Ángel Montiel | La ley del más fuerte
La estructura institucional del mundo fracasó rotundamente en Venezuela. La ONU, la OEA y la Corte Penal Internacional redactaron sendos e impecables comunicados, documentaron crímenes atroces y emitieron severas condenas. Sin embargo, los papeles no detienen las balas, ni frenan los abusos de un régimen autoritario. Los informes se apilan mientras la realidad impone su ley en las calles, demostrando que la arquitectura jurídica global es incapaz de proteger a los ciudadanos frente al totalitarismo. Mientras los diplomáticos se reunían y lanzaban advertencias estériles un grupo desmantelaba un país entero a plena luz del día. Los discursos solemnes sobre los derechos humanos revelaron su total inoperancia frente a una tiranía que, sencillamente, ignoró las reglas del juego mundial.
Como era de esperarse, y en plena Asamblea General de la ONU, ante las delegaciones de todo el mundo y con Delsy Rodríguez presente, Donald Trump volvió a calificar a Nicolás Maduro de “dictador” y “criminal”, además de reivindicar la operación militar que terminó con su captura dijo una frase lapidaria: “al ganador le quedan los despojos”. El mensaje fue público y directo, Trump no mostró sentimentalismo y afinidad, mucho menos guardó consideración al pronunciar esas palabras frente a Delcy Rodríguez y ante la comunidad internacional.
La diplomacia se redujo a un ejercicio de retórica vacía, donde el dolor de una nación entera se convirtió en un adorno decorativo de conferencias interminables y resoluciones vacías.
La fuerza bruta resolvió lo que la diplomacia decorativa prolongó por décadas. Washington ejecutó la acción directa, sacó a Nicolás Maduro y demostró que el poder real reside en los hechos contundentes, no en tratados protocolares. Las estructuras del Estado norteamericano no asimilaron los errores del pasado, eliminaron la improvisación de su agenda y trazaron una ruta inflexible para someter el tablero político a sus propios designios de seguridad.
Pero la ilusión democrática no duró nada. El tablero cambió de piezas, pero conservó el mismo núcleo de control autoritario. El chavismo sacrificó la cabeza visible de su líder, pero retuvo el dominio operativo de las estructuras del Estado con fichas funcionales que maneja a su antojo. Delsy Rodríguez asumió el relevo administrativo bajo la vigilancia férrea del Pentágono que anuló cualquier autonomía geopolítica genuina, demostrando que el cambio de élites no equivale a una verdadera transformación institucional.
Al profundizar en este escenario se evidencia que la prioridad estratégica nunca fue la restitución de la libertad y la democracia, sino el aseguramiento total del petróleo. Los intereses energéticos sepultaron las promesas de democracia bajo acuerdos pragmáticos de explotación petrolera.
Todo queda al descubierto, el destino del país se administra mediante mandatos externos que eliminaron cualquier atisbo de soberanía popular.
Así, el ciclo geopolítico se cierra donde comenzó: en la más absoluta inutilidad del derecho internacional. Las miles de páginas redactadas por los organismos multilaterales terminaron reducidas a tomos inservibles, archivados en el mismo rincón donde las potencias cierran sus transacciones comerciales. Venezuela se consolida como el monumento vivo de la hipocresía global, un laboratorio trágico donde la retórica de la “legalidad” se disuelve por completo ante la cruda e implacable ley del más fuerte.
