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Suma cuatro días en búsqueda de su hija en La Guaira: “Creo que esto tiene una finalidad”

La desesperación de los familiares ha mutado en acción civil. Sin embargo, los brazos y la voluntad ya no son suficientes para ganarle la carrera al tiempo.

El tiempo en La Caraballeda no se mide en horas, se mide en angustia. Han pasado casi cuatro días desde que la tierra tembló con una furia inédita, y para una madre que viajó de emergencia desde Caricuao, el conteo de los minutos se ha vuelto difuso. Entre el polvo de lo que alguna vez fue el hogar de su hija mayor y el rugido de las pocas máquinas operando, ella atiende a Versión Final. Su voz es el reflejo de un país que se debate entre la fuerza y la solidaridad inquebrantable de su gente.

A pie de los escombros, la denuncia es tan firme como dolorosa: “la ayuda gubernamental brilla por su ausencia”. La mujer aseguró que en el lugar no hay directrices, no hay uniformes oficiales coordinando el rescate, ni un plan estructurado para remover las toneladas de concreto que sepultan vidas.

No hemos tenido una autoridad representativa acá, no la hemos tenido... Las máquinas que ves ahorita aquí son porque el padre de mi hija salió y las trajo. Ha sido la comunidad, han sido los familiares de las víctimas los que han venido realmente a ayudar y aportar", relató con la mirada fija en las ruinas.

La desesperación de los familiares ha mutado en acción civil. Sin embargo, los brazos y la voluntad ya no son suficientes para ganarle la carrera al tiempo. La fase de rescate exige equipamiento técnico que los civiles no pueden proveer.

Según la señora requieren con urgencia herramientas de corte (sopletes), martillos neumáticos para romper el concreto donde la maquinaria pesada no tiene acceso y equipos de visualización y rescate en estructuras colapsadas.

De la desesperación en Caricuao al “calvario” en La Guaira

La entrevistada recuerda con precisión el instante en que el sismo cambió su vida para siempre. Ella se encontraba en Caricuao junto a su hija menor. "Sentí que se desplomaba el piso donde yo estaba. Nunca había vivido un terremoto de esa magnitud... El sentir que no sabes qué va a caer encima, qué va a pasar, es espantoso", rememoró.

Pero el verdadero terremoto comenzó después, cuando el movimiento cesó y las comunicaciones colapsaron. Su hija mayor, una joven ingeniera que se había mudado a La Guaira junto a su pareja para desarrollar un proyecto profesional, no atendía el teléfono. Desde la 1:00 a.m. de esa fatídica madrugada, esta madre permanece en el sitio del colapso, aferrada a una fe inquebrantable.

A pesar del cansancio físico y del "calvario" que describe, la mujer se niega a caer en el victimismo. Su postura, profundamente espiritual, busca inyectar aliento a una nación entera que hoy llora a sus víctimas.

A mi hermoso país le pido que tengamos fortaleza, mucha fortaleza. Los venezolanos hemos pasado por muchas cosas... Yo, desde un punto de vista espiritual, creo que esto tiene una finalidad. Seguimos pidiendo la fortaleza que necesitamos, sobre todo nosotros, que tenemos la esperanza de que estén vivos".

La esperanza de hallar a la joven pareja de ingenieros con vida es el único motor que los mantiene en pie sobre las ruinas de una tragedia que desnudó, una vez más, la desolación y el coraje de un pueblo.

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