Apure padece por la crisis eléctrica y el terrorismo
Pedro Hernández cree que El Amparo, en el municipio Páez del estado Apure, es una herida que no se cierra en el mapa de Venezuela.
La gran mayoría de sus habitantes suman más de 24 horas sin electricidad, aunque en la red social Instagram, Corpoelec mostró, este lunes, un video con trabajadores ejecutando el reemplazo de fajas aislantes, la sustitución de componentes y ajustes generales para la instalación de un seccionador asociado en el circuito Biruaquita.
Las maniobras técnicas realizadas en el municipio Biruaca aseguran la continuidad del servicio eléctrico a más de 5 mil usuarios de la localidad”, se lee.
Sin embargo, el residente de La Victoria, en la parroquia Urdaneta, no cuenta aún con fluido eléctrico desde hace casi 30 horas, luego que otras parroquias como El Amparo y Urdaneta resultaran afectadas por una falla.
Según Hernández, los racionamientos pueden extenderse durante unas cinco horas diarias en promedio con situaciones insólitas como la registrada desde este lunes, pero la empresa no comunica previamente los horarios en los que se realizarán las interrupciones, por lo que los usuarios desconocen cuándo tendrán nuevamente electricidad.
“Corpoelec nunca dice cuándo va a hacer los cortes o qué es lo que pasa. No hay ningún tipo de información”, señaló.
La situación genera preocupación entre las comunidades del municipio Páez, especialmente en las zonas que permanecen sin servicio eléctrico tras más de 24 horas de interrupciones.
Hernández solicitó a las autoridades informar sobre las causas de la falla, establecer horarios de racionamiento y ofrecer una respuesta que permita conocer cuándo será restablecido completamente el suministro en las comunidades afectadas.
El ELN replegado, pero al acecho
La población de El Amparo, en el estado Apure, padece otra cruda realidad.
Su nombre, marcado en la historia contemporánea de Venezuela, por el dolor y la violencia, con la masacre registrada en octubre de 1989, con la ejecución de 14 pescadores, sufre una tensa convivencia impuesta por la presencia de las FARC y el ELN en la frontera con el departamento colombiano de Arauca.
En estos momentos están replegados por los actos de juramentación de Abelardo de La Espriella, nuevo presidente, y porque también temen que los hermanos Rodríguez los venda al Comando Sur”, detalla Amarilis Prieto, nombre ficticio para resguardar su identidad.
Un reciente reportaje de El País resalta que en esta zona de la frontera con Venezuela, la última guerrilla en armas de Colombia (ELN) busca ejercer un dominio militar y estratégico. El frente Domingo Laín, la estructura más poderosa del grupo, controla los pasos fronterizos, regula el contrabando de combustibles y alimentos, y ejerce un poder que combina la coerción armada con la administración local.
En Arauca, donde está el frente armado más renuente a la negociación política, ha ampliado su poder territorial hacia Venezuela. Carlos Velandia, un exguerrillero del ELN y ahora gestor de paz, explica que ese grupo ha estado construyendo un cordón a lo largo de la frontera con el propósito de consolidar aún más un territorio propio. Añade que el 70% de su fuerza armada está en la zona limítrofe.
Según Velandia, las acciones están más relacionadas con el panorama internacional que con disputas en Colombia.
Ellos tienen una agenda de defensa hacia Venezuela, casi que ven como propia la guerra bolivariana”. Afirma que el fortalecimiento responde a las constantes amenazas del Gobierno de Donald Trump de impactar el territorio venezolano.
“Ellos [el ELN y el gobierno venezolano] siempre fueron buenos aliados, máxime cuando Colombia ha tenido un comportamiento hostil con la revolución bolivariana”.
Sus movimientos, explica, han sido estratégicos para proteger a Venezuela. Han intentado desplazar a las disidencias de las extintas FARC de la región del Catatumbo para controlar completamente la frontera. “Su ‘limpieza ideológica’, con la que asesinan a firmantes de paz [antiguos miembros de las FARC] también es parte de su búsqueda de hegemonía en las únicas dos zonas del país donde tienen un bastión militar poderoso”.
Aunque la presencia elena en la zona nororiental de Colombia no es nueva, sus lógicas se han modificado en el último año para consolidar ese poder. Para Velandia, es una presencia que conviene en materia militar tras la caída de Nicolás Maduro. “Cualquiera que busque incursionar por el Caribe a Venezuela o a Colombia debe tener presente que el primer actor con el que se va a encontrar y que deberá enfrentar es al ELN”, señala.
Pese a ese factor internacional, para el politólogo araucano Eduardo Simón Cedeño, los atentados y ataques recientes están más relacionados con el cambio de gobierno tras el triunfo de De La Espriella.
En este departamento, donde surgió alias Pablito Arauca, el jefe y cerebro militar refugiado en Venezuela, el ELN tiene al menos 6.000 guerrilleros en armas y otros 3.000 milicianos civiles, según datos de la oficina del Alto Comisionado de Paz.
A diferencia de otras zonas conflictivas del país, no tiene una economía cocalera significativa que alimente la presencia de actores y narcotraficantes. Desde la década del 2000, esa guerrilla prohibió a la población civil los cultivos ilícitos y, desde entonces, el monitoreo anual del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos ha reportado menos de cinco hectáreas en todo el departamento. Es una cifra irrisoria a comparación con el cercano Catatumbo, con más de 28.000 hectáreas y donde hay más de tres grupos ilegales en disputa por las economías ilícitas.
En lo que coinciden Velandia y Cedeño es en que el foco militar del ELN este año en la región ha sido sacar a las disidencias de las FARC.
“Ya no hay disidencias en Arauca porque a todos los desplazaron para el Casanare”, señala el politólogo. En las 15 veredas en las que tenían presencia se han reportado combates y enfrentamientos, pero la presencia de los grupos residuales allí ya es casi nula. “Eso supone otras nuevas lógicas para el departamento de mucha más hegemonía de la que ya tenían”, confirma Velandia.
