Valmore Muñoz Arteaga | Civilización y barbarie hoy
Julio César Salas nació en Mérida, Venezuela, en 1870, y murió en Caracas en 1933. Abogado, sociólogo, etnólogo y lingüista, pertenece a esa generación de intelectuales latinoamericanos de entre siglos que intentaron aplicar el método positivista –heredero de Auguste Comte y Herbert Spencer– a la comprensión de las sociedades americanas. Formado en un ambiente universitario andino y fuertemente influido por los debates europeos de su tiempo, Salas dedicó su vida a dos líneas de trabajo que en apariencia son distintas, pero que en su obra se entrelazan constantemente. Por un lado, una vertiente histórico-etnológica, dedicada al estudio de los pueblos originarios de América (de la que resultan libros como Tierra Firme); y por otro, una vertiente político-sociológica, preocupada por diagnosticar los males de la vida pública venezolana y latinoamericana y por proponer remedios para superarlos.
Ese segundo interés encuentra su expresión más acabada en Civilización y barbarie: estudios sociológicos americanos, publicado en 1919, la obra por la cual Salas alcanzó mayor resonancia internacional. Fue nombrado miembro correspondiente de la Sociedad de Americanistas de París y de las academias de historia de Argentina y Cuba, y su libro circuló por buena parte de América Latina, recibiendo el elogio de figuras como el positivista argentino José Ingenieros. Sin embargo, en Venezuela el reconocimiento fue mucho más esquivo. El libro apareció el mismo año que el Cesarismo democrático de Laureano Vallenilla Lanz –la obra que teorizó y justificó el caudillismo como supuesta necesidad histórica venezolana– y sostenía una tesis diametralmente opuesta. Esa disidencia le costó cara. La animadversión de la dictadura de Juan Vicente Gómez, el silenciamiento de su obra dentro del país y su exclusión de la Academia Nacional de la Historia. Salas es, en consecuencia, un pensador paradójico. Ha sido más citado y estudiado fuera de Venezuela que dentro de ella, un autor cuya lucidez sobre los males nacionales fue precisamente lo que motivó su marginación.
El aporte más perdurable de Julio César Salas es haber desplazado la barbarie desde la periferia social hacia el centro del poder. Esta operación conceptual sigue siendo útil para leer la Venezuela contemporánea. Los discursos que explican la crisis venezolana apelando a supuestos rasgos culturales atrasados del venezolano común –su pretendida propensión al desorden, su falta de cultura democrática– replican precisamente el gesto que Salas impugnaba en Sarmiento y, sobre todo, en Vallenilla Lanz. El cual fue proyectar sobre la sociedad una barbarie que en realidad se origina y se reproduce en la cúspide del poder político. La tesis de Salas invita, en cambio, a mirar hacia arriba, hacia el personalismo presidencial, el desprecio por la separación de poderes, la sustitución de las instituciones por la voluntad de un liderazgo único, sea este de signo caudillista tradicional o de signo populista contemporáneo. La barbarie, en la lectura de Salas, no es un estado primitivo anterior a la civilización, sino una forma de organización del poder que puede convivir perfectamente con símbolos, discursos e incluso infraestructuras de modernidad.
La contraposición con Laureano Vallenilla Lanz resulta clave para entender el lugar histórico de Julio César SalasSalas. El Cesarismo democrático sostenía que el caudillo era una necesidad orgánica de sociedades bárbaras o insuficientemente civilizadas, y que por tanto el autoritarismo personalista no era una desviación sino la forma natural de gobierno para Venezuela. Civilización y barbarie se sitúa, como se ha señalado, en las antípodas exactas de esa tesis: donde Vallenilla Lanz veía necesidad histórica, Salas veía patología social susceptible de ser corregida mediante educación, instituciones y una cultura cívica genuina. Esta disputa no fue meramente académica. Ambos libros aparecieron el mismo año, 1919, en pleno gomecismo, y mientras la tesis cesarista se convirtió en una suerte de justificación intelectual del régimen, la de Salas fue silenciada. La historia posterior de la historiografía política venezolana, y la reiterada apelación, hasta el presente, a la figura del hombre fuerte como solución a la crisis, muestran que esa disputa de 1919 está lejos de haberse saldado definitivamente a favor de ninguno de los dos bandos.
Uno de los núcleos de Civilización y barbarie es la crítica al caudillismo entendido no como un accidente biográfico –la aparición de tal o cual líder carismático–, sino como una estructura política recurrente en la historia venezolana, capaz de sobrevivir a los cambios de régimen y de ideología. Esta lectura estructural resulta especialmente pertinente para entender por qué, pese a los cambios de signo político e ideológico a lo largo del siglo XX y XXI venezolano, ciertos patrones se repiten. La personalización extrema de la autoridad, la debilidad de los partidos y las instituciones frente al liderazgo individual, la tentación de perpetuarse en el poder invocando causas superiores, y la dificultad crónica para construir mecanismos estables de alternancia. Salas no ofrecía una explicación fatalista, ya que no creía, como Vallenilla Lanz, que esto fuera una necesidad orgánica e inevitable, sino que atribuía el fenómeno a causas históricas y educativas corregibles. Esa distinción es importante. Leer hoy a Julio César Salas no es resignarse a un destino, sino recuperar la convicción de que el personalismo político es un problema estructural que puede y debe ser desmontado mediante instituciones, cultura cívica y educación, no una fatalidad natural del país.
Salas –como casi todos los pensadores sociales venezolanos del siglo XIX y comienzos del XX– colocó la educación en el centro de cualquier remedio posible a la barbarie política. Si la barbarie no era un rasgo racial ni geográfico, sino el resultado de instituciones débiles y de una cultura política deficiente, entonces la educación a toda la población era la vía principal para construir ciudadanía y contener el personalismo. Un siglo después, esta tesis conserva una vigencia dolorosa. El deterioro del sistema educativo venezolano en las últimas décadas, la migración de buena parte de su cuerpo docente y profesional, y la debilidad de una cultura cívica capaz de sostener instituciones democráticas independientes del liderazgo de turno, confirman, por la vía negativa, el diagnóstico de Salas. Donde la educación y la institucionalidad retroceden, el terreno queda abierto para las formas de barbarie del poder que él describió. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios
