La lucha diaria de los jubilados en Cuba por sobrevivir
En medio de una crisis alimentaria que asola Cuba, José Carlos e Imilsis, un matrimonio de jubilados, se ven obligados a seguir trabajando. A pesar de sus problemas de salud, sus esfuerzos se desvanecen rápidamente en la compra de alimentos cada vez más caros. La realidad es dura: el dinero que logran reunir apenas les alcanza para lo básico.
La historia de José Carlos comienza en el verano de 1987, cuando, tras asesorar la construcción de un central azucarero en Nicaragua, recibió un apartamento de tres habitaciones en el reparto Alamar, al este de La Habana. “Aquello fue una batalla campal”, recuerda. Las condiciones de vida en Alamar reflejan la época del realismo socialista, con edificios de hormigón prefabricado que pronto comenzaron a mostrar filtraciones y problemas estructurales. “En Alamar residimos muchos ancianos y es un contratiempo bajar y subir escaleras si necesitamos comprar algo o cargar una balita de gas para cocinar”, dice.
La pensión de José Carlos es de 4,700 pesos, equivalentes a seis dólares en el mercado informal. Junto con el salario de su esposa, el de su hijo y su nuera, apenas logran sumar 25 mil pesos (32 dólares al cambio actual). “Eso solo alcanza para comprar pan, un poco de arroz y frijoles. Si tenemos algo extra, podemos conseguir algo de pollo”, explica el ingeniero jubilado, quien ha visto cómo su peso ha disminuido drásticamente en la última década.
La situación se torna aún más complicada por la falta de gas. “Desde hace un año el Estado no vende gas licuado. Cuando no había apagones, cocinábamos con electrodomésticos, pero ahora solo tenemos luz cinco o seis horas al día”, detalla Imilsis. La pareja ha tenido que recurrir a cocinar con leña y carbón, lo que representa un desafío adicional en un entorno donde conseguir estos recursos es complicado y arriesgado.
La crisis se extiende a más de un millón 700 mil clientes en La Habana que dependen del gas para cocinar. La dieta de la familia de José Carlos es precaria: arroz, frijoles y una pequeña porción de picadillo de pollo importado, que solo pueden permitirse dos veces por semana. “Para alimentarse adecuadamente, una familia en Cuba necesitaría más de cien mil pesos al mes, además de gas”, advierte Imilsis.
En otro rincón de La Habana, Yoasán y su familia enfrentan una realidad aún más dura. Viven en una habitación pequeña y calurosa en una cuartería en el barrio de Jesús María. Con su trabajo como conductor de bicitaxi, apenas puede comprar una bolsa de pan cada dos días. Su menú habitual es escaso y carece de proteínas. “El plato fuerte está desaparecido en combate”, lamenta. Para él, una dieta adecuada para su familia de cuatro personas costaría no menos de 200 dólares mensuales, una suma inalcanzable.
El impacto de los apagones también afecta a Indira, una artista plástica que, a pesar de contar con un refrigerador y un congelador, se enfrenta a la pérdida de alimentos por la falta de electricidad. “Estoy reuniendo para comprar un sistema fotovoltaico, que me respaldaría íntegramente la casa. Ese sistema cuesta más de ocho mil dólares”, dice, reflejando la desesperación de muchos cubanos que buscan soluciones en medio de un colapso económico.
La lucha por la supervivencia en Cuba se manifiesta en cada rincón, donde las familias se ven obligadas a adaptarse a condiciones cada vez más precarias y a un sistema que parece desmoronarse ante sus ojos.
