Antonio Pérez Esclarín | Educar en y para la solidaridad
En este comienzo de un nuevo año escolar, y dada la difícil situación en que seguimos en Venezuela, es urgente que promovamos la solidaridad en todos los niveles y sistemas educativos.. Educar en y para la solidaridad supone despertar la responsabilidad, la compasión y el sentido de justicia. En palabras de San Juan Pablo II, “la solidaridad es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos responsables de todos”. La solidaridad verdadera nos libera de la demagogia y la retórica, de la ambición y el egoísmo, del afán de poder y de tener. El dinamismo de la solidaridad comienza cuando el otro deja de ser extraño y entra a formar parte de nuestra vida, de nuestros sentimientos, preocupaciones y ocupaciones. Tenemos que empezar a sentir el dolor de los que perdieron a familiares y hogares en los recientes terremotos como nuestro propio dolor; el hambre de los que buscan restos de comida en los basureros, como nuestra propia hambre; sufrir con la desesperanza y angustia de los que han perdido la ilusión de vivir; hacer nuestra la desesperación e impotencia de los que no les alcanza el dinero para comprar comida y medicinas; la soledad de tantos niños sin padres, sin escuela y sin futuro y de los millones de ancianos que, después de una vida de trabajo, reciben una pensión que no les alcanza para nada. El compartir el sufrimiento de las víctimas nos debe impulsar a trabajar con energía y entusiasmo por superar los problemas de la injusticia, la violencia, la miseria y la desesperanza. Solo cuando las personas aprenden a ver, sentir, y sufrir por los demás, podemos hablar de una educación que empieza a transformar vidas. La ausencia de esa capacidad de encuentro profundo con los semejantes no sólo es reflejo de una educación distorsionada, sino que es también la causa de que la sociedad siga sin desarrollar una auténtica cultura de derechos humanos.
Educar en y para la solidaridad implica trabajar para establecer un país y un mundo donde se respeten los derechos humanos y todos podamos vivir con dignidad. Por ello, exige no sólo ponernos al lado de los que sufren cualquier injusticia, discriminación o maltrato, sino también en contra de quienes excluyen y oprimen, o acaparan y derrochan los bienes públicos que pertenecen a todos.
Educar en y para la solidaridad va a exigir también educar en y para la austeridad, la sencillez, el compartir y el adecuado aprovechamiento de los recursos, para que comprendamos que nuestro planeta tierra no aguanta tanta destrucción, y que el desarrollo depredador y egoísta no es sustentable.
Si queremos educar en y para la solidaridad y no meramente hablar de ella y proclamarla, los educadores debemos organizar las aulas y centros educativos como espacios en los que se viva la solidaridad. Esto exige combatir la cultura del individualismo, donde se enseña a competir más que a compartir y donde cada alumno busca su éxito particular sin importarle el fracaso de los demás, y fomentar el servicio, la cooperación, y la ayuda especial a los alumnos más necesitados. Sólo si logramos que todos los alumnos se involucren en los aprendizajes de todos y sean capaces de aportar su colaboración y tiempo en beneficio de los más necesitados o con mayores dificultades, estaremos educando en y para la solidaridad. En educación no debe haber lugar ni para los solitarios ni para los insolidarios que viven de espaldas a las necesidades de los otros.
En estos tiempos de escasez y penurias, educar en y para la solidaridad supone, también, revisar las exigencias de uniformes y útiles, las tareas para que no supongan gastos innecesarios y tratar de garantizar a todos los alimentos y recursos imprescindibles para posibilitar el aprendizaje. Y exige también trabajar para que en los centros educativos se viva un ambiente de inclusión, respeto, alegría y seguridad.
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