El diario plural del Zulia

David L. Petit M. | La geometría ideológica del chavismo en acción: un diseño de poder y de manipulación

  1. Introducción

En la entrega de la semana pasada (“La geometría ideológica de Hugo Chávez: eclecticismo, pragmatismo y populismo bolivariano”) analizamos la génesis del pensamiento político de Hugo Chávez, describiendo su construcción ideológica como un eclecticismo deliberado que articuló bolivarianismo, marxismo heterodoxo y populismo latinoamericano bajo la forma del árbol de las tres raíces y el Socialismo del Siglo XXI. Aquel análisis mostró que la ideología chavista no constituyó un cuerpo doctrinario coherente, sino una geometría flexible, ecléctica y moldeable a las circunstancias, diseñada para capturar adhesiones, legitimar el poder personal y movilizar afectos colectivos en torno a la figura del líder-mesías. En esta segunda entrega, el argumento se desplaza del plano de la formación ideológica al de su operacionalización: la manera en que ese diseño conceptual fue traducido en prácticas institucionales, organizativas, educativas, comunicacionales y diplomáticas que convirtieron al chavismo en un sistema político de control y manipulación sociopolítica.

La hipótesis central de este artículo es que el chavismo, como sistema político en acción, desplegó una arquitectura de dominación que (aunque formalmente democrática en sus procedimientos electorales) bordea, en su lógica interna y externa, las características del autoritarismo cuasi totalitario tal como lo define la literatura comparada sobre regímenes competitivos y populismos de ruptura. Esta arquitectura combinó la captura institucional del Estado, la organización social desde arriba (y desde abajo) mediante estructuras paralelas al aparato formal, la imposición de un proyecto educativo de orientación revolucionaria (“bolivariana” en un principio y luego socialista), la hegemonía comunicacional como instrumento de control político y la proyección diplomática del modelo bolivariano-socialista como ideología exportable.

  1. La lógica schmittiana del chavismo: amigos, enemigos y unicidad del pueblo

El principio ordenador del chavismo como sistema político es la distinción entre amigos y enemigos en el sentido schmittiano del término (Schmitt, C., 2014). Esta lógica, presente desde los discursos fundacionales del proceso revolucionario, estructuró toda la actividad política del régimen: quienes apoyaban a Chávez encarnaban al pueblo, a la patria y a Bolívar; quienes se le oponían eran traidores, oligarcas, “majunches”, “escuálidos”, “apátridas” y agentes del imperialismo (Gómez Calcaño y Arenas, 2013). La noción de pueblo que sostiene este principio no es la del conjunto ciudadano diverso propio de las democracias liberales, sino la de una “comunidad holística” —en los términos de Zanatta (2008)— en la que el individuo se disuelve en un todo organizado en torno al líder. El propio Chávez lo enunció sin ambigüedad: “Exijo lealtad absoluta a mi liderazgo. No soy un individuo, soy un pueblo” (cit. en Gómez Calcaño y Arenas, 2013, p. 20).

Esta cosmovisión maniquea opera sobre la base de una visión maniquea, polarizada, bipolar de lo social, antagónica-radical en toda su expresión e intención: pobres contra ricos, patriotas contra apátridas, virtuosos contra viciosos. La función política de esta dicotomía es doble: legitima la concentración del poder en manos del líder como expresión auténtica de la voluntad popular y, al mismo tiempo, convierte toda oposición interna o externa en amenaza existencial, excluible por definición del espacio político legítimo. El populismo chavista (especialmente el del contexto 2006-2012) deriva así, de manera casi necesaria, hacia lo que Gómez Calcaño y Arenas (2013) denominan “totalitarismo imperfecto” (defective totalitarianism): un régimen que despliega los impulsos totalizantes del populismo sin alcanzar la monopolización plena del espacio político. Desde otra visión, más academicista que analítica de la instrumentación sociopolítica de este entramado, lo define como autoritarismo competitivo (concepto desarrollado por Levitsky y Way, 2010) y describe con precisión este umbral: un sistema que mantiene las formas electorales como fuente de legitimidad mientras subordina progresivamente las instituciones a las necesidades de continuidad del proceso.

