Guerra de Irán escala con ataques contra infraestructura de gas
Los recientes ataques contra infraestructuras energéticas en el Golfo marcan un punto de inflexión en la escalada entre Irán e Israel, con implicaciones que van mucho más allá del terreno militar y que amenazan con impactar la economía global durante años.
Por primera vez, ambos bandos han dirigido sus ofensivas directamente contra instalaciones clave de producción de gas y petróleo. Entre los objetivos destacan el yacimiento de Shah, en Emiratos Árabes Unidos, afectado por drones iraníes, y el gigantesco campo de South Pars —compartido entre Irán y Qatar— atacado por Israel. A esto se suma un nuevo golpe contra una refinería en Arabia Saudí, elevando el riesgo de una escalada regional, reseña elDiario.es.
El yacimiento de South Pars no es cualquier instalación: es el mayor campo de gas del mundo y columna vertebral del sistema energético iraní. Su afectación no solo compromete el suministro interno de electricidad en Irán, sino que también pone en tensión el equilibrio energético global.
Las consecuencias ya se sienten en los mercados. El precio del petróleo ha repuntado con fuerza ante el temor de interrupciones prolongadas, mientras que en Estados Unidos el diésel supera niveles críticos, aumentando la presión política sobre el presidente Donald Trump en un contexto electoral.
Expertos advierten que el verdadero impacto no está solo en la interrupción inmediata del suministro, sino en el tiempo de recuperación. A diferencia de otras infraestructuras, las plantas de gas natural licuado o grandes yacimientos pueden tardar años en volver a operar plenamente si sufren daños severos. Experiencias como la guerra de Irak o los ataques a infraestructuras en Ucrania evidencian lo complejo y costoso de estos procesos.
En paralelo, la tensión se traslada al plano diplomático. Irán ha catalogado como “objetivos legítimos” instalaciones energéticas en países del Golfo, mientras Qatar y Emiratos Árabes Unidos advierten sobre el riesgo para la seguridad energética mundial. La preocupación es especialmente alta en Doha, donde South Pars ha sido históricamente un puente de cooperación con Teherán.
Más allá del conflicto inmediato, lo que está en juego es el modelo económico y político de la región. En países como Arabia Saudí, la estabilidad interna depende en gran medida de los ingresos energéticos, clave para sostener el gasto público y los programas de diversificación impulsados por figuras como Mohammed bin Salman.
En este contexto, la guerra entra en una fase más peligrosa: una donde los ataques no solo buscan debilitar al adversario, sino alterar el suministro energético global. Y eso abre la puerta a una crisis de largo alcance, con efectos que podrían sentirse incluso después de que cesen las hostilidades.
