El diario plural del Zulia

Alfonso Hernández Ortiz | Lecturas políticas del regreso de María Corina Machado

Alfonso Hernández Ortiz

Hay acontecimientos políticos cuya importancia no está únicamente en lo que ocurre ese día, sino en lo que dejan de hacer posible después. El regreso de María Corina Machado a Venezuela, el 25 de octubre de 2026, podría ser uno de ellos. Miles de personas salieron a recibirla. No cambiaron las instituciones ni desplazaron a quienes gobiernan, pero hicieron visible una fuerza que no puede quedar al margen de las conversaciones sobre el futuro del país. Desde el exilio seguí esas imágenes con esperanza y cautela. Conozco nuestra historia lo suficiente para no confundir una multitud con una victoria definitiva. Washington conserva instrumentos de presión, Delcy Rodríguez administra el aparato estatal y Machado ha vuelto con un respaldo ciudadano que la persecución no logró extinguir. Me interesa menos medir el entusiasmo de aquel domingo que entender qué puede hacer esa sociedad organizada con su fuerza política. ¿Quién fijará las reglas del cambio y quién garantizará que se cumplan?

Antes de su comparecencia en la Universidad Católica Andrés Bello, Machado visitó La Guaira y escuchó a familias afectadas por el terremoto del 24 de junio. Allí, según relató Machado, un hombre llamado Omar se acercó y le dijo: «Dime, yo te ayudo». Esas cuatro palabras me impresionaron más que muchos discursos. Alguien golpeado por la adversidad ofrecía su ayuda en lugar de limitarse a pedirla. Quienes hemos trabajado en gestión pública sabemos que ninguna reconstrucción prospera si la ciudadanía queda reducida a espectadora. Más tarde, en la UCAB, su alma mater, Machado volvió al lugar donde recibió su título de ingeniera. Recordó las primarias de 2023, la elección del 28 de julio de 2024, los acontecimientos del 3 de enero y su regreso del 25 de octubre. Reconoció a Edmundo González Urrutia, reivindicó a los presos políticos y habló de justicia, memoria, reparación y garantías de no repetición. Su referencia a Dios y al carácter espiritual de la lucha dio al discurso una dimensión íntima. Pero en medio de aquella emoción dejó clara una decisión: no había regresado a esperar el resultado de las negociaciones, sino a tratar de influir en ellas.

La primera lectura estratégica está en su relación con Washington. La renovación del Tribunal Supremo de Justicia, la conformación de un Consejo Nacional Electoral independiente y la convocatoria presidencial figuran entre los asuntos centrales de la discusión sobre la transición. Machado reconoció el papel de Donald Trump y Marco Rubio y expresó su expectativa de elecciones en 2027, sin que exista todavía una fecha oficialmente establecida. Propuso, además, acordar simultáneamente la renovación del TSJ, la designación del CNE y el calendario electoral. Parece un detalle de procedimiento, pero no lo es. En política, quien administra los plazos también administra expectativas y oportunidades. Una negociación larga puede facilitar acuerdos difíciles; también puede dar tiempo a quienes conservan el control institucional para reorganizarse. No toda demora es una maniobra, pero sería ingenuo desconocer ese riesgo. Hay otra pregunta que no debemos eludir: ¿cómo se articula la reivindicación del resultado de julio de 2024 y del papel de Edmundo González Urrutia con la posibilidad de una nueva elección en 2027? Washington puede contribuir a crear condiciones, pero no sustituir la decisión de los venezolanos.

La segunda lectura tiene como protagonista a Delcy Rodríguez. Sus anuncios sobre garantías judiciales, revisión de leyes represivas, elecciones, aumentos salariales previstos para 2027 y apertura económica buscan presentarla como una dirigente capaz de reformar el Estado porque conoce sus mecanismos. Los conoce, sin duda, pero por haber participado durante años en el sistema que ahora promete transformar. Después de estudiar y vivir la política venezolana, me cuesta aceptar que quienes contribuyeron a debilitar nuestras instituciones se presenten como sus restauradores sin asumir responsabilidades. Cuando se reconocen abusos en la aplicación de la Ley contra el Odio o se prometen garantías contra detenciones arbitrarias, también se reconoce la existencia de prácticas que nunca debieron tolerarse. No propongo rechazar medidas útiles por venir de Delcy: si devuelven libertades, hay que exigir que se cumplan. Lo que cuestiono es la pretensión de convertir una promesa en prueba de democratización. Mi lectura es que intenta hacer de su control del Estado una ventaja negociadora y presentarse como interlocutora indispensable. Puede conceder reformas y, al mismo tiempo, procurar conservar instrumentos de influencia. Habrá que juzgarla por las decisiones que limiten efectivamente su autoridad, no por la moderación de sus palabras.

