El FBI pone bajo la lupa a Harry Sargeant por intentar blanquear dictadura de Maduro
Durante meses, Harry Sargeant III operó con la confianza de quien creía estar participando en una batalla política más dentro de Washington. El empresario petrolero, amigo personal de Donald Trump y con décadas de negocios vinculados con Venezuela, estaba convencido de que todavía podía influir sobre la política estadounidense hacia Caracas.
La llegada de Marco Rubio al Departamento de Estado alteró ese cálculo.
Rubio representaba exactamente lo contrario de lo que necesitaban quienes apostaban por una relación pragmática con el régimen venezolano. Su trayectoria política estaba asociada a una línea de presión sostenida contra el chavismo. Junto a él aparecía Mauricio Claver-Carone, uno de los principales arquitectos de la estrategia republicana hacia América Latina.
Para Sargeant, aquello significaba una amenaza directa.
Lo que siguió después, según una investigación publicada por POLITICO, fue una operación política, mediática y empresarial destinada a modificar el rumbo de la política estadounidense hacia Venezuela.
La estrategia involucró a acreedores de deuda venezolana, petroleras, operadores políticos, consultores, influenciadores conservadores y exfuncionarios con experiencia en la región.
El objetivo consistía en fortalecer la posición de Richard Grenell dentro de la administración Trump y desplazar a quienes impulsaban una política de presión contra el régimen venezolano.
La operación no produjo los resultados esperados.
Ahora, según el mismo reportaje, parte de aquellas actividades se encuentran bajo investigación del FBI.
Una fuente del Departamento de Justicia citada por POLITICO aseguró que los intentos de amoldar la política exterior estadounidense respecto a Venezuela no quedarían “impunes”.
La frase convirtió una disputa política en algo mucho más serio.
Lo que durante meses pareció una lucha interna entre distintas corrientes del trumpismo comenzó a adquirir una dimensión judicial. Y también reveló algo más profundo: La existencia de una compleja red internacional de intereses que veía en la normalización con Caracas una oportunidad económica, financiera y política.
El magnate que tenía demasiado en juego
Harry Sargeant no era un observador cualquiera de la crisis venezolana. Sus negocios dependían de licencias, permisos y relaciones construidas durante años con quienes controlaban el poder en Caracas.
La flexibilización impulsada por la administración Biden había creado condiciones favorables para buena parte de esos intereses. La llegada de Rubio amenazaba con revertir ese escenario.
Según POLITICO, Sargeant reaccionó construyendo una estrategia para fortalecer a Richard Grenell, quien había aspirado al cargo de secretario de Estado antes de que Trump terminara designando a Rubio.
Grenell mantenía acceso al círculo presidencial y conservaba influencia dentro de determinados sectores del movimiento MAGA.

Para ejecutar el plan, Sargeant contrató al excongresista republicano Aaron Schock. La misión era clara: Convertir a Grenell en una figura capaz de competir con Rubio dentro de la administración.
La oportunidad llegó rápidamente. A finales de enero de 2025, Grenell viajó a Venezuela para negociar la liberación de ciudadanos estadounidenses detenidos por el régimen.
La misión generó titulares internacionales y proyectó la imagen de un funcionario capaz de obtener resultados concretos. Sin embargo, detrás de aquella operación existía una agenda mucho más amplia.
POLITICO sostiene que Schock y Sargeant participaron en reuniones con altos representantes del chavismo, incluida Delcy Rodríguez.
Las conversaciones abordaban asuntos vinculados a licencias petroleras, vuelos de deportación y condiciones para mantener operaciones empresariales estadounidenses dentro de Venezuela.
Por un momento, pareció que la estrategia podía funcionar. Grenell ganaba visibilidad. Rubio apenas comenzaba su gestión.
Y algunos sectores empresariales observaban una oportunidad para impulsar una política más flexible hacia Caracas.
La historiadora Alejandra Martínez Canchica, analista político, considera que ese episodio plantea interrogantes relevantes sobre la dinámica interna de la administración estadounidense.
“El lobby de Sargeant difícilmente pudo operar completamente por la libre. Durante algún tiempo debió contar, al menos, con cierto margen de tolerancia o aprobación dentro de la propia administración Trump”, añade.

A su juicio, la historia demuestra que la política exterior estadounidense hacia Venezuela estuvo atravesada por tensiones y centros de influencia que competían entre sí. “En esta oportunidad tenemos el caso Sargeant en 2025, pero no hay que olvidar que también han estado presentes la influencia qatarí y luego también todo lo que hemos visto en 2026 entre Netanyahu y las decisiones de la Casa Blanca respecto a Irán. Nada está escrito en piedra”, señala.
El nacimiento de una red
La liberación de los estadounidenses detenidos no alteró el equilibrio político dentro de Washington. Rubio comenzó a consolidar posiciones. Claver-Carone mantuvo capacidad de influencia.
Los congresistas republicanos de Florida intensificaron la presión para impedir cualquier acercamiento significativo al régimen venezolano. Entonces la operación cambió de escala, en esa lectura.
