El diario plural del Zulia

Antonio Pérez Esclarín | Educar con espíritu

Del 14 al 20 de Junio, el Teatro Baralt de Maracaibo se vistió de gala para acoger en sus recintos la Octava Feria  Independiente del Libro en Maracaibo (FILMAR). La Feria fue organizada por el Movimiento Poético de Maracaibo, un grupo de soñadores empeñados en sembrar ciudadanía con el poema y el libro, pues es evidente que  un país de lectores será un país de espíritus autónomos, libres y creativos. La Feria,  en la que se presentaron más de setenta nuevos libros, hubo participación de numerosos escritores de Venezuela y otros países y realizó una gran cantidad de actividades poéticas,  culturales y educativas, fue  un acto de resistencia cultural,  de trabajo valiente, autogestionado, sacrificado  y arriesgado  para darle a Maracaibo el sitial que se merece como semillero de artistas, poetas y cultivadores  de una palabra creativa y propositiva, muy conscientes de que  la lectura y la educación transforman realidades. En palabras de Luis Perozo Cervantes, Presidente del Movimiento Poético de Maracaibo, y corazón y músculo de esta feria y de la editorial Sultana del Lago, que apoya la labor de muchos autores jóvenes y de otros que no tenían  posibilidad de publicar sus obras: “Nuestra feria es una propuesta de ciudad para ver en el país una opción diferente a la violencia, a la confrontación y a los extremismos monodiscursivos y hegemónicos…Es un espacio ´para pensar la ciudad , debatir sus problemas y fortalecer su identidad, a través del arte y la literatura…FILMAR es un espacio donde las diferencias pueden coexistir, donde la libertad no tiene banderas políticas, donde la palabra circula sin restricciones, y el arte y la literatura promueven el pensamiento crítico y la participación activa de los ciudadanos y en consecuencia, se convierten en  herramientas de transformación social”.

En la Feria, que en esta oportunidad quisieron celebrarla en mi homenaje, por mis 55 años como educador popular y por los 76 libros que he publicado, tuve la oportunidad de presentar mi nuevo libro “Educar con espíritu  Aportes a una educación evangelizadora” .

El libro es fruto de los esfuerzos de toda una vida por gestar una educación genuinamente humanizadora que en mis últimas reflexiones y búsquedas me ha llevado a incorporar  la dimensión espiritual, Esta propuesta    exige empezar aclarando qué estamos entendiendo por educar y por espiritualidad, pues si  bien son palabras que usamos continuamente no siempre las utilizamos en su verdadero significado.

El término educar tiene una doble raíz latina: Educare, que significa nutrir, alimentar , guiar, ofrecer oportunidades para que el educando pueda desarrollar todas sus potencialidades y alcanzar la plenitud a la que está llamado; y  Educere,  que significa sacar de adentro, extraer toda la riqueza que hay en cada persona. En consecuencia,  educar es  algo más complejo, sublime e importante que enseñar biología, currículo, lectoescritura, electricidad, robótica  o historia, es decir que instruir.  Educar es alumbrar personas autónomas, libres y solidarias, dar la mano, ofrecer los propios ojos para que los alumnos puedan mirarse en ellos y verse valorados y dignos y así ser capaces de mirar la realidad sin miedo, y a los otros con cariño y con respeto.. El quehacer del educador es misión y no simplemente profesión. Implica no sólo dedicar horas, sino dedicar alma. Exige no sólo ocupación, sino vocación.

Y debemos también  aclararnos  qué entendemos por  espiritualidad pues  lamentablemente, todavía son muy numerosas las personas que están atrapadas en una concepción dualista que opone cuerpo y alma, espíritu y materia, cielo y tierra,  espiritualidad y vida cotidiana. En el uso corriente de la lengua, la palabra espiritual se usa para expresar lo opuesto a material, corporal, temporal. En la percepción general de las mayorías,  cuando se dice que una persona es muy espiritual, se suele pensar  en una persona que frecuenta las actividades religiosas, que parece vivir allá arriba,   poco ocupada de la vida cotidiana y de los problemas de la realidad.  En esta concepción lamentablemente muy extendida, la espiritualidad tiene muy poco o nada que ver con las actividades cotidianas, como el trabajo, la enseñanza, el gobernar, la vida familiar, la sexualidad, la educación de los hijos, la política, la pedagogía, la diversión, el ocio. Todas estas son consideradas cosas “mundanas”, que nada tienen que ver con lo espiritual, que suele reducirse a actividades religiosas y momentos de oración, de meditación o de culto.

