Una bruja holandesa en Maracaibo
En general todos los marabinos conocen directa o indirectamente a alguien que practica o cree en actos de brujería. Todos, sin excepción, han oído hablar de esos personajes que dicen poder hacer una “limpieza” o leer el tabaco, los llamados espiritistas. Venezuela tiene un nexo real con lo esotérico (más de lo que me gustaría), debido en gran medida a la herencia cultural legada por africanos e indígenas.
En la casa de mi infancia, por ejemplo, una mañana mi familia encontró en una esquina del patio una bolsita de tela roja, rellena de misteriosas semillas y colocada con evidente intención en el vértice. Tenía un lacito negro, si la memoria no me falla. Mi papá, consciente de que en el barrio vivían un par de mujeres famosas por sus “trabajos” de brujería, tomó la bolsita con la mano izquierda y la enterró muy profundo, no sin antes rezar un Padre Nuestro. El barrio maracucho donde me crié, por cierto, fue conocido durante años como Isla de Brujas, antes de cambiar su nombre por el de una fecha histórica.
Historias como esa no eran excepcionales ni motivo de escándalo: formaban parte del paisaje cotidiano, de una manera de entender el mundo donde lo espiritual, lo mágico y lo religioso convivían sin contradicción.
La creencia en la magia y la hechicería es antiquísima, y su uso fue conocido en todos los países del mundo. Reconocidos expertos, analizando los antiguos papiros del British Museum, observaron que los hechizos y filtros diversos llenaban una parte considerable de estos manuscritos. La misteriosa ciencia mágica era usada en ceremonias para invocar la protección de los dioses sobre los faraones.
Esta confianza de las altas esferas del poder por el arte de hechizar se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. A mediados de los años 50, por ejemplo, la archiconocida hechicera holandesa Margaretha Hofmans visitó Maracaibo en dos oportunidades. Vino invitada de manera especial por altos personeros de la colonia holandesa, trabajadores de la empresa Shell que hacían vida en la ciudad, los mismos que construyeran para esa época la muy conocida Plaza Reina Guillermina, nombre puesto en honor a la primera y más querida de las soberanas holandesas.
La pitonisa, que afirmaba estar en contacto directo con Dios, era famosa entre otras cosas por haber intentado curar de su ceguera a la princesa Cristina, hija menor de la Reina Juliana de los Países Bajos, nieta de la mismísima Reina Guillermina (la misma de nuestra plaza), a quien la ciencia médica no había podido ayudar. Mientras atendía a la princesa, Hofmans empezó a ganar la confianza absoluta de la reina, no solo como sanadora espiritual, sino como consejera ideológica y moral, alentando en ella ideas pacifistas y oponiéndose abiertamente al rearme militar europeo y la participación de Holanda en la OTAN.
Según archivos desclasificados y testimonios posteriores, miembros del gobierno holandés y del servicio de inteligencia llegaron a considerar que Hofmans representaba un riesgo para la estabilidad del Estado, porque su influencia sobre la reina podía afectar decisiones estratégicas en plena Guerra Fría. Su alejamiento de la monarca, de hecho, se produjo tras un ultimátum emitido desde las más altas esferas del poder neerlandés.
Increíblemente, cuando en el Zulia se enteraron de las dos visitas realizadas, la prensa se dio a la tarea de publicar la noticia con lujo de detalles. Parece ser que para entonces cualquier persona o hecho que rozara lo paranormal era digno de ser mencionado en los diarios más importantes del país. Así pues, la visita de la bruja más popular de Europa no pasó desapercibida en Maracaibo y, si algo similar ocurriera hoy, cuesta creer que el revuelo sería menor.
