Jorge Eliécer Morán | Del fraude educativo al fracaso de un país
Recientemente se ha abierto un debate público alrededor de la idea de Venezuela como un país fallido. Esta noción no responde a un derrotismo gratuito, sino a la constatación objetiva de un colapso multidimensional. No falló únicamente una política económica ni colapsó de manera fortuita un sistema de gobierno; se desarticuló el pacto social en sus pilares más elementales. La economía se pulverizó, los servicios públicos cayeron en un estado calamitoso, las instituciones dejaron de cumplir su rol y la vida del ciudadano común se redujo a la mera supervivencia. Lo que presenciamos no es una crisis coyuntural, sino el desmantelamiento de las bases de la convivencia civilizada.
Lo que magnifica esta visión pesimista es la incómoda sensación de que no fuimos capaces, por nosotros mismos, de desatascar el nudo que nos impedía ponernos de acuerdo e iniciar el camino hacia la recuperación. Tuvimos que esperar la acción de una potencia extranjera para atisbar un proceso de cambio que se asoma agresivo en lo económico, pero marcadamente tímido en lo político. Por momentos, parecemos una sociedad adolescente a la espera de que sus
padres vengan a resolverle los problemas.

Podríamos buscar culpables y, con razón, los encontraríamos en quienes han tomado las decisiones trascendentales en lo que va de siglo XXI. Sin embargo, también deberíamos mirar un poco más atrás y señalar a una élite política que hizo las cosas lo suficientemente mal como para que el pueblo venezolano terminara eligiendo a una figura como Hugo Chávez.
Hoy, al observar los restos del país, resulta inevitable conectar las alarmas del pasado con los estragos del presente. En la década de los noventa, el entonces ministro de Educación, Antonio Luis Cárdenas —eminente educador trujillano—, lanzó una frase implacable: «La educación es un fraude». La opinión pública reaccionó con escándalo. Sin embargo, no se trataba de una provocación vacía, sino de un diagnóstico clínico.
Cárdenas no buscaba desmerecer el valor de la enseñanza, sino denunciar cómo el sistema escolar se había convertido en un cascarón vacío: una maquinaria burocrática incapaz de formar ciudadanos conscientes y profesionales competentes. Aquel fraude no era un problema de
infraestructura; era la erosión del cimiento sobre el cual se sostiene cualquier proyecto de sociedad.
Tres décadas después, la realidad educativa no podría ser peor. El informe del Sistema de Evaluación de Conocimientos en Línea (SECEL) de la UCAB, correspondiente al periodo 2023-2024, revela un deterioro crítico y generalizado en el rendimiento de los estudiantes de educación básica y media. En Matemáticas, el promedio nacional fue de apenas 7,51 sobre 20, con una tasa de reprobación del 74,93%. En los colegios públicos, la cifra de aplazados alcanzó un escalofriante 92,09%, mientras que en los privados se ubicó en 72,68%. En Habilidad Verbal, el promedio apenas llegó a 7,84 sobre 20, y la Comprensión Lectora se estancó en 7,61.
A la par, los resultados globales del Programa PISA de la OCDE —que evalúa las competencias en ciencia, matemáticas y lectura en 91 países— encendieron las alarmas internacionales al mostrar un estancamiento respecto a 2022. Fenómenos como el impacto de la pandemia, la saturación digital y el uso descontrolado de la inteligencia artificial suelen señalarse como causas de este retroceso global.
Venezuela no participa en PISA por una decisión política tomada hace más de dos décadas, pero no exageramos al afirmar que nuestras calificaciones habrían sido desastrosas. A los problemas globales debemos sumar nuestras propias fallas estructurales: escuelas en ruinas, docentes desmotivados, mal formados y pésimamente pagados, junto con planes de estudio totalmente desconectados del mundo actual.
Un país no se destruye de la noche a la mañana. La advertencia de Cárdenas fue la primera grieta visible de un edificio que ya se carcomía por dentro. Al degradar la educación —un canal clave para promover la movilidad social, el mérito y la democracia—, la sociedad venezolana se hizo muy vulnerable.
Reconocer que enfrentamos un colapso de esta magnitud no es rendirse; es tener lucidez histórica. El rescate de la educación en todos sus niveles es, junto a la reconstrucción económica, la reinstitucionalización del Estado y el regreso al mapa internacional, la premisa insustituible para levantar el país.
Ninguna nación sobrevive a la destrucción de su talento. Mientras la educación no sea parte de las prioridades del país, cualquier promesa de futuro no será más que la repetición del mismo fraude.
- Licenciado en Ciencias Políticas. Msc. en Gerencia, mención Mercadeo. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor del Doctorado de Ciencias Políticas de URBE.
