Jorge Eliécer Morán | El mundo está cambiando y no pinta bien.
El orden liberal internacional, establecido desde finales de la Segunda Guerra Mundial, se consolidó como un sistema global de reglas, principios e instituciones fundamentado en el libre comercio, el multilateralismo, la cooperación, los valores democráticos, el fomento del respeto a los derechos humanos y la seguridad colectiva. Producto de este espíritu surgieron las Naciones Unidas como piedra angular —fundadas sobre valores como la igualdad soberana, la autodeterminación de los pueblos y la resolución pacífica de controversias—, además de instituciones financieras como la Organización Mundial del Comercio (OMC), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, junto con bloques y organizaciones regionales como la Unión Europea, la Unión Africana y la Organización de los Estados Americanos (OEA).
La desmembración de la URSS y la caída del muro de Berlín llevaron a un estado de paroxismo al ideal liberal. Con el gran rival ideológico vencido, la democracia liberal y el capitalismo parecían destinados a reinar a lo largo del planeta por tiempo indefinido, posicionándose en los centros de poder de Occidente bajo el espíritu del «Fin de la historia» teorizado por Francis Fukuyama.
Pero luego vino el 11 de septiembre de 2001, y esa idea optimista y un tanto naif recibió su primer gran sacudón. La superpotencia mundial se encontró con un nuevo enemigo, difuso y sin un rostro claro: el terrorismo internacional. A partir de allí, las certezas comenzaron a resquebrajarse.
A este escenario se sumó la ambición de Vladímir Putin por restaurar a Rusia como potencia global. Primero con la invasión a Georgia en 2008 —bajo la excusa de intervenir en favor de Osetia del Sur— y, posteriormente, con la primera guerra ruso-ucraniana en 2014, que derivó en la anexión de la península de Crimea y el conflicto en el Donbás. A esta cadena de eventos se añadieron hitos disruptivos como el Brexit en 2016 y la primera elección de Donald Trump en ese mismo año, los cuales constituyeron los primeros golpes frontales contra la estabilidad y credibilidad de un orden internacional que ya mostraba agudos síntomas de debilidad.
Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente y paradójico es que el golpe más devastador al orden liberal provenga precisamente de quien fuera su principal arquitecto y valedor: los Estados Unidos. De la mano de Donald Trump, la superpotencia ha dinamitado los pilares históricos del multilateralismo, el libre comercio y el respeto estricto a las normas internacionales, prefiriendo una diplomacia transaccional y de confrontación.
Hoy asistimos a la irrupción de un nuevo orden mundial impulsado por el presidente norteamericano, que parece acercarse a Vladímir Putin en Rusia y Xi Jinping en China, con los que comparte una visión profundamente transaccional y de poder, a pesar de que son rivales estratégicos. Lejos de la retórica democrática y de los derechos humanos, estos tres líderes fuertes priorizan el pragmatismo geopolítico en aras de asegurar sus zonas de influencia, el control comercial y la soberanía estatal por encima de cualquier marco multilateral. Para ellos, las reglas del orden liberal no son garantías de convivencia pacífica, sino restricciones obsoletas que limitan sus ambiciones hegemónicas.
Esta transformación geopolítica va de la mano con un acelerado y alarmante retroceso democrático a nivel global. Instituciones de referencia en la medición de la calidad institucional democrática, como el proyecto V-Dem (Varieties of Democracy) y la Unidad de Inteligencia de The Economist (EIU), registran año tras año en sus evaluaciones anuales una erosión sistemática de las libertades civiles, el debilitamiento de los contrapesos institucionales y el auge de liderazgos autocráticos. Los informes recientes advierten que una porción cada vez mayor de la población mundial vive bajo regímenes donde la democracia se vacía de contenido, convirtiéndose en cascarones formales sin garantías reales.
El mensaje que emana de este nuevo tablero global es claro: el mundo ha entrado en una fase de realismo político que raya en lo cínico. La democracia liberal se repliega y está en evidente riesgo en países clave de Occidente, como Francia y Alemania. Las instituciones multilaterales pierden su capacidad de arbitraje y las potencias reescriben las reglas del juego a su medida. En este panorama en pleno reacomodo, el futuro ya no se dibuja sobre la promesa de la cooperación global y los valores compartidos, sino sobre el pulso de fuerzas de potencias dispuestas a sacrificar la libertad en nombre del poder y la conveniencia.
En definitiva, el liberalismo que conocimos en el siglo XX, tanto en sus expresiones nacionales como en la internacional, debe replantearse sus formas y objetivos, adaptándose a las nuevas realidades sociales, tecnológicas, económicas y políticas si quiere sobrevivir.
