Nacho Montes de Oca | Ormuz: todo cambió, pero sigue igual
El frágil alivio que Washington intentó imponer en Ormuz se desmorona. Hace seis semanas, la Casa Blanca presentó un estrecho “libre de minas”, con escolta naval estadounidense y más tráfico, como antesala de la normalización. Hoy, la columna de humo de un superpetrolero rompe ese relato.
La explosión del sábado 10 de octubre aún no tiene una causa establecida de manera independiente. Irán afirmó que el buque chocó con una mina; UKMTO informó que recibió un proyectil desconocido en babor. La tripulación quedó a salvo, pero no había una evaluación pública de daños ni del impacto ambiental.
El episodio confirma que la navegación sigue expuesta, sin importar el medio usado para el ataque. Es por eso que el impacto ya es global. El Brent sigue por encima de los 100 dólares por barril y acumula una suba de más del 100% en el año, según la serie de mercado recopilada por Datosmacro. Aunque después volvió a acercarse a los 100 dólares, el retroceso no implica calma: refleja un mercado volátil que combina menos demanda china, liberación de reservas y un riesgo de suministro todavía extremo.
La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, advirtió el 7 de octubre que, aun si el conflicto termina pronto, los futuros del Brent descuentan precios altos hasta 2027. El déficit mundial de refinación llevó los márgenes a niveles extraordinarios y el diésel y otros combustibles a máximos históricos.
El FMI sumó otro riesgo: Asia y Europa siguen expuestas a cortes de gas natural licuado mientras Ormuz no recupere una navegación segura. El gas y el crudo son usados para refinar y producir combustible, los refinadores fueron tocados en la línea de flotación.
El 25 de agosto, Trump escribió en Truth Social: “Acabo de ser informado por la Armada de Estados Unidos de que todas las minas han sido retiradas y/o detonadas de las aguas internacionales del estrecho de Ormuz”.
Tres días después, el comandante del CENTCOM, almirante Brad Cooper, lo ratificó: “Hemos limpiado con éxito las minas marinas en las rutas de navegación internacionales del estrecho que fueron colocadas por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán”. Cooper reconoció que la operación fue “desafiante y peligrosa, por decir lo mínimo”, pero aseguró que cumplieron la tarea.
La explosión convirtió esas declaraciones en un problema. Informes citados por Bloomberg indicaban que aliados de Washington creían que aún quedaban minas: la operación habría avanzado, pero no eliminado las entre 80 y 150 sembradas por Irán. Funcionarios estadounidenses rechazaban esa estimación, ahora debilitada junto con la idea de una ruta segura por la costa omaní bajo escolta armada de Estados Unidos.
La Guardia Revolucionaria dijo que el buque podía transportar unos 2 millones de barriles y que navegaba con sus sistemas de localización apagados por una ruta que Teherán considera no autorizada. La fuerza iraní advirtió que “un incendio de grandes proporciones” será el destino de quienes ignoren sus reglas. Horas después, Emiratos Árabes Unidos informó que había rescatado a 22 tripulantes de un petrolero incendiado en el golfo Pérsico y que todos estaban estables, aunque no estableció un vínculo entre ambos hechos.
Un día antes, Irán había reivindicado otro ataque contra el transportador de gas licuado NV Sunshine.
El tránsito confirma el colapso. El martes 6 de octubre cruzaron solo siete buques de carga, el mínimo desde el 23 de julio, según Kpler. El miércoles fueron diez, muy por debajo de los más de veinte del domingo y el lunes. LSEG contó ocho el martes: cinco petroleros y el gasero Al Mafyar, cargado en Ras Laffan, Qatar, rumbo a Port Qasim, Pakistán.
Antes de la guerra iniciada el 28 de febrero pasaban unos 125 buques comerciales diarios.
