El diario plural del Zulia

Editorial | La visión de Trump que desafía el espíritu de EE. UU.

Era 5 de junio de 1947. El secretario de Estado de los EE. UU., George Marshall, subió al podio en Harvard y propuso algo completamente inesperado en plena postguerra: que el vencedor financiara la reconstrucción del vencido.

Trece mil millones de dólares — unos 180.000 millones actuales — cruzaron el Atlántico para levantar fábricas, reconstruir puertos, alimentar poblaciones al borde del colapso. Aquella gestión quedó plasmada en los libros de historia como uno de los eventos financieros más importantes, era el Plan Marshall.

No fue caridad, semejante cifra obviamente tendría repercusiones. Se trataba de la apuesta estratégica más rentable del siglo XX.

Europa reconstruida significaba mercados abiertos, aliados estables y un cordón de democracias que contendría al comunismo soviético sin disparar un solo tiro adicional. Y vaya que funcionó cuando los dos polos se embarcaron en las tensiones de la Guerra Fría.

Al día de hoy Europa sigue siendo dique, con matices, pero un muro al fin contra el avance del comunismo demoledor de derechos humanos y destructor de economías.

Casi ocho décadas después, Washington opera con una lógica exactamente inversa.

En 2025, la administración Trump asumió que los aranceles serían un arma disparada desde los micrófonos y que hacía doblegar a países en todo el globo.

Y Trump, que es muy de vender victorias, activó su metralla incluyendo como objetivo a China con aranceles ridículos que debió luego reajustar. Los mercados se pusieron en rojo, las empresas se resintieron y las élites de norteamérica dieron el campanazo de la deriva de la Sala Oval.

Pero el tema es que supo que tenía un arma y la sabía manejar para negociar a favor. Reinstauró aranceles del 25% sobre el acero, el aluminio y los automóviles europeos.

En mayo de 2026 amenazó con elevarlos aún más si Bruselas no ratificaba un acuerdo comercial antes del 4 de julio.

La Unión Europea, que durante décadas fue descrita por los propios arquitectos de la política exterior americana como "criatura esencial" de su visión de posguerra, pasó a ser calificada por Trump como un competidor desleal y, en sus propias palabras, "un enemigo", palabras mayores para un bloque democrático que ha podido apretar a fondo a Trump si lo hubiese querido. Afortunadamente la política europea sabe jugar muy bien a la diplomacia de precisión.

El tipo arancelario efectivo estadounidense se ha multiplicado por ocho en cuatro años: del 1,5% en 2022 al 11,8% en 2026, según la Tax Foundation.

Pero el comercio no es el único frente que decidió abrir Trump.

En octubre de 2025, el Pentágono retiró permanentemente mil soldados de Rumanía, en el flanco oriental de la OTAN. En mayo de 2026, anunció la salida de otros cinco mil de Alemania y canceló el despliegue del sistema hipersónico Dark Eagle en suelo europeo.

El secretario de Defensa, el mediático, Pete Hegseth declaró que Estados Unidos avanzaba "rápida e irreversiblemente" hacia un escenario donde Europa asumiera "la responsabilidad primaria de su propia defensa convencional".

Y sí, ciertamente Europa se había quedado rezagada con su propia defensa y debió reaccionar a las malas. La OTAN flaquea y Putin no deja de arremeter contra una Ucrania que sigue sirviendo de escudo para Europa.

La amenaza de una reestructuración de fuerzas norteamericanas de la OTAN es una política de repliegue clara, y en este sentido sí tiene argumento. Durante dos décadas, Alemania — la mayor economía del continente — gastó menos del 1,5% de su PIB en defensa, muy por debajo del 2% comprometido en 2014.

Francia y España tampoco cumplieron de forma consistente. Estados Unidos, con un presupuesto militar de 980.000 millones de dólares, carga con el 66% del gasto total de la Alianza.

La exigencia de mayor contribución europea no es un capricho trumpista: es una deuda acumulada que gobiernos de ambos partidos han reclamado, desde Kennedy hasta Obama.

Trump quiere vender su éxito como Sheriff global, el que pone las cosas en orden, y obviamente puso a correr a Europa.

Hay una cuestión de fondo, y es que a Trump no le importaría desmantelar una alianza militar de contención ante la amenaza rusa, iraní o de otra índole, con tal de vender su éxito como tutelador.

Ya hemos visto que el presidente de EE. UU. no escatima en dar libertad a sus impulsos.

Pero es que esa política aplanadora la ha instaurado en el propio hemisferio americano con amenazas de anexión a Canadá, con amagos de aplastar la economía de México con aranceles asesinos y la operación más nefasta contra la migración al activar el terror del ICE que ahora deporta a ciudadanos incluso a África.

Como perla de esa política caótica tenemos el sostenimiento de un régimen ilegítimo en Venezuela pese a sus promesas de acabarlo de raíz. Hoy vuelve a fracturar los valores de la defensa de la libertades expresada en la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica condenando a un país a seguir viviendo bajo la represión (El reciente informe de la ONU sobre el aparato represivo en Venezuela es demoledor y lo salpica), apropiándose groseramente de sus recursos naturales y administrándolos con total opacidad.

El Washington Post editorializó que este pacto "arriesga consolidar a las mismas personas y políticas que hundieron la economía venezolana". La propia Casa Blanca justificó la operación invocando la Doctrina Monroe: no para llevar democracia, sino para asegurar "dominio energético americano" y desplazar a empresas rusas y chinas.

Se trata de imperialismo de manual, pero esta vez todo se concentra en fabricar “acuerdos históricos” en lo económico para ensalzar a Trump como el gran negociador mundial capaz de doblegar a todos en favor de su bandera del Make America Great Again, pero con el objetivo ulterior de torpedear incluso la propia democracia que lo llevó al poder. Ya lo hizo una vez, y no dudamos que el plan continúa.

Escuchar a Steve Bannon, su incondicional asesor, da muestras de la pretensión: “tiene una misión divina” ha dicho y, asegura que irá por un tercer mandato en 2028.

Chávez también decía que su misión era terminar de pintar el lienzo de Venezuela.

Carlos Alaimo
Presidente Editor.

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