Especialistas de Pdvsa exiliados en Texas, escépticos con Venezuela: “Todavía no hay un cambio real”
Con 53 años, Arturo perdió el trabajo en el que había pasado la mitad de su vida. Era enero de 2003 y el entonces presidente Hugo Chávez había iniciado el despido masivo de empleados de PDVSA, la estatal petrolera venezolana. Más de 18.000 trabajadores quedaron fuera de la empresa de un día para otro.
Arturo, gerente ejecutivo de la unidad de exploración y líder del equipo técnico, se enteró por la prensa. “Nos despidieron y nos quitaron los beneficios, todos”, recuerda desde Houston, la ciudad donde vive hoy, a sus 76 años. Dos décadas después, ese mismo lugar que lo recibió tras el despido es ahora destino de los buques petroleros que Estados Unidos confisca a Venezuela y que podría recibir aún más crudo si, como ha prometido Donald Trump, el flujo se restablece como en los años de bonanza, reseña El País, de España.
El primero de esos buques, el Skipper, fue interceptado en diciembre pasado mientras transportaba 1,8 millones de barriles de crudo pesado. Fue llevado hasta las cercanías de Galveston, a unos 80 kilómetros de Houston, donde permanece bajo custodia. Sus más de 300 metros de eslora le impiden ingresar al puerto, por lo que permanece anclado mar adentro.
Tras ese operativo, otros tanqueros han sido perseguidos por la Administración de Donald Trump en su intento de frenar el transporte de crudo venezolano sancionado. El Centuries fue interceptado el 20 de diciembre en el Caribe. El Bella 1 fue seguido durante semanas en el Atlántico Norte y finalmente capturado en enero, luego de reclamar sin éxito protección rusa, como parte de la llamada flota fantasma que evade sanciones internacionales en altamar.
Arturo, quien pidió mantener en reserva su apellido, forma parte de los casi 20.000 venezolanos que trabajan en el sector energético de Houston, según estimaciones de Francisco Monaldi, director del Programa Latinoamericano de Energía del Instituto Baker de la Universidad Rice. De los cerca de 60.000 venezolanos que viven en el área metropolitana, “al menos un tercio tiene alguna vinculación con el petróleo”, afirma Monaldi. Añade que en compañías como Chevron, Shell y Exxon trabajan cientos de venezolanos, “muchos de ellos en posiciones altas”.
Los mismos profesionales que contribuyeron a construir una de las industrias petroleras más exitosas del mundo hoy trabajan en Houston, mientras observan cómo los buques confiscados arriban al mismo lugar al que ellos emigraron.
Arturo es ingeniero geólogo y trabajó 32 años en Pdvsa. Relata que sus jornadas eran “de 12 a 14 horas diarias, sábados y domingos incluidos”. Tras el despido, fundó su propia empresa junto a otros especialistas del sector y operaron en países como Colombia, Ecuador y Perú. Sin embargo, viajar desde Venezuela se volvió cada vez más complicado. “No nos permitían trabajar con ninguna empresa en Venezuela”, explica. En 2008 decidió abrir una oficina en Texas y emigrar con su familia.
Para Luis A. Pacheco, exdirector ejecutivo de Planificación Corporativa de PDVSA, el colapso del sector tiene causas internas. “Lo que destruyó la industria petrolera venezolana fue la falta de arreglos institucionales fuertes, la corrupción, las expropiaciones inadecuadas y el despido de miles de trabajadores”, sostiene. “La industria de hidrocarburos venezolana ha sido víctima de malas políticas durante dos décadas”.
Pacheco, de 75 años, también fue CEO de Bitor, filial de crudo extrapesado de la Faja del Orinoco, y hoy es investigador del Instituto Baker. Coincide con Monaldi en que las sanciones estadounidenses no fueron la causa principal del desplome. “PDVSA producía tres millones de barriles cuando Chávez llegó al poder”, recuerda Monaldi. “Para 2016, antes de las sanciones, producía apenas entre 600.000 y 700.000 barriles. Fue un colapso brutal”.
Cuando se impusieron las sanciones petroleras en 2019, la producción rondaba 1,3 millones de barriles diarios. Hoy se ubica cerca de un millón. “Son apenas 300.000 barriles menos que cuando comenzaron las sanciones”, subraya Monaldi.
Si miras cuánto producen Irán o Rusia, que llevan años sancionados, verás que mantienen industrias petroleras poderosas. Esa es la mejor respuesta”, afirma Pacheco. A su juicio, para recuperar el sector venezolano se necesitaría una inversión de 100.000 millones de dólares en una década para alcanzar 3,5 millones de barriles diarios, además de rehabilitar refinerías, la petroquímica, la remediación ambiental y parte del sistema eléctrico.