Los analistas de Kpler Emmanuel Belostrino y Yui Torikata escribieron el 6 de octubre que el flujo de petróleo cayó un 27% desde el máximo de la guerra: 10,1 millones de barriles diarios, el 74% del nivel previo. La baja respondió sobre todo al derrumbe de las transferencias entre barcos en el Golfo de Omán. El cálculo excluye a los buques con el AIS apagado, una práctica cada vez más común para evitar su detección.
Las cifras también forman parte de la disputa. Irán suele minimizar el tránsito autorizado y Washington difunde conteos más altos para mostrar que el bloqueo pierde eficacia. Por eso conviene mirar los datos privados y el precio: ambos indican una recuperación parcial, no una normalización. Además, los registros subestiman a los buques que apagan el AIS para evitar ser detectados.
La mina del sábado no fue el único frente. El anuncio iraní del viernes 9 de octubre, a través de la agencia Tasnim, fue inequívoco: “A partir de ahora, el tratamiento de los buques infractores no se limitará al estrecho de Ormuz, y cualquier embarcación que pase por un paso no autorizado será perseguida en toda la región y su castigo será definitivo”.
Entre el 28 de septiembre y el 5 de octubre hubo al menos doce agresiones contra mercantes, el máximo semanal del año. En la más reciente, proyectiles alcanzaron un petrolero 51 millas náuticas al norte de Madinat ash Shamal, Qatar, con víctimas reportadas por UKMTO. Antes se incendió el Dhalgout, de bandera de Islas Marshall, a unos 40 kilómetros de Fujairah, y el químico Acers, de Antigua y Barbuda, recibió “múltiples proyectiles” en la misma zona. El sistema FIRMS de la NASA confirmó el siniestro.
El mensaje es claro: el santuario del Golfo de Omán ya no está a salvo. Vitol advirtió que una interrupción de los transbordos cerca del estrecho podría llevar el precio del petróleo hasta los 200 dólares por barril. “El estrecho de Ormuz está cerrado y las fuerzas armadas de la República Islámica de Irán tienen el control total sobre él”, declaró un portavoz de la IRGC a Fars.
Irán anunció además que restringiría todavía más el paso, bloqueando por completo la ruta que bordea la costa de Omán por donde hoy pasa el 80% del tráfico bajo cobertura militar de los EEUU. Irán sabe que está perdiendo los ingresos por el cobro de peajes y eso podría estimular mas ataques. Ahora recurre a ampliar la zona de amenaza y escala el espacio de riesgo a las zonas usadas para trasbordar crudo y evitar el paso por Ormuz.
Los capitanes de los buques que se aventuran a cruzar Ormuz perciben salarios cercanos a los 100.000 dólares al mes, además de una bonificación de 50.000 dólares por viaje, según el Financial Times. Antes de la guerra, lo normal era cobrar unos 15.000 dólares mensuales.
La respuesta de Washington sigue siendo contradictoria. El 8 de octubre, Trump prometió que Estados Unidos no atacará a Irán antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre y dijo que las conversaciones eran “productivas”. Al mismo tiempo, sostuvo que el bloqueo seguiría “en plena fuerza” y repitió que Teherán no tendrá un arma nuclear.
El mensaje chocó con la planificación militar. The Atlantic informó que la Casa Blanca pidió opciones de ataque antes de los comicios. The New York Times agregó que el Pentágono estudia una campaña de unos tres días contra arsenales de misiles y drones, centros de mando e instalaciones energéticas. Pronto habría tres portaaviones estadounidenses en Oriente Medio, aunque Trump rechazó cinco propuestas previas de gran escala. Planificar no equivale a atacar, pero acorta el tiempo entre la orden y la operación.
La Casa Blanca intenta contener el costo político cuando los combustibles y el costo de vida dominan la campaña de noviembre. Las encuestas muestran un fuerte descontento por la suba vinculada al conflicto que Estados Unidos e Israel lanzaron contra Irán el 28 de febrero.
