Editorial | Iris Varela: ¿La verdadera líder del Tren de Aragua?
En Venezuela, el Tren de Aragua suele presentarse como una consecuencia inevitable del colapso institucional. La explicación resulta cómoda porque diluye responsabilidades. Lo ocurrido dentro del sistema penitenciario venezolano no fue producto exclusivo de la desidia. Hubo decisiones políticas, funcionarios con poder de mando y una estrategia que terminó entregando las cárceles a quienes debían permanecer bajo control del Estado.
En el centro de esa historia aparece Iris Varela.
La dirigente chavista llegó al recién creado Ministerio para el Servicio Penitenciario en julio de 2011, poco después de la toma de El Rodeo por parte de los reclusos. Por casi un mes, miles de efectivos militares fueron incapaces de recuperar el control de una prisión dominada por pranes armados con fusiles, granadas y abundante munición.
La crisis representó una humillación para Hugo Chávez y obligó al gobierno a anunciar una transformación profunda del sistema penitenciario. La promesa fue recuperar la autoridad del Estado, pero la realidad terminó siendo otra.
Iris Varela no provenía del ámbito penitenciario. Era una diputada leal al proyecto chavista, conocida por su discurso combativo y su férrea disciplina política. Chávez la había bautizado en el inicio de la revolución como la “Comandante Fosforito”, por su mal carácter.
La tarea que recibió era monumental. Debía reducir la violencia, contener los motines y evitar nuevas imágenes que exhibieran el fracaso oficial ante la opinión pública.
La solución escogida fue profundamente peligrosa.
Diversos investigadores, organizaciones especializadas y reportajes periodísticos documentaron cómo, bajo su administración, se consolidó una política de convivencia con los “pranes”. El pacto era sencillo. Los líderes criminales mantenían el orden dentro de los penales y evitaban crisis mediáticas. A cambio recibían autonomía, control económico y capacidad de gobierno dentro de las cárceles.
El Estado renunció a ejercer plenamente su autoridad.
Los pranes se convirtieron en administradores de la vida carcelaria. Controlaban el ingreso de mercancías, imponían tributos a otros internos, dirigían economías ilícitas y ejercían violencia sobre quienes desafiaban sus reglas. La prisión dejó de ser un espacio de rehabilitación para transformarse en una escuela del crimen organizado.
Uno de los nombres más emblemáticos de esa etapa fue Wilmer José Brizuela, conocido como "Wilmito". El “pran” de Vista Hermosa construyó una estructura criminal capaz de generar millones de dólares anuales. Su influencia trascendió los muros del penal y terminó convirtiéndose en símbolo del poder que habían alcanzado los líderes carcelarios.
La cercanía entre Wilmito e Iris Varela provocó una fuerte controversia pública. La polémica alcanzó su punto más alto cuando trascendió que el jefe de los reclusos había salido de prisión con autorizaciones firmadas por la propia ministra. En 2017 fue asesinado dentro de Tocorón, después de haber sido trasladado desde el penal donde ejercía un control prácticamente absoluto.
Otro caso significativo fue el de Teófilo Rodríguez, alias “El Conejo”, líder de la cárcel de San Antonio, en Nueva Esparta.
El recinto llegó a convertirse en la máxima expresión del modelo penitenciario que emergió bajo la gestión de Varela. Piscinas, discotecas, peleas de gallos y celebraciones multitudinarias coexistían con operaciones de narcotráfico y estructuras criminales que extendían sus actividades fuera de la prisión.
“El Conejo” construyó una organización conocida como el Tren del Pacífico. Su capacidad de influencia era tal que las fronteras entre el liderazgo criminal y la autoridad formal parecían desdibujarse. Las fotografías de Iris Varela con el “pran” alimentaron las críticas sobre la naturaleza de esa relación. La Ministra desestimó los cuestionamientos y argumentó que se había tomado miles de fotografías con privados de libertad.
El problema nunca fueron las fotografías sino el modelo.
La consolidación de los pranes coincidió con la expansión de organizaciones criminales que replicaron fuera de prisión las estructuras aprendidas tras las rejas. El Tren de Aragua representa el ejemplo más dramático. Lo que comenzó como una organización con base en Tocorón evolucionó hasta convertirse en una red transnacional dedicada al secuestro, la trata de personas, la extorsión y el narcotráfico.
Nada de eso ocurrió en un vacío institucional.
Iris Varela también dejó declaraciones que revelan una inquietante concepción del poder penitenciario.
En febrero de 2019, 40 reclusos de la penitenciaría de Santa Ana, en el estado de Táchira, fueron presuntamente enviados a la frontera por orden del gobierno para detener la entrada de ayuda humanitaria a Venezuela.
“Si ellos [el gobierno estadounidense] nos amenazan con 5.000 marines, nosotros tenemos a 45.000 privados de libertad”, fueron las palabras que la exministra de prisiones, Iris Varela, entregó en entrevista con InSight Crime.
Un año después, en un contexto similar, afirmó que cerca de 40.000 privados de libertad estaban preparados para salir a defender la revolución bolivariana. “Por supuesto que si los gringos vienen aquí a invadir yo soy una de las que va a salir con los presos al frente”.
La desafiante frase, expresada en una entrevista en julio de 2020, no puede interpretarse como una simple hipérbole política. Refleja la visión de una funcionaria que veía a la población penitenciaria como un contingente movilizable al servicio del proyecto oficialista.
El uso político de presos, la legitimación de los “pranes” como interlocutores válidos y la cesión de espacios de autoridad estatal terminaron fortaleciendo a estructuras criminales que hoy representan una amenaza para toda la región.
¿Fue Iris Varela la verdadera líder del Tren de Aragua? No existe una sentencia judicial que permita afirmarlo. Tampoco nos corresponde reemplazar a los tribunales.
Lo que sí resulta innegable es que su gestión creó condiciones extraordinariamente favorables para la consolidación del “pranato” y la expansión de organizaciones criminales que posteriormente exportaron su violencia más allá de las fronteras venezolanas. Con Héctor Ruthenford Guerrero Flores, “El Niño” Guerrero, máximo líder de la organización criminal trasnacional, como principal propulsor.
La historia juzgará si aquello fue incompetencia, cálculo político o una peligrosa combinación de ambos factores. Lo que ya no admite discusión es que el experimento penitenciario impulsado por el chavismo fracasó de manera estrepitosa.
Y las consecuencias de ese fracaso hoy se pagan en Caracas, Santiago, Lima, Bogotá y cualquier ciudad donde el Tren de Aragua haya extendido sus tentác “Conocerà la administración de Trump este historial de iris Varela?
¿Seguirá permitiendo la Casa Blanca que en la administración de Delcy Rodriguez “francotiradores” como Valera, Diosdado Cabello y Padrino López? El tiempo lo dirá.
Carlos Alaimo, Presidente-Editor
