El diario plural del Zulia

Karina Sainz Borgo | Locos guiando a ciegos

Shakespeare comprendió como pocos la naturaleza del poder y la ceguera a la que conduce el deseo de conquistarlo o conservarlo. Otelo cree las mentiras de Yago y asesina a Desdémona; Macbeth interpreta las profecías según su ambición; Julio César desoye las advertencias sobre su asesinato; Leontes, en 'El cuento de invierno', convierte sus celos en una condena contra su esposa. Ricardo III, en cambio, conoce el valor político de la ceguera ajena: engaña, manipula y enfrenta a quienes se interponen entre él y el trono. En 'El rey Lear', un monarca entrega su reino a sus dos hijas mayores, Goneril y Regan, que lo adulan, y repudia a Cordelia, la única que le habla con franqueza. La misma ceguera condena al conde de Gloucester, que cree las mentiras de uno de sus hijos y repudia al otro, que le es fiel. Por ayudar a Lear, es acusado de traición. Le arrancan los ojos y lo expulsan del castillo. Cuando un viejo servidor le advierte que el mendigo que habrá de guiarlo está loco, Gloucester responde con amarga resignación: «La plaga de este tiempo: locos guiando a ciegos». Ignora que aquel supuesto loco es Edgar, su propio hijo.

Hay una diferencia entre quien se niega a ver y aquel que necesita que los demás permanezcan ciegos. Shakespeare conocía ambas formas de extravío. La primera nace del miedo, los celos o la ambición. La segunda convierte la mentira en un instrumento de poder. La ceguera voluntaria consiste en escoger los hechos que deseamos ver y apartar aquellos que contradicen nuestras convicciones. Pero también en permitir que otros decidan qué merece nuestra atención. A lo ocurrido con Maricarmen Abascal –su desahucio, muerte y posterior martirio– lo recorre la vehemencia de los asuntos binarios. Interpretar su fallecimiento, a los 87 años y tras una inmensa agitación, como consecuencia natural y directa de la acción burocrática desactiva la racionalidad del debate y hace posible que una administración que apenas ha construido 3.400 viviendas de las 180.000 que prometió no solo eluda su responsabilidad, sino que la diluya en una convocatoria a elecciones que han acabado planteándose como un plebiscito.

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