Mientras Washington oscila entre la retórica belicista y las garantías de contención, Teherán deja claro que no se quedará de brazos cruzados. El canciller Abbas Araghchi declaró el 4 de octubre que, aunque su país sigue dispuesto a buscar una solución diplomática “justa y honorable”, si el enemigo vuelve a recurrir a la acción militar, Irán responderá de manera “más destructiva que nunca”.
El jefe del Estado Mayor, mayor general Ali Abdollahi, advirtió el 5 de octubre que cualquier nueva agresión contra Irán desencadenará una respuesta inmediata contra los intereses estadounidenses, “independientemente de si Estados Unidos actúa antes o después de sus elecciones legislativas, ya sea de forma directa o a petición de Israel”.
Una fuente iraní de alto rango dijo a TASS el 10 de octubre que Irán no se contendrá ante nuevos ataques de Estados Unidos e Israel y mostrará “medios técnicos inesperados”. Reuters informó que Teherán prepara una respuesta “más amplia y contundente” si Washington reanuda ataques a gran escala, y ordenó a aliados en el Líbano, Yemen e Irak estar listos para apoyarlo.
Para los consumidores, el golpe más tangible no es el crudo sino el diésel. El promedio nacional del galón en Estados Unidos marcó un récord de 6,53 dólares a fines del mes pasado; en California llegó a 8,44. La gasolina promedia 4,36 dólares, un máximo para esta época, según AAA. El diésel cuesta 6,28 dólares, frente a 3,68 hace un año. En la Unión Europea alcanzó un récord de 2,24 euros por litro, contra 1,59 antes de la guerra.
La razón de fondo es que varias refinerías de Arabia Saudí, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos e Irak quedaron fuera de servicio o trabajan con restricciones tras los ataques con misiles y drones. “Los consumidores no compran crudo. Compran gasolina, combustible para aviones y diésel”, explicó Andy Lipow, presidente de Lipow Oil Associates. Por eso un barril algo más barato no se traduce de inmediato en alivio en los surtidores.
Los cargamentos de productos petrolíferos como gasolina y diésel que salen de Ormuz suman 1,3 millones de barriles diarios, apenas el 11% del flujo total. Antes de la guerra, los productos refinados representaban más del 20% de la carga de petróleo que pasaba por el estrecho. El cuello de botella en la producción de diésel “sigue intacto porque las refinerías de Oriente Medio resultaron dañadas”, señaló Jean-Louis Schilansky, ex presidente de la Unión Francesa de Industrias Petroleras.
El G7 acordó el viernes liberar 100 millones de barriles de crudo y combustible de sus reservas de emergencia, pero analistas señalan que una recuperación completa, si se mantienen los flujos actuales, no llegaría hasta bien entrado 2027.
China, lejos de acumular petróleo, recortó sus importaciones. En el segundo trimestre de 2026 cayeron un 32% trimestral, a unos 8,1 millones de barriles diarios, el mínimo desde 2016. Entre marzo y julio bajaron entre 3,5 y 4 millones diarios, más que todo lo liberado por las reservas estratégicas del resto de los países.
Según el Instituto de Investigación Económica y Tecnológica de la Corporación Nacional de Petróleo de China, incluso con la coordinación de la oferta y la demanda, el déficit global de petróleo durante la interrupción del estrecho fue de aproximadamente 8 millones de barriles diarios. China, al reducir sus compras, amortiguó ese déficit de manera decisiva.
La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que China tiene 1.400 millones de barriles en reservas estratégicas, frente a 825 millones de Estados Unidos. La reducción de compras y la liberación de reservas contuvieron los precios e impidieron una suba mayor. Sin ese freno, el golpe global sería mucho peor.
No obstante, hay que prestar atención a lo que pueda hacer China. Sus importaciones de crudo cayeron a mínimos de casi una década en junio, pero rebotaron un 22,1% en julio, hasta 8,45 millones de barriles diarios, tras una tregua temporal. El repunte fue coyuntural, pero es un indicio que despierta algunas alarmas.
