Editorial | Ni lacayos del Imperio ni vasallos de Cuba
El 19 de abril no es una efeméride para el recuerdo cómodo. Es una advertencia.
Aquel día, en 1810, no se produjo un simple relevo de autoridades. Se quebró un principio: el de obedecer sin cuestionar. Caracas desconoció al poder impuesto y abrió el camino hacia la primera forma de autogobierno. Fue el inicio de una ruptura histórica: la decisión de no ser más súbditos.
Ese es el verdadero legado. No la épica vacía. O el ritual escolar.
La convicción de que los venezolanos no nacimos para ser administrados desde afuera.
Dos siglos después, esa idea vuelve a estar sobre el tapete. Por más de 25 años, Venezuela fue sometida a un modelo que desmanteló las instituciones, anuló contrapesos y convirtió la disidencia en delito. Pero, sobre todo, instauró una dependencia política y estratégica que terminó por diluir la soberanía nacional en alianzas ajenas al interés del ciudadano.
Los regímenes de Cuba, con Fidel y Raúl Castro, Irán y Rusia, convirtieron nuestro territorio en jardín para sus negocios y más oscuros intereses. Venezuela dejó de decidir.
Y cuando un país deja de decidir, deja de ser República. Cuba tenía injerencia en todos los espacios de las instituciones del Estado, incluso en la propia seguridad personal de la pareja Maduro-Flores.
Hoy, en medio de un nuevo escenario político tras la caída de la cabeza que dominó ese ciclo en los últimos 12 años, emerge otro escenario que no puede ser ignorado. Valoramos el aporte histórico de la administración Trump en la extracción de la pareja presidencial no por ser ilegitimo su mandato sino por ser considerados narcoterroristas.
La tentación de reconstruir el país bajo esquemas de tutela externa, ahora con otro signo, otro idioma y otra bandera, con Donald Trump y su Doctrina Donroe, debe tener un limite.
La historia venezolana no es la de una sumisión reemplazada por otra. Es la de una lucha constante por afirmarse frente a cualquier forma de dominio. España ayer. Cuba después. Y ahora, el riesgo de una dependencia distinta, más sofisticada, pero no por ello menos problemática.
Porque la soberanía no admite matices.
No se es libre a medias.
No se es independiente bajo supervisión.
El país necesita reconstrucción, sí. Necesita inversión, estabilidad y reinstitucionalización. Pero ninguna de esas urgencias puede justificar la renuncia a decidir su propio destino.
Ese es el punto de quiebre.
El espíritu del 19 de abril sigue vigente no como nostalgia, sino como criterio. Como límite. Como recordatorio de que el poder solo es legítimo cuando nace de la voluntad interna y no de la imposición, venga de donde venga.
Hoy, las calles ya no son las de 1810, pero la tensión es la misma. Una sociedad golpeada, fragmentada, que aun así no ha renunciado a exigir condiciones de vida dignas, libertades reales y un sistema que no castigue el pensamiento distinto.
Ahí está la clave. La independencia no fue un evento, pero sigue siendo una tarea pendiente.
Y en este momento bisagra, donde todo parece reconfigurarse, conviene decirlo sin ambigüedades:
Venezuela necesita que se cumpla con la Constitución Nacional. Necesita hacer valer cada línea y hacer respetar su soberanía.
Porque si algo enseñó aquel Cabildo es que los pueblos que aceptan ser dirigidos desde afuera, porque tarde o temprano terminan perdiéndose a sí mismos.
Ni ayer con imperios.
Ni después con ideologías importadas.
Ni ahora con nuevas formas de influencia.
Venezuela, si quiere ser fiel a su historia, no puede volver a arrodillarse.
Carlos Alaimo / Presidente-Editor