Lo que había comenzado como una apuesta política alrededor de Grenell se transformó en una estructura mucho más amplia. Allí aparece Hans Humes.
Como director de Greylock Capital, Humes representaba a uno de los sectores más interesados en una relación funcional con Venezuela. No era el único. La investigación de POLITICO describe la participación de fondos vinculados a la deuda venezolana y de actores financieros que observaban cualquier cambio político desde la perspectiva de sus propios intereses.

La razón era sencilla. Una transición democrática auténtica podía abrir procesos de auditoría. Podía revisar contratos. Podía cuestionar compromisos financieros heredados de años de opacidad institucional.
Para muchos acreedores, la estabilidad del sistema resultaba más conveniente que una transformación abrupta. No porque respaldaran necesariamente al chavismo sino porque necesitaban previsibilidad.
La red comenzó a coordinar posiciones. Compartir información. Diseñar estrategias y buscar aliados dentro de los sectores empresariales vinculados con el petróleo. Cuando la batalla pasó a los medios, la operación comprendió rápidamente que la discusión no podía limitarse a reuniones privadas. También debía ganar terreno en la opinión pública.
Walter Molina, politólogo venezolano radicado en Argentina, considera que ese aspecto constituye uno de los hallazgos más importantes de la investigación: “La batalla por Venezuela siempre tuvo una dimensión narrativa. Quien controla el marco interpretativo controla buena parte del costo político de las decisiones”.
Molina resalta, en un artículo escrito para La Gran Aldea, que abundan voces que aparecen una y otra vez en grandes medios internacionales para explicar Venezuela a audiencias que rara vez escuchan a las víctimas, a los presos políticos, a los familiares de desaparecidos, a los periodistas perseguidos, a los exiliados o a los venezolanos que votaron masivamente por un cambio el 28 de julio de 2024.
“El patrón es nítido. Hablan de sanciones. Hablan de riesgos. Hablan de intervención. Hablan de caos. Hablan de migración. Hablan de petróleo. Hablan de China. Hablan de los costos de una caída del régimen. Pero casi nunca hablan con la misma intensidad de tortura, desapariciones forzadas, presos políticos, crímenes de lesa humanidad, robo electoral, exilio forzado o saqueo estructural”, señala.
La estrategia comunicacional comenzó a construir una idea central. Estados Unidos debía actuar pensando en sus intereses energéticos. China estaba ampliando su influencia. Las compañías estadounidenses corrían el riesgo de perder espacio en Venezuela. La negociación podía generar mejores resultados que la confrontación.
La figura de Grenell encajaba perfectamente dentro de ese discurso.
Rubio representaba la alternativa opuesta. La narrativa buscaba desplazar el debate desde los derechos humanos hacia la geopolítica, la energía y los negocios.
La maquinaria de influencia
Para desarrollar esa estrategia fue contratada Forward Global. La firma elaboró una campaña que combinaba lobby, comunicación y movilización digital.
Según POLITICO, la operación movilizó cientos de miles de dólares.
La estrategia incluía artículos de opinión, coordinación de mensajes, reclutamiento de influenciadores conservadores y amplificación de contenidos favorables a una política más flexible hacia Venezuela.
Entre los nombres mencionados aparecen Laura Loomer, Ryan Fournier, Juanita Broaddrick y otros activistas cercanos al universo trumpista. La intención era generar la percepción de que existía un movimiento espontáneo dentro de las bases conservadoras que respaldaba una aproximación distinta hacia Caracas.
Los mensajes giraban alrededor de conceptos recurrentes: seguridad energética, competencia con China, protección de intereses estadounidenses, reducción de la migración, pragmatismo. La presión sobre Rubio se convirtió en uno de los objetivos centrales.
La investigación sostiene incluso que algunos integrantes de la red exploraron formas de debilitar la posición de Claver-Carone dentro de la administración.
Los productores de legitimidad
Ninguna operación de influencia puede sostenerse únicamente con recursos financieros. También necesita legitimidad.
Necesita expertos capaces de traducir intereses económicos en argumentos políticos.
En ese contexto aparecen Juan González y Elías Ferrer.
POLITICO sostiene que ambos participaron en procesos de revisión y contextualización de documentos vinculados a la estrategia comunicacional.
González, exfuncionario de la administración Biden, aseguró que sus actividades estaban relacionadas con análisis geopolítico y negó haber participado en actividades de lobby.
Sin embargo, su presencia resulta relevante. Fue una de las figuras centrales de la política estadounidense hacia Venezuela durante los años de negociación que condujeron al Acuerdo de Barbados.
Ferrer, fundador de Orinoco Research y vinculado al portal Guacamaya, aparece dentro de la misma dinámica.
La investigación no los presenta como operadores tradicionales. Su papel consistía en aportar contexto, análisis y marcos interpretativos.
Molina considera que ese componente ayuda a comprender la profundidad de la operación. “Había intereses internacionales poderosos trabajando para que la barbarie chavista siguiera siendo funcional”.