Los refinadores independientes chinos, que antes del bloqueo absorbían más de un millón de bpd iraníes, reemplazan ese crudo con compras de emergencia: entre 15 y 20 millones de barriles de Irak y Qatar para octubre y noviembre, y otros 20 millones de África Occidental, Canadá y Colombia.
El economista jefe de S&P Global Ratings, Paul Gruenwald, resume el efecto: China "prácticamente salvó el día" y evitó el "escenario apocalíptico" al reducir sus compras y tirar de reservas. Pero el FMI advierte que, si Pekín retomara su ritmo de importación preguerra, el lastre para la economía global por los precios del crudo se profundizaría mucho más allá de las estimaciones actuales. DE allí a un nuevo récord en el Brent, hay un suspiro.
El amortiguador chino no es infinito: es una variable en calibración constante que Xi Jinping maneja con un criterio político. Un desencuentro con Trump o la necesidad de presionarlo, pueden llevarlo a revisar su postura. Y cualquier cambio de rumbo en Pekín -una compra masiva, un frenazo prolongado o el agotamiento de sus reservas- puede inclinar la balanza global en cuestión de semanas
El seguro es otro cuello de botella. Las principales aseguradoras retiraron en marzo la cobertura de “riesgo de guerra” para el Golfo Pérsico. Estados Unidos respondió con un programa de reaseguro de 40.000 millones de dólares a través de la DFC: Chubb aportó la primera mitad y luego se sumaron AIG, Berkshire Hathaway, Travelers, Liberty Mutual, Starr y CNA. Arabia Saudí creó en septiembre su propio fondo para cubrir carga, casco y responsabilidad en el Mar Rojo y el Golfo.
Los hutíes intensificaron los ataques a instalaciones saudíes. En julio anunciaron una prohibición marítima a su navegación. La lógica que aplican plagia a la de Irán, los ataques en espejo.
El 3 de octubre lanzaron misiles balísticos y drones contra dos instalaciones de Saudi Aramco en Riad y Khurais. El 5, Yahya Sarea detalló ataques al aeropuerto Rey Khalid, una refinería de Aramco en Rabigh —donde hubo un incendio—, el aeropuerto de Abha y bases del suroeste. Responden así al bloque saudita al aeropuerto de Saná y los ataques a las fábricas en las zonas controladas por la milicia proiraní. Es un mensaje por elevación de Teherán a EEUU y sus aliados.
Es por eso que el 8 de octubre los hutíes declararon “objetivos” las instalaciones petroleras y pidieron evacuar a sus empleados. La coalición saudí afirmó haber frustrado un “plan de ataques inminentes” contra las rutas del sur del Mar Rojo al destruir depósitos de armas y minas navales en Hudayda. La amenaza de nuevos lanzamientos de misiles y drones persiste.
En ese contexto surgió una versión sobre un ataque a Ghawar, el mayor yacimiento terrestre del mundo. Fuentes abiertas ubicaron un posible impacto en la planta de gas de Shedgum y una anomalía térmica en FIRMS, de la NASA. Ni el Ministerio de Energía saudí ni Aramco confirmaron daños. FIRMS advierte que sus señales también pueden corresponder a incendios, humo caliente u otras fuentes y no atribuyen ataques. Por la importancia de Ghawar, la hipótesis merece atención, aunque no pueda darse por probada.
La novedad más grave del 11 de octubre llegó desde el frente aéreo. Los hutíes amenazaron con convertir los aeropuertos y el espacio aéreo saudí —salvo La Meca y Medina— en objetivos. La advertencia siguió a un ataque contra el aeropuerto Rey Khalid de Riad que, según la autoridad de aviación saudí, dejó 12 muertos y 309 heridos y obligó a suspender temporalmente las operaciones. Ya no se trata solo de petróleo: la escalada empieza a afectar vuelos civiles, logística y movilidad regional.
