Editorial: Trump el arquitecto de una America dividida
Donald Trump actúa como poder superior a las instituciones venezolanas. Decide quién gobierna, con quién se negocia y es capaz de decir ante asombro de todos, cuándo estarán "listos los venezolanos" para la democracia.
Y lo dice sin medias tintas, como un dueño de aquella parcela. Nada extraño para el personaje que se asume como un cañón de titulares cada vez que habla. Necesita y vive de esa atención.
Su política deporta a los venezolanos que huyeron de la misma tiranía a la que dice enfrentar y que prometió borrar del mapa político por representar una amenaza a su país y configurarse como una organización terrorista y del narco.
La calificación que sirvió para llevarse a Maduro se ha borrado.
El lavado de imagen de los herederos del chavismo sigue echando espuma.
La política exterior de la Casa Blanca parece hoy más un mecanismo de extracción que un sistema defensor de libertades, derechos humanos y la cultura democrática de occidente.
Se toman los recursos y se desechan las personas.
Este patrón convierte a Estados Unidos no en un líder hemisférico, sino en un agente de fragmentación continental.
Mientras cierra fronteras, militariza la diplomacia y negocia acuerdos petroleros estratégicos con poderes sin legitimidad como los de Miraflores, la pregunta que debería resonar es: ¿puede América construir algo distinto?
Europa lo hizo. Después de dos guerras que arrasaron el continente, seis naciones firmaron en 1957 el Tratado de Roma y fundaron lo que hoy es la Unión Europea.
Aquel fue un acto diseñado como cálculo civilizatorio y de equilibrio mundial. Sabían a dónde iban y tenían claro el objetivo, Europa no podía ser débil.
Crearon un mercado común que fortaleció al euro hasta convertirlo en contrapeso real del dólar. Establecieron instituciones de contraloría y competencia que ningún gobierno nacional puede ignorar.
Todo pasa por Bruselas, con o sin burocracia, pero todo transita ese parlamento que representa un proyecto común poderoso, aunque a veces requiere de una aceleración que se le antoja lejana.
Construyeron tribunales de derechos humanos cuyas sentencias son vinculantes. Diseñaron una política de defensa común que hoy les permite negociar desde una posición de fuerza, no de dependencia y ahora mismo apuntalan el objetivo de repotenciar sus propios paraguas para resistir a la política de Trump y sus amagos para debilitar la OTAN.
América tiene todo para replicar ese modelo a su escala: recursos naturales que superan los de cualquier otro bloque, una demografía joven, lenguas compartidas y una historia común de resistencia ante regímenes totalitarios y la enfermedad endémica del militarismo absurdo.
Y si la política de EEUU virara a ese enfoque la escala del poder sería absoluta.
Un supercontinente en bloque político y económico capaz de establecer una influencia mayúscula haciendo contrapesos a Europa y al mundo asiático tanto en poderío de mercado, como de recursos y materia prima, y músculo humano.
Lo que no tiene —y lo que Trump se encarga de destruir— es voluntad de integración. Estamos lejos más por los péndulos políticos que por fronteras y cosas en común.
Cada tratado bilateral impuesto, cada deportación masiva, cada acuerdo petrolero firmado a espaldas de un pueblo refuerza el mensaje: en este hemisferio, las reglas las pone Washington.
Y mientras los países de América sigan mirando al norte como súbditos en lugar de mirarse entre sí como socios, Trump —o quien venga después de él— seguirá siendo el arquitecto de un continente dividido por un mandatario con aires mas de nuevo emperador que de Presidente de una Nación que debería integrar al continente Americano.
Carlos Alaimo
Presidente editor
