Ramón Guillermo Aveledo | En vez de prejuicio, juicio
Venezuela necesita que recuperemos la capacidad de dialogar, reconociéndonos mutuamente en medio de las naturales diferencias de perspectiva, propias de la pluralidad de opiniones, intereses, edades, regiones, sectores y actividades que son parte de la realidad social y que la Constitución reconoce con claridad nítida que no ha sido metabolizada por los órganos del poder público en estas casi tres décadas y que factores diversos, subrayo los políticos y los comunicacionales, han hecho que desaparezcan del debate social.
Hemos sido una sociedad de monólogos simultáneos, donde no escuchamos otra voz que la propia y por lo mismo negamos razón e incluso legitimidad a todo parecer distinto al propio.
Con base en una idea viejísima de esencia totalitaria, desde diciembre de 1998 el poder inauguró una noción que rompió con las tradiciones de convivencia plural que habíamos ido aprendiendo, a base de ensayo y error y a la que nos fuimos acostumbrando en el período democrático que tuvo antecedentes frustrados pero útiles en el postgomecismo 1936-1945 y el trienio octubrista, valorados con la dura pedagogía dictatorial del decenio militarista que mostró el alto precio de ciertos errores.
La superstición ideológica imperante confundió la Patria con el Estado, al Estado con el gobierno, al gobierno con el partido y al partido con el líder, en su fase carismática y en la sucesiva fase burocrática con sus dirigentes. Eso nos convertía sencillamente en apátridas a todos los demás: políticos y medios de comunicación, empresarios y sindicalistas, universidades y gremios profesionales, organizaciones sociales y movimientos vecinales. Todo lo que no fuera del gigantesco aparato de la “revolución” era “oposición”, lo que no fuera sincera u obligatoriamente “amigo” era “enemigo”. Por eso decimos que es una superstición, por creencia contraria a la razón o fe desmedida en una idea. Y eso, admitámoslo, es contagioso.
Este 2026 ha sido el tiempo de la renuncia, como en los versos de Andrés Eloy, “el viaje de regreso del sueño” y todos, empezando por los que mandan, pero todos, tenemos que ir acostumbrándonos a las realidades que no siempre nos gustan. Está costando.
Uno de los datos de estas casi tres décadas es que el poder sustituyera con su discurso y su propaganda al conocimiento, una de cuyas concreciones más inverosímiles es su pleito con el mundo académico y universitario que no le ha sido dócil, nunca lo es. Oídos sordos para toda voz que no sea del coro.
La semana pasada tuve ocasión de escuchar mensajes desde dos centros del conocimiento venezolano diferentes entre sí, porque el país es así, diverso. Bien haríamos todos, empezando por quienes están en el poder, en prestar atención a los conceptos allí expresados y las verdades allí dichas.
En el IESA, fue la ceremonia de incorporación a la Academia de Ciencias Económicas de Michael Penfold, antiguo profesor de esa casa y actual docente de Economía Política en la UNIMET, cuyo trabajo de incorporación fue La Transición Económica del Puntofijismo. Petróleo, Política Fiscal y Crisis Financiera 1958-1973, con acento en la estrategia nacional para atender la crisis económica y fiscal tras el fin de la dictadura, entre 1958 y 1963, cuyos actores fueron el ministro de Hacienda Andrés Germán Otero y el Presidente del BCV Alfredo Machado Gómez, en el contexto político del Pacto de Puntofijo en la Presidencia de Betancourt. El tema: la responsabilidad del liderazgo del naciente sistema democrático para tomar medidas valientes, sensatas que permitieran al país salvar una situación muy grave en momentos de inestabilidad y conflictos. A la altura de las circunstancias, como era de esperarse, la contestación la hizo el académico Pedro Palma, profesor emérito del IESA quien completó la comprensión del cuadro y añadió detalles sobre el académico a quien Penfold releva, servidor público distinguido con protagonismo en esos años, mi paisano Carlos Rafael Silva.
Imposible no recordar el libro de Foxley sobre la transición económica chilena postpinochet, sobre “la calidad de la política”.
En la UCAB, la lección inaugural de la Facultad de Derecho la dictó Carlos Ayala Corao, uno de los juristas venezolanos más importantes de nuestro tiempo, profesor en la casa de Montalbán y en la de Georgetown en Washington. Su disertación “La independencia Judicial como poder y derecho”, no podía ser más oportuna cuando en circunstancias tan singulares y desafiantes, Venezuela busca una elección creíble y justa para todos de un nuevo Tribunal Supremo que marque el camino para la indispensable reforma del Poder Judicial que ponga nuestra judicatura a derecho con nuestra Constitución y al servicio del derecho a la justicia de los venezolanos.
Supo Ayala entretejer doctrina con realidad para mostrarnos un camino a la justicia.
En vez de prejuicio, juicio. Estudiar, pensar, cotejar las reflexiones con la realidad para construir entre todos una realidad nueva y esperanzadora, es el mandato de la historia y la exigencia del porvenir.
