El diario plural del Zulia

¿La libertad de Trump tiene precio de barril?

En una reciente declaración desde Las Vegas, Nevada, Estados Unidos, Donald Trump volvió a demostrar que la Operación Resolución, que derivó en la captura y extracción de Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero, nada tenía que ver con su cacareado mensaje contra el cartel del narcotráfico que operaba desde Miraflores ni con la lucha de Occidente contra el comunismo.

Nunca importó la libertad de los venezolanos, luego de más de 25 años bajo la bota de un régimen militar que provocó el mayor éxodo humano de la historia de un país sin guerra, ni la preservación de los derechos humanos.

“Al vencedor le pertenecen las riquezas”, dijo. Trump solo era movido por un interés: las riquezas de nuestra nación.

El petróleo venezolano pesó muchísimo más que el poderoso símbolo de la Estatua de la Libertad en la bahía de Nueva York, como faro de los ideales estadounidenses. Si por él fuera, el histórico monumento tendría la figura de un barril de crudo con el símbolo del dólar marcado en letras grandes.

Con el tiempo, la caída de Maduro demostró las intenciones reales de un mandatario movido básicamente por su ego, porque una cosa es enfrentar a una dictadura y otra, muy distinta, convertir a un país entero en un territorio tutelado, con sus recursos estratégicos sometidos a decisiones tomadas desde el extranjero. Sin transparencia alguna.

Venezuela fue su experimento.

Y aquí resalta uno de los mayores errores de la política exterior de Trump: creer que el resultado obtenido en Caracas podía convertirse en un libreto para Teherán.

El llamado “modelo Venezuela” pudo generar en Washington una peligrosa ilusión. Si la presión económica, el aislamiento, la amenaza militar y finalmente la remoción de un gobernante habían funcionado contra Maduro, ¿por qué no repetir la fórmula contra el régimen iraní?

Porque Irán no es Venezuela.

No tiene las mismas condiciones internas, no enfrenta el mismo nivel de aislamiento regional, no posee la misma estructura militar ni ocupa la misma posición geopolítica. Y, sobre todo, no es un país que pueda ser reducido a la ecuación de petróleo más presión estadounidense.

El error garrafal de Estados Unidos fue confundir una operación de alto impacto en Venezuela con una estrategia universal de cambio de régimen. Trump creyó que había encontrado un método.

Tropezó con un espejismo.

La experiencia venezolana debió servir para entender que la caída de un gobernante no equivale a la reconstrucción de una nación. Que capturar a un mandatario no resuelve la destrucción institucional. Que controlar activos no significa garantizar libertad. Y que disponer de los recursos de un país no convierte automáticamente a ese país en una democracia.

Pero Washington pareció aprender la lección equivocada.

El problema no es solamente que Trump quiera repetir la fórmula en Irán sino que el modelo venezolano puede haber alimentado una concepción peligrosa de la política exterior estadounidense: intervenir, controlar, administrar y después presentar el resultado como liberación.

¿Dónde queda entonces el derecho de los pueblos a decidir su propio destino?

¿Dónde queda la soberanía?

¿Dónde queda la libertad que Estados Unidos dice defender?

Si el objetivo es liberar pueblos oprimidos, ¿por qué los activos estratégicos terminan ocupando el centro de la discusión?

Y si se trata realmente de democracia, ¿cómo puede defenderse un esquema en el que las decisiones sobre las riquezas de una nación quedan sometidas a una potencia extranjera?

Venezuela no necesitaba cambiar la tutela de Miraflores por la tutela de Washington.

Necesitaba recuperar su soberanía.

Necesitaba instituciones.

Necesitaba justicia.

Necesitaba libertad.

Y necesitaba que sus riquezas fueran utilizadas para reconstruir al país, no convertidas en una moneda de negociación geopolítica.

Por eso también resulta difícil aceptar la comparación que Trump pretende establecer entre su estrategia y el Plan Marshall.

Harry Truman no presentó la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial como un mecanismo para apropiarse de sus recursos. El Plan Marshall fue concebido para reconstruir economías devastadas, recuperar la producción, fortalecer el comercio y crear condiciones para la recuperación europea.

La diferencia es elemental.

El Plan Marshall buscaba levantar países.

El modelo venezolano parece diseñado para controlar recursos.

Y esa diferencia debería preocupar no solamente a los venezolanos.

También a los estadounidenses.

Porque el legado de Estados Unidos no se construyó únicamente con poder militar o económico. Se construyó también alrededor de símbolos. Uno de ellos está en Nueva York: una mujer con una antorcha levantada hacia el mundo entero.

La Estatua de la Libertad no sostiene un barril.

Sostiene una antorcha.

Ese símbolo representa una idea que trasciende a Estados Unidos: que la libertad no debería estar condicionada por la riqueza de un país, sus reservas energéticas o sus intereses estratégicos.

Trump tiene derecho a defender los intereses de Estados Unidos. Lo que no puede hacer es llamar libertad a cualquier política que termine beneficiando esos intereses.

Porque si Venezuela fue liberada para administrar su petróleo, si sus activos pasan a ser parte del tablero de Washington y si su soberanía queda subordinada a decisiones extranjeras, entonces habrá que preguntarse qué fue realmente lo que cayó el 3 de enero.

¿Cayó Maduro?

¿O simplemente cambió el administrador?

La historia será mucho más severa con esa respuesta que cualquier discurso pronunciado desde Las Vegas.

Y quizá esa sea la verdadera tragedia del llamado modelo Venezuela.

Que Estados Unidos pudo haber tenido la oportunidad de ayudar a liberar a un pueblo y terminó creyendo que había descubierto una fórmula para quedarse con sus riquezas.

El petróleo puede comprar influencia, poder y tiempo.

Pero no puede comprar legitimidad.

Y ninguna potencia, por poderosa que sea, puede convertir el saqueo de las riquezas de un pueblo en una bandera de libertad.

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