  1. La dimensión institucional: captura del Estado y reconfiguración del poder

La operacionalización institucional del proyecto chavista comenzó con la convocatoria a la Asamblea Constituyente de 1999, que Arenas (2018) describe como el mecanismo privilegiado de una dictadura constitucional: un dispositivo que, bajo las formas del constitucionalismo democrático, permitió disolver las instituciones existentes y rediseñar el Estado en función de los objetivos del proceso revolucionario. La Constitución aprobada ese año amplió los poderes del Ejecutivo, prolongó el período presidencial e incorporó herramientas que el régimen convertiría en vehículos de desgaste de la oposición. La reforma constitucional de 2009, que eliminó los límites a la reelección presidencial, fue la expresión paradigmática de esta lógica: la voluntad del Comandante se convirtió en condición sine qua non de la supervivencia del proyecto.

Miranda Delgado (2019) analiza la estrategia de captura estatal del chavismo a través de tres factores articulados: el debilitamiento de la independencia judicial mediante la designación discrecional de magistrados afines al gobierno; la proliferación de organizaciones paralelas progubernamentales que suplantaron las funciones de la sociedad civil organizada; y el uso discrecional de la normativa legal para disciplinar a los actores políticos y mediáticos disidentes. En este contexto, la creación de la Milicia Popular Bolivariana en 2007 constituyó un paso decisivo hacia la patrimonialización del aparato de seguridad: una fuerza paralela al ejército regular, directamente subordinada al Comandante en Jefe y Líder, diseñada para defender la revolución frente a amenazas internas y externas (Arenas, 2018). En términos de Linz y Stepan (1996), el régimen adquiría así rasgos sultanísticos: la fusión de las esferas pública y privada del poder, el acceso al “oído del rey” como recurso político fundamental y la movilización de grupos paraestatales como instrumento de coerción selectiva.

  1. La dimensión sociopolítica y educativa: organización desde el poder y formación del hombre nuevo

La organización social desde arriba es uno de los rasgos más característicos del chavismo como sistema de control. A partir de 2001, el régimen promovió la creación de los círculos bolivarianos, definidos en sus documentos programáticos como “el sistema de organización básica del pueblo de Bolívar para activar y dirigir la participación de los individuos y comunidades en el proceso revolucionario” (Comando Supremo Revolucionario Bolivariano, s.f., cit. en Arenas y Gómez Calcaño, 2020). Arenas y Gómez Calcaño (2020) identifican tres funciones estructurales de estos círculos: organizar la movilización social en apoyo al gobierno, canalizar demandas hacia el aparato estatal y actuar como formadores de la ideología bolivariana en las bases populares. Los eventos del 11 de abril de 2002 añadirían una cuarta función, no menos significativa: la defensa armada y popular de la revolución. Esto añadiría, por tanto, un sistema de organización desde abajo sinérgico con el poder estatal-revolucionario.

La vocación formativa del chavismo encontró su expresión más sistemática en el campo educativo. El Proyecto Educativo Nacional, diseñado bajo la conducción de Aristóbulo Istúriz, estableció explícitamente que “el nuevo Estado docente busca convertir el sistema educativo en un medio para la formación de los educandos en los valores de la revolución” (cit. en Arenas, 2018, p. 63). Esta concepción del Estado como agente de formación ideológica a través de la escuela aproxima al chavismo a lo que Hannah Arendt identificaba como rasgo constitutivo del poder totalitario: la pretensión de modelar la naturaleza humana desde arriba, produciendo sujetos políticos alineados con el proyecto del régimen. La complementariedad entre las misiones sociales y el control político refuerza esta arquitectura y es lo que Osorio Bohórquez (2019) analiza acerca del “socialismo totalitario” venezolano como un modelo en el que la provisión de bienestar material funciona simultáneamente como instrumento de dependencia clientelar y como mecanismo de control poblacional.

  1. La dimensión comunicacional y diplomática: hegemonía mediática y proyección exterior

La conquista del espacio comunicacional fue otro componente central de la arquitectura del poder chavista. Entre 1998 y 2010, el número de emisoras de radio y televisión públicas creció un 173%, frente a un 28,7% del sector privado, según datos de CONATEL citados por Arenas (2018). Este proceso incluyó el cierre del canal RCTV en 2007 (la emisora de televisión abierta privada de mayor audiencia del país) y la aplicación discrecional de la normativa regulatoria para presionar a los medios independientes restantes. Como señala Miranda Delgado (2019), el control mediático del chavismo no operó únicamente a través de la censura directa, sino mediante el uso discrecional de las leyes, una forma de coerción menos visible pero igualmente efectiva para disciplinar a los actores del espacio informativo.