Esa misma cifra fue mencionada recientemente por Trump, quien aseguró que las mayores petroleras del mundo estarían dispuestas a reconstruir la industria venezolana. “Van a intervenir. Van a reconstruir toda la infraestructura petrolera. Van a gastar al menos 100.000 millones de dólares”, dijo.
Monaldi considera que ese escenario no es viable a corto plazo. “No es realista pensar que ese dinero llegará sin cambios profundos en el marco institucional, sin estabilidad política y sin consenso sobre la apertura del sector”, advierte. Pacheco es más tajante: “Bajo el régimen actual no es posible lograr los cambios necesarios. Si mañana hay un cambio político, puede que empiece, pero hoy no lo veo”.
Lo que sí podría ocurrir en el corto plazo son avances limitados. Monaldi los llama “mangos bajitos”. Chevron, con proyectos ya firmados y flujo propio, podría aumentar producción. Repsol “quizás también”. A eso se sumarían pequeños productores texanos dispuestos a invertir en campos de crudo convencional poco explotados por Pdvsa. “Entre Chevron, Repsol y estos proyectos se podrían sumar unos 400.000 o 500.000 barriles como máximo en los próximos dos años”, calcula.
Las grandes petroleras con sede en Houston, en cambio, se muestran cautelosas. ExxonMobil y ConocoPhillips fueron expropiadas durante el chavismo y exigen garantías antes de volver. “Nos han expropiado de Venezuela dos veces. Tendremos que ver cómo se ve la situación económica”, declaró en noviembre el CEO de Exxon, Darren Woods.
Chevron es la única petrolera estadounidense que nunca abandonó el país. Tras el arresto del presidente Nicolás Maduro, la empresa expresó su apoyo a “una transición pacífica y legal que promueva la estabilidad y la recuperación económica”.
Miguel Morales, un cubano de 59 años que trabaja desde hace ocho años en refinerías de Texas, señala que “la mayoría de los obreros del petróleo son latinos, principalmente mexicanos, pero también hay muchos cubanos y venezolanos”. Sobre la llegada de los buques confiscados, dice que fue “impactante por la capacidad de Estados Unidos para neutralizar el envío de combustible hacia Cuba y otros países”.
Las operaciones han seguido un patrón meticuloso. El Skipper navegaba rumbo a Cuba con bandera falsa de Guyana cuando fue interceptado el 10 de diciembre frente a costas venezolanas. Días después ocurrió lo mismo con el Centuries, que usaba bandera panameña. El Bella 1, rebautizado Marinera bajo bandera rusa, logró huir inicialmente, pero fue perseguido durante semanas hasta su captura. Otro buque, el Sophia, fue confiscado en el Caribe la semana pasada.
Actualmente, solo los barcos de Chevron, amparados por una licencia especial de Washington, operan con normalidad.
Para venezolanos como Arturo, la situación genera sentimientos encontrados. “Ver esos buques llegar aquí no me produce nada en particular”, confiesa. “Lo veo como un proceso de transición. Todavía no ha habido un cambio real. Con el arresto de Maduro habrá que ver si hay transformaciones de fondo en lo político, lo democrático y en el manejo de la industria”.
Arturo forma parte de la Venezuelan American Petroleum Association, que agrupa a unos 200 miembros. “El objetivo es mantener el conocimiento, la formación profesional y apoyar la reconstrucción de la industria”, explica. “Los venezolanos que llevamos años fuera nos hemos preparado para retomar ese rol si hay un cambio”. Aunque está dispuesto a colaborar, aclara que no se ve regresando a Venezuela para trabajar de forma operativa.
Hay muchísimos profesionales venezolanos con la edad y la experiencia para volver”, dice Pacheco. “Pero depende de su situación familiar y de cuán atractiva sea la oportunidad económica”. Monaldi coincide en que, con las condiciones adecuadas, “un buen porcentaje regresaría de forma temporal”, pero sin garantías “ni siquiera irían como expatriados”.
Para Miguel, la situación venezolana es un reflejo de lo que podría ocurrir en Cuba. “Con lo que está pasando y las expectativas de cambio, he pensado en volver a vivir en mi país”, admite, aunque descarta dejar definitivamente Texas. “Mantendré ambas nacionalidades mientras pueda”.
Estados Unidos siempre compró el petróleo venezolano a precio de mercado y no veo por qué ahora sería distinto”, opina Arturo. “Esto es un negocio. El petróleo no se recoge de los árboles. Las compañías extranjeras tienen que invertir”. Para que eso ocurra, insiste, se necesitan reglas claras, seguridad jurídica y transparencia.
“Yo imagino un país con inversión de empresas norteamericanas y quizá asiáticas”, concluye. “El petróleo siempre será un buen negocio si se maneja con reglas claras y transparentes”.