Los proyectos para evitar Ormuz avanzan, pero ninguno ofrece una salida rápida. Arabia Saudí ya usa el oleoducto Este-Oeste hacia Yanbu y Emiratos cuenta con la línea Habshan-Fuyaira, fuera del estrecho. Irak, por su parte, negocia corredores hacia Turquía y el Mediterráneo. Un consorcio con Chevron, TotalEnergies y la catarí UCC estudia una red capaz de sacar más de 2 millones de barriles diarios desde Basora hacia Siria o Turquía.
El dato clave es el plazo. El análisis publicado el 11 de octubre por elEconomista, basado en un informe reciente del CSIS, calcula que las nuevas rutas podrían sumar unos 7 millones de barriles diarios de capacidad alternativa recién hacia 2028. Hasta entonces, los productores seguirán dependiendo de infraestructura fija que puede ser atacada: terminales, estaciones de bombeo, depósitos y puertos. Dos años es una eternidad para los consumidores globales y las economías ya estresadas desde el COVID, la invasión a Ucrania y luego por la crisis en Medio Oriente.
Irán ya demostró que puede alcanzar esas alternativas. Un informe del CSIS de octubre de 2026 identificó al menos siete nuevos oleoductos para evitar el estrecho. Pero, como advirtió un analista citado por CNBC, “Irán puede usar armas para atacar instalaciones de carga, estaciones de bombeo, estaciones terminales y unidades de almacenamiento de estos oleoductos”. La amenaza de actuar más allá de Ormuz pone en riesgo todo el sistema de evasión construido por los países del Golfo.
El costo también llega a la comida. Antes de la guerra, cerca de un tercio de los fertilizantes mundiales pasaba por Ormuz y, según la ONU, su comercio global cayó un 30% este año. La organización advirtió que hasta 45 millones de personas podrían caer en hambre aguda sin una ruta segura. UNOPS puede activar en siete días un mecanismo con coordenadas, controles e inspecciones, pero requiere el acuerdo de las partes. La demora ya encarece los insumos agrícolas y la ayuda humanitaria en plena temporada de siembra.
Ormuz ya no es una crisis aislada, sino una cadena de riesgos: navegación insegura, refinerías dañadas, seguros estatales, rutas vulnerables, ataques hutíes y alimentos más caros. Washington declaró avances que no puede garantizar, mientras Teherán demuestra que no necesita cerrar el estrecho: le basta con volver imprevisible cada cruce y cada alternativa.
China sigue amortiguando el golpe con menos compras y reservas, pero ese colchón no es permanente. La nueva infraestructura tardará años y el plan de la ONU para los fertilizantes sigue sin acuerdo. La salida diplomática compite, mientras tanto, con planes militares ya preparados.
Irán y los hutíes responden en espejo: cada ofensiva o amenaza recibe otra sobre rutas, bases, aeropuertos o infraestructura energética. Esa capacidad de réplica relativiza la superioridad militar de Estados Unidos, Israel y sus aliados, porque dominar el aire o desplegar más fuerzas no elimina el costo de la respuesta. Así, los contendientes terminan empujados hacia una negociación en la que es difícil acordar mientras siguen las tensiones, los preparativos y los ataques.
Pese a los anuncios, la crisis en Ormuz no está conjurada ni bajo control. Irán aprovecho la pausa aparente para renovar sus arsenales incluso mientras está sumergido en una crisis económica sin precedentes. La guerra consolidó al ala dura que ahora compite en capacidad de resistencia e intransigencia con sus aliados hutíes.
Occidente está desunido desde la llegada de Trump y los países del Golfo desacoplados de su protector tradicional y atravesados por las diferencias surgidas tras meses de ingresos decrecientes. Irán juega con esos factores y, aunque no tiene el control de Ormuz, puede usar los temores que permanecen en la zona para que la explosión de un buque renueve los miedos económicos para mantener viva la crisis.
No importa el balance militar, en la guerra de percepciones que mueven a los mercados, Ormuz sigue siendo un espacio minado para el comercio.