El recurso más característico de la hegemonía comunicacional chavista fue la cadena presidencial: una transmisión obligatoria simultánea en todos los canales de radio y televisión que Blanco (2016) interpreta, desde la teoría de sistemas de Luhmann, como la forma más acabada de la “autodescripción tautológica” del poder totalitario, en la que el sistema político se erige en el único emisor legítimo del sentido social. Las cadenas funcionaron, en este marco, como un mecanismo de comunicación plebiscitaria: la proyección directa del líder sobre el cuerpo del pueblo, sin mediaciones institucionales (Miranda Delgado, 2019), expresando la fusión de identidades que el propio Chávez enunció: “Chávez se hizo pueblo. Ya yo no soy yo, yo soy un pueblo” (cit. en Arenas, 2018, p. 69).

En el plano diplomático, el chavismo exportó su modelo ideológico a través de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), creada en 2004 junto a Cuba. Más que un mecanismo de integración económica, el ALBA fue un modelo de proyección ideológica que buscó consolidar un bloque de regímenes “progresistas” afines con Venezuela como eje articulador, utilizando la renta petrolera como instrumento de influencia geopolítica (PETROCARIBE como su brazo financiero) y la retórica antiimperialista como elemento cohesionador o cemento discursivo. En este sentido, el chavismo no fue solo un fenómeno venezolano, sino también un programa de exportación del modelo bolivariano-socialista, un intento de crear un campo de gravitación ideológica alternativo al liberalismo en América Latina (Arenas, 2018).

  1. Conclusión

El análisis que nos precede, hasta ahora, permite concluir que el chavismo, como sistema político y de pensamiento en acción, no fue simplemente la expresión electoral de un movimiento populista. Fue la operacionalización sistemática de una arquitectura de dominación que articuló, en un solo diseño, la captura institucional del Estado, el control social a través de organizaciones paralelas, la formación ideológica desde el sistema educativo, la hegemonía comunicacional como instrumento de subordinación del espacio público y la proyección diplomática del bolivarianismo-socialismo del siglo XXI como ideología exportable. Esta arquitectura encontró su fundamento último en la lógica schmittiana de la dicotomía antagónica-conflictiva amigos/enemigos y en la identificación totémica del líder con el pueblo, que convirtió toda disidencia en traición y toda crítica en amenaza existencial para el proceso revolucionario.

El sistema chavista, entendiéndolo como pensamiento articulado en diseño de acción política, no llegó a constituir un totalitarismo cerrado en sentido clásico (sus mecanismos electorales y la persistencia de espacios de oposición lo alejan de ese modelo en términos formales), pero poseyó múltiples características y pretensiones totalitarias, derivando, así, como mínimo, hacia el autoritarismo competitivo (Levitsky y Way, 2010) y más cercanamente al totalitarismo imperfecto (Linz, 2000, cit. en Gómez Calcaño y Arenas, 2013). Esto evidencia que su horizonte tanto normativo como práctico fue siempre la dominación total: el control de las instituciones, los cuerpos, las subjetividades y los símbolos de la vida colectiva venezolana. Ese horizonte fue perseguido con una coherencia estratégica que el eclecticismo ideológico de superficie, analizado en la entrega de la semana pasada, no debe inducir a subestimar.

La semana próxima, el análisis se desplazará hacia el chavismo sin Chávez: la instrumentalización de la figura del líder fallecido, la campaña “Yo soy Chávez” de 2013 y la operacionalización del proyecto bolivariano bajo la conducción de Nicolás Maduro. En ese contexto, se examinará cómo el régimen logró sobrevivir a la desaparición de su fundador recurriendo a la sacralización de su imagen y a la continuidad estructural de los mecanismos de control aquí descritos, hasta que la misma figura de Chávez fue desapareciendo por parte de quienes la utilizaron por muchos años.

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