Estos conceptos de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material, a lo corporal, a lo mundano, provienen de la cultura griega, que en nuestro mundo occidental, hemos asimilado con naturalidad y que ha condicionado y sigue condicionando toda nuestra visión de lo espiritual e incluso de la religión.

En hebreo, la palabra espíritu, ruah, significa  aliento de vida, dinamismo,  fuerza, entusiasmo, valor,  libertad.

Si espiritualidad significa vivir con espíritu, con garra, con coraje, con pasión, la espiritualidad debe cultivar la vida interior y la dimensión ciudadana y política de cada persona. La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”, y ha olvidado la interioridad.  Todo nos invita a vivir desde fuera. El enorme desarrollo tecnocientífico no se está traduciendo en desarrollo humano. Los seres humanos hemos  sido capaces de explorar el espacio,  descender a las profundidades  de los océanos, escudriñar los rincones más inhóspitos de la tierra, pero  somos cada vez más incapaces de entrar en nuestra propia interioridad. Llenos de ruidos y de prisas, nos resulta casi imposible estar a solas con nosotros mismos y escuchar las voces profundas de nuestro corazón. La interioridad es el lugar de las preguntas y los encuentros, de los miedos y las certezas.  Pero el hombre exterior no es capaz de formularse estas preguntas: ¿quién soy yo? ¿Para qué vivo? ¿Cuál es mi misión en la  vida? ¿Cómo concibo la felicidad? ¿Cómo me preparo para la muete?   Para la inmensa mayoría de las personas, la vida se reduce a una constante, afanosa y astuta fuga de sí mismos. De ahí el clamor cada vez más generalizado de la necesidad de educar la interioridad, la capacidad de estar a solas y en silencio consigo mismo para escuchar las voces de nuestros anhelos más profundos.

Al olvidar la espiritualidad, la educación ha fracasado en su misión de hacer de los seres humanos verdaderas personas. De las universidades egresan batallones de profesionales, más o menos competentes, pero muy pocas personas  comprometidas en su crecimiento interior y con su plenitud humana. Urge, en consecuencia, una educación para la vida y la paz, para la construcción de una nueva humanidad; necesitamos volver a nosotros mismos, desarrollar la conciencia, trabajar por el desarrollo de nuestra interioridad. Es en la interioridad donde el hombre puede abrazarse a su propio ser, conocerse, valorarse y amarse.

Esta espiritualidad de la vida interior  es también una espiritualidad política, comprometida en humanizar nuestro mundo, en defender la dignidad y los derechos humanos de cada persona, en buscar el bien común, pues se trata no sólo de formar auténticas personas, sino también ciudadanos, activos, creativos y solidarios, que trabajan por la convivencia y el bienestar de todos.

La auténtica  espiritualidad   es, en consecuencia,  una espiritualidad enraizada en la historia,  en el cuerpo y  en la vida. No huye del mundo, sino que trata de transformarlo y humanizarlo. Buscar el cielo es trabajar por la tierra. Por ello, educar la espiritualidad tiene que ver con educar el cuerpo espiritual que somos. Educar los ojos para aprender a mirar con mirada contemplativa, fraternal, inclusiva y compasiva; educar la lengua para animar, bendecir y agradecer; educar los oídos para escuchar, escucharse, y dialogar para comprender y comprenderse ; educar las manos para abrazar, construir puentes y tenderlas al necesitado; educar los pies para salir al encuentro de los golpeados y heridos, y también para pararse a  pensar y reflexionar; educar el corazón para amar y servir a todos y en todo.

En el libro desarrollo ampliamente estas y otras  ideas que pueden contribuir a gestar  una educación integral de calidad para todos, tan necesaria en estos tiempos tan complejos y difíciles que vivimos.. Por ello, les invito a leerlo y reflexionarlo.

 

 

 

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