Valmore Muñoz Arteaga | La enfermedad del olvido
- Norbert Bilbeny es catedrático de Ética en la Universidad de Barcelona y un ensayista español, ganador de los premios Josep Pla y Anagrama. Publicó hace algunos años, en 2022 para ser exactos, el libro La enfermedad del olvido, desde el cual aborda los retos éticos y morales que planeta el cuidado y trato de los pacientes de Alzheimer, de personas a menudo calificadas como fantasmas de ellos mismos, sobre las que familiares y amigos suelen decir: “ya no es ella”, “no es él”. Sobre este libro me gustaría compartir algunas ideas que nos ayudan, no solo a conectar con el significado de la palabra persona, sino a comprender que el paciente de Alzheimer, o de cualquier trastorno mental, sigue siendo persona, que no ha dejado de serlo, y que nuestra manera de relacionarnos con ellos, dice más de nosotros que del propio paciente.
El libro parte de una pregunta que el autor formula explícitamente; si perder la identidad personal nos hace menos personas, y por tanto qué es, en el fondo, ser una persona. Para responder, recurre a la tradición filosófica, citando a Marco Aurelio, Santo Tomás de Aquino, Descartes, Erasmo de Róterdam, John Locke, Kant, entre otros que han intentado definir qué constituye a un ser humano como persona.
De Xavier Zubiri tomará el núcleo conceptual del ensayo para tratar de precisar la diferencia entre personalidad y personeidad. La personalidad, donde existen la memoria, el carácter, la capacidad de razonar, de reconocerse a sí mismo y a los demás, precisamente lo que el Alzheimer erosiona hasta hacerlo desaparecer. La personeidad, por otro lado, es la condición de ser persona, de tener dignidad, y esa condición, según Bilbeny, no se pierde aunque se pierda todo lo demás. Es la diferencia entre lo que uno tiene (rasgos, recuerdos, un yo narrable) y lo que uno es simplemente por pertenecer a la humanidad.
Para Norbert Bilbeny, esa dignidad no es una propiedad que resida ‘dentro’ del paciente como un dato objetivo, sino más bien una atribución que nuestro juicio hace a la persona. Somos nosotros quienes decidimos reconocer dignidad en el otro, y ese reconocimiento no depende de que el otro pueda devolvérnoslo o siquiera saber quién es. Por eso, insiste, en que quienes rodean al paciente siguen siendo depositarios de esa memoria y esa voluntad que él ya no puede sostener por sí mismo. El cuidador se constituye, afirma, en una suerte de procurador de derechos que el paciente no ha delegado, pero que siguen siendo suyos. La imagen que emplea para resumirlo es la de una vela. La cera se consume, pero la llama, es decir, la persona, permanece hasta el final.
Me resulta inevitable recordar acá lo que sobre el otro pensó la tradición griega, pese a inventar categorías lógicas sofisticadas para pensar ‘lo otro’, terminaba reservando la humanidad plena a quienes poseían logos, esto es, razón, lenguaje compartido, capacidad deliberativa. El bárbaro quedaba excluido, no por carecer de existencia, sino por carecer, a ojos de los griegos, de esas facultades racionales que definían la ciudadanía y la persona plena.
El paciente de Alzheimer es, en cierto sentido, el bárbaro de nuestro tiempo bajo esa misma lógica. Alguien que pierde precisamente la razón, la memoria, el reconocimiento de sí y de los demás, es decir, todo aquello que la tradición filosófica occidental, de Aristóteles a Locke, ha empleado para definir qué es una persona. Si la personeidad dependiera de la personalidad, el paciente avanzado dejaría de ser persona exactamente igual que el bárbaro griego quedaba fuera del círculo de la humanidad por no poder compartir el logos de la polis. Bilbeny se niega explícitamente a esa conclusión, y al hacerlo, repite, en clave contemporánea y bioética, el mismo gesto de desplazar el fundamento de la dignidad desde la posesión de ciertas facultades (razón, memoria, lenguaje, pertenencia) hacia la mera condición de ser humano vulnerable entre otro humano.
Bilbeny me conduce a recordar la parábola del buen samaritano, ya que, como en el texto bíblico, no exige que el herido en el camino demuestre pertenecer a su comunidad, hablar su lengua o poder corresponderle; basta su vulnerabilidad expuesta para generar la obligación. De igual modo, el cuidador del paciente de Alzheimer no puede esperar reconocimiento, reciprocidad, ni siquiera comunicación con sentido. Actúa como prójimo precisamente porque la relación ética no depende de que el otro conserve las facultades que la tradición grecolatina asociaba con la persona plena. En ambos casos, la proximidad y la responsabilidad preceden al reconocimiento racional del otro, y no lo presuponen.
En otros términos, donde Platón y Aristóteles pensaban la alteridad plena como un estatuto que había que merecer mediante la razón y el logos compartido, y donde la tradición del prójimo respondía disolviendo esa exigencia a favor de una proximidad puramente ética, Bilbeny, consciente o no de esa genealogía, aplica el mismo movimiento al límite más extremo posible. El de un ser humano que ha perdido literalmente la razón, el habla con sentido y el reconocimiento del otro, y que, sin embargo, sostiene el libro, sigue siendo persona y sigue siendo, para quienes lo rodean, un prójimo al que se debe dignidad. El Alzheimer funciona así como una suerte de experimento límite que pone a prueba si de verdad hemos superado el criterio griego de la persona-por-la-razón o, si seguimos, en la práctica, tratando como “menos persona” a quien ya no puede razonar, ni reconocernos. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
