Editorial: Escasez de palos de golf en medio de un maratón de apagones
Venezuela tiene problemas. Muchos. Falta electricidad. Falta agua. Falta inversión real. Falta confianza. Falta infraestructura. Falta futuro.
Pero esta semana, en los medios de comunicación del planeta, trascendió un problema mucho más urgente para quienes llegaron a hacer negocios con el petróleo venezolano: faltan palos de golf.
Sí. Palos de golf.
Mientras millones de venezolanos padecen un sistema eléctrico que se cae a pedazos y generan protestas en decenas de estados del país donde el servicio falta al día por hasta 12 horas, en Caracas, un grupo de alfiles que entregó la soberanía para salvarse el pellejo, se movilizó para garantizar que los ejecutivos petroleros pudieran disfrutar de un torneo en el exclusivo Caracas Country Club.
Los organizadores tuvieron que recorrer clubes y tiendas, pedir equipos prestados y comprar otros de emergencia porque no había suficientes palos para los visitantes.
Hay que reconocerlo. Venezuela puede convertirse en una potencia mundial. Al menos en la tarea de conseguir un hierro 7.
Suponemos que ya algunos enchufados le están entrando al negocio y comenzaron a importar palos de golf.
La escena sería una caricatura si no ocurriera en un país donde recientes estudios de la Universidad Andrés Bello advierten que 40% de la energía generada no llega a los usuarios por fallas estructurales del sistema eléctrico. Un país en el que las madres lloran por el impacto del calor de sus hijos durante los apagones. Un país que quiere superar obstáculos para salvarse a sí mismo.
Ese es el país que recibe a la nueva legión petrolera.
Una Venezuela con una élite internacional jugando golf en Caracas, con entradas agotadas para una cumbre cuyo boleto llegó a costar US$2.950 y cientos de ejecutivos buscando oportunidades en una industria que necesita reconstruir su infraestructura básica.
Y una Venezuela paralela, la de la gente común, que necesita algo mucho menos sofisticado que un palo de golf: que cuando llegue la noche pueda encender la luz. Que su trabajo represente un salario digno.
La ironía alcanza niveles obscenos cuando uno recuerda quiénes hicieron negocios extraordinarios precisamente alrededor de aquella vieja emergencia eléctrica.
Alejandro Betancourt, quizás el principal guía del tour petrolero, se exhibe como brazo ejecutor del tutelaje. Pero los venezolanos sabemos cuál es su cuota de responsabilidad en la crisis.
Su empresa, Derwick Associates, recibió contratos por más de US$5.000 millones entre 2009 y 2011 para proyectos eléctricos.
Transparencia Venezuela calculó que 11 proyectos, valorados en teoría en US$2.100 millones, terminaron costando US$5.000 millones.
Años después, la oscuridad sigue siendo patrimonio de los venezolanos. Y Betancourt aparece ahora en el nuevo tablero petrolero venezolano, convertido en una figura relevante alrededor de NABEP y de la estrategia de inversión que impulsa Washington. Investigaciones recientes desmontan pesquisas judiciales en Europa relacionadas con su actividad empresarial. Qué extraordinaria capacidad tiene Venezuela para reciclar operadores de nuestra tragedia.
Y mientras tanto, Delcy Rodríguez, sonríe para las cámaras, y culpa de los cortes a las altas temperaturas sobre Venezuela. Pide a la gente, con el alma destruida, encender menos su aire acondicionado para ahorrar megawatts. Luego, voltea, resalta lo bien que le va bajo el ala de Trump y habla de atraer inversiones y recuperar la industria petrolera.
Y sí, Venezuela necesita inversión. Necesita producir, reconstruir. Necesita capital, tecnología y empresas capaces de levantar una economía devastada.
Pero una nación no se reconstruye solamente con contratos petroleros, fotografías diplomáticas y torneos de golf.
Mucho menos si el ciudadano común pagando una factura de décadas de corrupción, improvisación y destrucción institucional.
Porque mientras unos discuten cuál palo usar para el próximo hoyo, otros calculan cuántas horas más tendrán que soportar sin electricidad.
Ese es el verdadero hoyo de Venezuela.
Y en ese hoyo no juega la élite.
Caen los venezolanos. Todos los días.
Carlos Alaimo / Presidente Editor
