia y los rígidos controles que Estados Unidos ejerce sobre la exportación de petróleo y minerales, el gobierno prosigue, con renovado ahínco, la senda del desastre monetario más grotesco. La gestión económica interna permanece esencialmente idéntica a la de años anteriores, pero con mayor desenfado en la emisión de dinero sin respaldo en la economía real. Podría atribuirse parte de los problemas actuales a la inercia financiera del ejercicio precedente; sin embargo, al examinar la inflación acumulada entre enero y julio de 2026 —que alcanza el 175,5 %— se constata que constituye, de nuevo, la más elevada del orbe: diez veces superior a la de Argentina y doce veces superior a la de Cuba, país este último que ha enfrentado un considerable endurecimiento de las sanciones estadounidenses durante el último año. En la Figura 2 se aprecian con nitidez estos guarismos.

La dinámica acumulada (diciembre 2025 – julio 2026)

De acuerdo con los datos disponibles:

  • El Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) registró un incremento aproximado del 175 % entre diciembre de 2025 y julio de 2026.
  • La Base Monetaria (BM) se expandió alrededor del 125 % en el mismo lapso.

La inflación acumulada superó el crecimiento de la base monetaria. Este comportamiento resulta consistente con una elasticidad superior a la unidad y con un aumento de la velocidad de circulación del dinero. En otros términos: no solo se incrementó el stock de bolívares, sino que cada unidad monetaria circuló con mayor celeridad, pues los agentes económicos procuraron desprenderse de ella de manera acelerada, intercambiándola por divisas o por bienes y servicios. La ley de Gresham —según la cual “el dinero malo expulsa al bueno”— opera con plenitud cuando coexisten dos medios de pago con idéntico valor legal nominal pero distinto valor real intrínseco. En consecuencia, la población prefiere atesorar divisas y desprenderse raudamente del dinero “malo”. Este patrón es característico de fases en las que la confianza en la moneda se deteriora o se mantiene en niveles críticos. Los agentes no reaccionan únicamente a la cantidad de dinero ya emitida, sino a la expectativa de que la emisión sin respaldo se perpetuará.

Al observar las variaciones mensuales del INPC y de la BM, se aprecia una relación positiva, aunque no perfectamente sincrónica mes a mes —fenómeno normal atribuible a rezagos y a factores estacionales o de oferta—:

  • En los meses de mayor expansión monetaria relativa (enero, marzo y mayo) se registran, asimismo, variaciones significativas del INPC.
  • Julio exhibe una fuerte aceleración del INPC (+19,9 %) a pesar de una expansión más moderada de la BM (+4,3 %). Este comportamiento puede atribuirse a:
    • Rezagos de emisiones precedentes que se materializan con demora.
    • Factores de oferta (precios de alimentos, tipo de cambio paralelo, tarifas).
    • Un posible deterioro adicional de las expectativas en ese mes específico.

No obstante, la relación de mediano plazo —el conjunto de los siete meses— permanece extremadamente estrecha, como lo evidencia el coeficiente de determinación (R²) de 0,93. En la Figura 3 se grafican el logaritmo de ambas variables, su correlación lineal y la línea de tendencia que ilustra su evolución conjunta.

Los resultados refuerzan varias conclusiones de relevancia para el análisis de la coyuntura venezolana:

  1. La Base Monetaria continúa siendo el principal driver del nivel de precios en el período analizado. Cualquier intento de estabilización que no controle de manera creíble y sostenida la expansión de la BM tendrá efectos limitados.
  2. El margen para “financiar” el gasto público vía emisión resulta extremadamente estrecho. Dado que los precios reaccionan casi uno a uno (e incluso con una ligera amplificación), el señoreaje real que puede obtenerse es bajo y se erosiona con celeridad.
  3. Las expectativas se encuentran mal ancladas. La elasticidad cercana a la unidad y el elevado R² sugieren que los agentes económicos interpretan la evolución de la liquidez como la señal dominante para la fijación de precios.
  4. El problema no es solo de cantidad, sino de régimen monetario. Mientras persista la percepción de que la autoridad monetaria acomodará de manera endógena las necesidades fiscales o de liquidez del sistema, la relación entre BM e inflación permanecerá vigente.

Como limitaciones del estudio de estos siete primeros meses, cabe señalar que la muestra es reducida (apenas siete u ocho observaciones mensuales). Aunque el R² es elevado, los resultados deben interpretarse con cautela y como evidencia de corto-mediano plazo. Otras limitaciones radican en la ausencia de controles sobre determinantes adicionales (tipo de cambio paralelo, salarios, precios de importaciones, expectativas explícitas, entre otros). La Base Monetaria constituye solo una de las medidas de liquidez; análisis complementarios con la liquidez monetaria ampliada (M2) podrían enriquecer la interpretación, aunque, dada la magnitud del encaje legal bancario, la diferencia no resultaría tan pronunciada como en otras economías. Es menester recordar, además, la posible existencia de endogeneidad: en algunos meses la expansión monetaria podría haber reaccionado a presiones de precios o de tipo de cambio, y no únicamente a la inversa.

Aun con estas limitaciones, la solidez de la relación encontrada resulta difícil de ignorar y constituye una evidencia empírica contundente de la estrecha vinculación entre la expansión monetaria que el gobierno protagoniza para financiar sus gastos corrientes y la dinámica de precios en la Venezuela de 2026.

Corolario

Los datos actualizados a julio de 2026 confirman que la relación entre la Base Monetaria y el nivel de precios permanece extremadamente estrecha. La elasticidad estimada de 1,05 y un coeficiente de determinación superior a 0,93 indican que, en el período reciente, la expansión monetaria explica la mayor parte de la trayectoria del INPC. En un contexto de expectativas frágiles, cada punto adicional de crecimiento de la base monetaria se traduce, casi de manera inmediata y ligeramente amplificada, en inflación.

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