El diario plural del Zulia

Editorial | El mundo atraviesa un peligroso vacío de estadistas

La crisis del liderazgo mundial no es solamente política. Es, fundamentalmente, una crisis de visión de Estado, de principios y de responsabilidad histórica.

El siglo XX, marcado por dos guerras mundiales, la confrontación de las grandes ideologías y profundas transformaciones económicas y sociales, contó con dirigentes que, más allá de sus diferencias doctrinarias, comprendieron que gobernar una nación significaba mucho más que conquistar el poder o administrar sus recursos.

Fueron hombres y mujeres capaces de interpretar su tiempo, enfrentar circunstancias extraordinarias y construir instituciones destinadas a perdurar más allá de sus propios mandatos.

Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt desempeñaron papeles fundamentales en la alianza que derrotó al nazismo y al fascismo durante la Segunda Guerra Mundial. Charles de Gaulle representó la resistencia francesa y posteriormente impulsó una nueva arquitectura institucional para Francia. Harry Truman y George Marshall contribuyeron decisivamente a la reconstrucción de una Europa devastada por la guerra.

Pero la verdadera grandeza de aquella generación no estuvo únicamente en ganar una guerra, sino en comprender que también era necesario construir una paz duradera.

Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Robert Schuman y Jean Monnet impulsaron la reconciliación europea y sentaron las bases de un proyecto de integración que transformó para siempre las relaciones entre naciones que durante siglos habían sido enemigas.

Posteriormente, Helmut Kohl y François Mitterrand profundizaron esa integración, mientras Willy Brandt abrió caminos de entendimiento entre el Este y el Oeste mediante una diplomacia que privilegió el diálogo frente a la confrontación permanente.

El mundo también conoció liderazgos como Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, protagonistas, desde posiciones profundamente diferentes, de transformaciones que marcaron el desenlace de la Guerra Fría.

El eurocomunismo, representado por dirigentes como Enrico Berlinguer y Santiago Carrillo, abrió una ruptura ideológica con la ortodoxia soviética desde Europa occidental. Posteriormente, las reformas de Gorbachov y los movimientos democráticos de Europa oriental contribuyeron al derrumbe del bloque comunista europeo. En China, tras la muerte de Mao Tse-tung, Deng Xiaoping emprendió profundas reformas económicas que modificaron el rumbo del país.

También desde otras experiencias históricas surgieron figuras como Nelson Mandela, que convirtió la reconciliación nacional en una herramienta para superar el apartheid; Adolfo Suárez, protagonista de la transición democrática española; Felipe González, que gobernó durante una etapa decisiva de modernización de España; y Pierre Elliott Trudeau, cuya trayectoria estuvo vinculada a la transformación institucional de Canadá.

América Latina también tuvo referentes. Rómulo Betancourt comprendió la necesidad de institucionalizar la democracia venezolana y defender la legitimidad de los gobiernos surgidos de la voluntad popular.

Aquellos liderazgos no fueron perfectos ni estuvieron exentos de errores, contradicciones o controversias. Sin embargo, sus trayectorias permiten reconocer una característica fundamental del estadista: la capacidad de pensar en las próximas generaciones y no solamente en las próximas elecciones.

Angela Merkel, cuya cancillería transcurrió ya en el siglo XXI, representó una continuidad de aquella tradición de liderazgo europeo basada en la negociación, la estabilidad institucional y la búsqueda de consensos.

¿Dónde están hoy los dirigentes de esa dimensión histórica?

Buena parte de la política contemporánea parece haber sustituido la profundidad doctrinaria por el cálculo inmediato, el debate de ideas por la confrontación personal y los proyectos nacionales por estrategias de supervivencia electoral.

Donald Trump representa, desde esta perspectiva editorial, una de las expresiones más evidentes de esa transformación. Su formación empresarial y su manera de entender las relaciones internacionales proyectan una visión predominantemente transaccional del poder: inversiones, recursos, negociaciones y beneficios.

Pero una nación no es una empresa, sus ciudadanos no son mercancías y su soberanía no puede administrarse como una operación comercial.

Venezuela constituye un ejemplo especialmente sensible de esta discusión. La relación entre Washington y la administración encabezada por Delcy Rodríguez plantea interrogantes sobre el peso de los intereses energéticos y económicos frente a la necesidad de una transición democrática legítima.

La reconstrucción venezolana no puede reducirse a acuerdos petroleros ni a entendimientos financieros. Necesita instituciones independientes, garantías constitucionales, respeto a los derechos ciudadanos y un cronograma electoral transparente.

En Europa, la comparación entre Emmanuel Macron y la dimensión histórica de Charles de Gaulle refleja las dificultades de los liderazgos actuales para construir proyectos nacionales con vocación de permanencia.

En España, la confrontación política bajo el gobierno de Pedro Sánchez plantea preguntas sobre la capacidad de recuperar una cultura de grandes acuerdos semejante a la que hizo posible la transición democrática. El ascenso de movimientos como el encabezado por Beppe Grillo y el Movimiento Cinco Estrellas en Italia también evidenció cómo el desencanto ciudadano puede abrir paso a nuevas formas de populismo y protesta contra las instituciones tradicionales.

Esto no significa que todos los dirigentes contemporáneos sean iguales ni que sus políticas puedan juzgarse bajo un único criterio.

En Italia, Giorgia Meloni ha adquirido una creciente presencia en el escenario europeo. A juicio de esta línea editorial, su defensa de una identidad política definida y su proyección internacional merecen ser examinadas dentro de la tradición de liderazgos de carácter que representaron Margaret Thatcher y, desde una perspectiva política distinta, Angela Merkel. La historia determinará el alcance de ese legado.

La política necesita recuperar algo esencial: el valor de las convicciones, la formación doctrinaria y el compromiso institucional.

Venezuela, particularmente, necesita comprender esta lección.

María Corina Machado enfrenta el desafío de sostener con firmeza sus exigencias democráticas frente al poder encabezado por Delcy Rodríguez y, al mismo tiempo, actuar con inteligencia diplomática ante la administración de Donald Trump.

La firmeza en los principios no debe confundirse con la confrontación innecesaria, ni la diplomacia con la renuncia a las convicciones.

Su reto consiste en defender la soberanía venezolana, promover la recuperación de las instituciones y contribuir a que cualquier transición conduzca a elecciones libres, con un Consejo Nacional Electoral independiente, transparente y confiable.

La recuperación de Venezuela no puede depender exclusivamente de la voluntad de una potencia extranjera. Debe sustentarse en el derecho de los venezolanos a decidir su propio destino.

El gran problema de nuestro tiempo no es la desaparición de las ideologías, sino su sustitución por un pragmatismo sin principios; no es la ausencia de gobernantes, sino la escasez de estadistas.

Cuando la política deja de ser una vocación de servicio para convertirse únicamente en un mecanismo de poder, prosperan la improvisación, el populismo, la mediocridad y la corrupción.

El siglo XX demostró que, incluso después de las mayores tragedias, era posible reconstruir naciones mediante instituciones, acuerdos y liderazgos con visión histórica.

El siglo XXI tiene ante sí el desafío de recuperar esa capacidad.

Porque los políticos administran el presente, pero los estadistas construyen el futuro.

Carlos Alaimo
Presidente - Editor
Madrid, 25 de Octubre, 2026

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