La afirmación no se limita a empresarios o acreedores. También involucra a quienes participaron en la construcción de narrativas capaces de hacer políticamente aceptable una convivencia con el régimen.
La pregunta que surge detrás del caso
La investigación termina planteando una discusión más amplia. ¿Existió realmente una estrategia unificada de cambio de régimen dentro de la administración Trump?
Alejandra Martínez Canchica cree que la respuesta no es tan simple.
En la red social X, se pregunta con suspicacia sobre la tesis original de Trump frente a Venezuela. “¿Y si nunca fue el regime change, sino una aproximación pragmática y transaccional? Mi hipótesis: La línea Rubio podría haber ganado espacio precisamente porque abandonó la expectativa de una caída del chavismo y apostó por una transición gradual dentro del propio régimen venezolano.
Digamos, un punto medio entre la normalización de Sargeant y el cambio de régimen por el que se ha apostado desde la Florida”.
En su análisis, eso explicaría el limbo actual en Venezuela, con una transición de modelo económico en el chavismo, pero con la oposición totalmente marginada del proceso y sin una ruta visible hacia elecciones democráticas.
La observación apunta al corazón del debate. Lo que estaba en disputa no era únicamente una táctica. También era una visión sobre el futuro venezolano.
Una parte de los actores involucrados apostaba por fórmulas de convivencia y negociación. Otra insistía en mantener la presión sobre el régimen.
La lucha entre Rubio y Grenell terminó convirtiéndose en la expresión visible de esa discusión.
La operación fracasa
Con el paso de los meses comenzaron a acumularse las señales adversas para la red impulsada por Sargeant. Rubio fortaleció su posición dentro de la administración.
Funcionarios alineados con esa visión ocuparon espacios estratégicos. Las licencias petroleras enfrentaron nuevas restricciones. Grenell perdió protagonismo.
Los mensajes internos citados por POLITICO muestran frustración. Algunos participantes comenzaron a admitir que la batalla estaba perdida: la estrategia para modificar la política estadounidense hacia Venezuela no había conseguido sus objetivos.
La historiadora Alejandra Martínez Canchica considera que el desenlace tiene consecuencias directas para el futuro político venezolano.
“Por ahora, y por lo visto, pareciera que nuestra principal y probablemente única garantía de lograr unas elecciones democráticas, aunque el proceso sea lento, es Marco Rubio”.
El costo del entramado
La derrota política de la operación no significó el final de la historia. Por el contrario. Fue en ese momento cuando comenzó el capítulo más delicado.
Según POLITICO, el FBI investiga las actividades desarrolladas por Sargeant y parte de su entorno para determinar si algunos esfuerzos destinados a influir sobre la política exterior estadounidense cruzaron límites que podrían tener relevancia legal.
La investigación federal representa un punto de inflexión.
La historia deja de ser exclusivamente una batalla entre distintas corrientes políticas dentro del Partido Republicano.
También se convierte en un caso que interesa a las autoridades encargadas de proteger la integridad de los procesos de formulación de políticas públicas en Estados Unidos.
La fuente del Departamento de Justicia citada por POLITICO fue explícita: Los intentos de moldear la política estadounidense hacia Venezuela no quedarían “impunes”.
El alcance de la investigación todavía no está claro. Tampoco se conocen eventuales responsabilidades. Pero la sola intervención del FBI coloca bajo una nueva luz la red descrita por la investigación.
Más allá de Harry Sargeant
La historia que emerge de los documentos revisados por POLITICO no termina en un empresario petrolero. Tampoco concluye en una disputa entre Rubio y Grenell. Lo que aparece es un mapa mucho más amplio: Empresarios interesados en licencias, fondos de inversión preocupados por la deuda venezolana, consultores contratados para diseñar estrategias, firmas especializadas en lobby, influenciadores movilizados para amplificar mensajes, analistas encargados de construir legitimidad.
Todos desempeñaron funciones distintas. Todos perseguían objetivos propios, pero coincidían en una misma apuesta.
Evitar que la política estadounidense hacia Venezuela quedara exclusivamente en manos de quienes defendían una estrategia de presión sostenida contra el chavismo.
Walter Molina considera que la investigación obliga a ampliar la mirada sobre la crisis venezolana. “Durante demasiado tiempo se nos pidió mirar solo a Caracas”, recuerda. La frase resume el hallazgo central de esta historia.
El chavismo se consolidó desde el poder venezolano, pero alrededor de él también surgió una red internacional de intereses que encontró beneficios en la continuidad del sistema.
Por eso Molina formula una reflexión que atraviesa toda la investigación.
“La historia de Venezuela no estará completa cuando identifiquemos a los verdugos. Estará completa cuando identifiquemos también a quienes les alquilaron respetabilidad, influencia y tiempo”.
La investigación del FBI busca precisamente determinar hasta dónde llegó esa influencia. Y si algunos de quienes intentaron moldear la política estadounidense hacia Venezuela terminaron cruzando una línea que las autoridades federales consideran inaceptable.
