El diario plural del Zulia

Valmore Muñoz Arteaga | Mirando a Jesucristo

Recordando a la Madre Félix

La noche fresca acariciaba el cielo de Santiago de Chile. En una noche similar a aquella, muy seguramente, Neruda escribió los versos, sus versos más tristes. Escribió por ejemplo: “La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. Neruda, como poeta, como artesano de la palabra, sabía que la noche representa el momento y el lugar en el que se conjugan las realidades para aparecer posteriormente a la luz como algo ya consolidado.

Al inicio de la Teogonía de Hesíodo se presenta el nacimiento de los dioses con las siguientes palabras: “De Caos nacieron Erebo [sombra, oscuridad] y la negra Noche; de la Noche, a su vez, nacieron Éter y Día, a los que concibió y dio a luz, tras unirse en amor con Erebo”. La idea de que la noche antecede al día es básica en la simbología universal y ayuda a su comprensión, ya que la noche o la oscuridad es lo que precede a cualquier epifanía o manifestación divina, siempre asociadas con la luz; por eso la importancia del lema: Post tenebras spero lucem [Espero la luz después de las tinieblas], que aparece por primera vez en el Libro de Job de la Vulgata.

La mística, partiendo de estas cuestiones, nos enseña que viajar hasta la noche permite al hombre vincularse con la nada, puesto que allí, al menos eso intuyó San Juan de la Cruz, no hay manifestación alguna. Y si de intuiciones se trata, entonces, intuyo que estas cuestiones estaban en el corazón de San Juan Pablo II aquella noche fresca de Santiago, el 2 de abril de 1987, cuando su palabra rasgó aquel encanto para despertarnos con una exhortación llena de amor, de un amor que supera todo poema de amor: “No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor”.

La Madre Félix Torres seguramente seguía de cerca aquella jornada de Chile. Seguramente su corazón dio brincos de serena emoción ante aquella invitación del Papa que vino de lejos, aquel hombre amigo de la amistad. La imagino probablemente gozando de aquella noche desde algún televisor. Cerrando los ojos para degustar con los labios del corazón aquellas palabras que eran tejidas desde otro corazón: “Mirad a Cristo con valentía, contemplando su vida a través de la lectura sosegada del Evangelio; tratándole con confianza en la intimidad de vuestra oración, en los sacramentos, especialmente en la Sagrada Eucaristía, donde Él mismo se ofrece por nosotros y permanece realmente presente. No dejéis de formar vuestra conciencia con profundidad, seriamente, sobre la base de las enseñanzas que Cristo nos ha dejado y que su Iglesia conserva e interpreta con la autoridad que de Él ha recibido”.

Palabras que, de alguna manera, lo sabía en lo profundo de su alma, podían servir como resumen de su vida, como corona de su testimonio como mujer, como esposa fiel de Aquel a quien hay que mirar constantemente. Ahí, en Él, está la riqueza del hombre. Ella lo sabe: “Nada es pobre si Cristo está presente”, escribió, lógicamente, mientras lo miraba.

La mirada es el primer paso para el encuentro de dos libertades o, al menos, de dos seres que se presumen libres. Es el ámbito primero que abre la puerta a la comunicación. La mirada se impone con el requerimiento de una dimensión originaria de la corporalidad -aunque, en este caso, “más allá” del cuerpo-. Mirada que en la Madre Félix representó una entrega para siempre, un deseo inaudito de arder en el amor de Cristo que la mira mientras ella lo mira, y en ese amor de miradas libres, vivir plenamente su deseo de estar en la cruz de sus miserias, esperando despertar a la suprema libertad del amor.

La Madre Félix, de su mirar a Cristo, dio forma a su vida, pero mirar a un Cristo real. El Cristo que enseña la Iglesia donde halla el hombre lo esencial, lo substancial y específico. El tiempo mostraba a la Madre que buscar lo esencial, lo substancial, lo específico cristiano se ha convertido hoy en un verdadero desafío para la reflexión teológica y eso solo ocurría si la mirada estaba puesta en Cristo. Esto implica, tener plena conciencia y convencimiento del compromiso radical que implica mirar a Cristo: “Mi estar con Él no es simbólico; es real, es físico, personal”.

Mirar al Cristo real permite, entonces, contemplarnos tal y como somos, sin atajos, sin engaños o autocomplacencias. Lo advirtió San Juan Pablo II aquella noche de Santiago: “Si penetráis en vuestro interior descubriréis sin duda defectos, anhelos de bien no satisfechos, pecados, pero igualmente veréis que duermen en vuestra intimidad fuerzas no actuadas, virtudes no suficientemente ejercitadas, capacidades de reacción no agotadas”.

La mirada puesta en Cristo desnuda nuestro amor y ese amor nos conduce hacia el esplendor de la Verdad. El hombre es un ser que piensa y lo hizo antes de saber conscientemente que pensaba. Y piensa, además, porque ama. El hombre piensa porque ama y ama porque piensa. El amor, a mi juicio y contrariamente a lo que pensó Descartes, es el acto fundante del pensar. En tal sentido, un filósofo, por ejemplo, no solo será un amante de la sabiduría, sino aquel que acepta todo lo que sucede como un regalo de Dios. No hay deseo o expectativa, es simplemente una completa entrega a la voluntad de Dios. Se trata de un amor que es reflexivo y al mismo tiempo extático/no reflexivo, en el que entra el espíritu: la filosofía es el arte y la ciencia de la vida, que germinan cuando el amor del conocimiento y el conocimiento del amor se unen.

Mirando a Jesucristo, cuando la Madre lo mira, cuando piensa en Él, “todo se esfuma y desvanece; solo Él es el objeto de mis anhelos, lo demás, aun lo más caro a mi alma, solo tiene valor en relación a Él. Es el Señor de la heredad quien atrae a mi alma con fuerza irresistible, no la heredad; aunque a ésta la amo porque es de Él, mi Dios y mi Salvador, mi Padre y mi Todo”. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.

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