La tercera lectura aparece en las respuestas de Machado a los periodistas. Afirmó que no había recibido mensajes de Washington ni de Delcy Rodríguez para organizar un encuentro entre ambas dirigentes, confirmó que su movimiento no forma parte de la mesa negociadora y expresó su deseo de que esa mesa tenga éxito. No veo allí una contradicción. Veo el intento de preservar autonomía sin desconocer que los acuerdos pueden ser necesarios. Machado no parece buscar un reparto indefinido del gobierno con el chavismo, sino condiciones para que los venezolanos decidan quién debe gobernarlos. Para influir desde fuera de la mesa cuenta con la organización ciudadana, la movilización pacífica y la presión pública por garantías verificables. Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter mostraron, al estudiar las salidas de regímenes autoritarios, que los pactos entre élites pueden abrir caminos democráticos, pero también dejar intactos espacios del antiguo régimen. Ese riesgo existe aquí. Una multitud no reemplaza la Constitución ni resuelve por sí sola los desacuerdos, pero una negociación que ignore a la sociedad difícilmente obtendrá una legitimidad duradera.

La cuarta lectura obliga a mirar el futuro del chavismo sin triunfalismos. Sus estructuras no desaparecen porque cambie el ambiente en las calles. Conserva presencia en la administración, las organizaciones territoriales, los cuerpos de seguridad y otras instituciones. Al mismo tiempo, resulta revelador que sectores que antes justificaban restricciones ahora hablen de derechos, reconciliación y elecciones. Esa adaptación indica presión, no necesariamente convicción democrática. La prueba será aceptar árbitros independientes, liberar a los presos políticos, eliminar inhabilitaciones arbitrarias y competir sin utilizar el Estado como ventaja partidista. Siempre he defendido que una democracia no se construye excluyendo para siempre a quienes piensan distinto. El chavismo puede sobrevivir como corriente política, con dirigentes y electores, si acepta reglas comunes. Lo que no debe sobrevivir es un sistema que confunde partido, gobierno, Fuerza Armada y Estado. Para Delcy y quienes conservan posiciones decisivas, la pregunta es si están dispuestos a competir sin controlar las condiciones de la competencia.

La quinta lectura mira el día después. Machado habló de apertura energética, licitaciones públicas, una autoridad autónoma de hidrocarburos, reglas claras para la inversión y respeto a los compromisos legalmente adquiridos. No se trata solamente de atraer capital: importa cómo se contrata, quién supervisa y qué recibe el país. También planteó la reestructuración responsable de la deuda y la necesidad de reconstruir servicios públicos e infraestructura. Como profesor de gestión pública, he insistido en una distinción sencilla: la legitimidad para gobernar no garantiza la capacidad de hacerlo. Un gobierno elegido libremente puede fracasar si hereda instituciones debilitadas y no logra convertir sus decisiones en servicios, seguridad y oportunidades. Por eso me parece importante abrir el debate sobre el presidencialismo excesivo, el militarismo, el federalismo y la reelección indefinida. No basta con cambiar a quienes ocupan los cargos; hay que revisar las reglas que permitieron concentrar tanto poder. Para quienes hemos vivido el exilio, la reconstrucción tiene además un rostro familiar: volver sin miedo, reencontrarnos y recuperar la posibilidad de vivir en nuestra tierra.

La última lectura es prospectiva. Veo tres caminos posibles: una negociación que produzca autoridades independientes, garantías políticas y un calendario electoral creíble; una apertura parcial, administrada desde el gobierno provisional, que prolongue la incertidumbre; o una resistencia de los sectores que teman perder privilegios y responsabilidades. No basta con anunciar cuál preferimos. Habrá que mirar menos los discursos y más las decisiones: quiénes integrarán el CNE, cuánta independencia tendrá el TSJ, si cesan las persecuciones, cuándo serán liberados los presos políticos y si se establece una fecha electoral con garantías verificables. El regreso de Machado fortalece la presión por una salida democrática, pero no la hace inevitable. Vuelvo entonces a Omar y a su ofrecimiento en La Guaira. Allí encuentro una señal que ningún acuerdo entre dirigentes debería ignorar: hay venezolanos dispuestos a participar en la reconstrucción de su país. Delcy Rodríguez puede conservar las llaves del Estado y Washington buena parte de las herramientas de negociación, pero ninguno dispone por sí solo de esa voluntad ciudadana. A mi juicio, allí reside la trascendencia del 25 de octubre. Machado no regresó únicamente para disputar el futuro del país, regresó para impedir que ese futuro se decida sin sus ciudadanos.

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