El diario plural del Zulia

Beatriz Becerra | El pentagrama de Zapatero: cinco mujeres y el viento

A lo largo de más de dos décadas, José Luis Rodríguez Zapatero ha compuesto una sinfonía horrísona de corrupción, cimentada en el expolio y saqueo a los millones de venezolanos perseguidos, torturados, asesinados con balas y con hambre. La música del blanqueamiento, del acceso privilegiado, de la diplomacia paralela al servicio de quienes convirtieron Venezuela en patrimonio privado de una casta que dio en llamarse a sí misma revolución.

Su pentagrama lo conforman cinco mujeres, con papeles repartidos y complementarios, entre los que los silencios son clave para que suene la música.

La primera línea es, cómo no, la del hogar como escudo. Sonsoles Espinosa, la legitimadora, construyó durante los años de La Moncloa una imagen doméstica tan elaborada, tan cuidadosamente presentada al mundo, que funcionó como parapeto estético. El poder que se exhibe en familia parece inevitablemente más limpio. La legitimadora no necesita opinar sobre nada: su presencia misma es el argumento. Su discreción (tan ensayada, tan estructural) siempre funcional, nunca inocente.

La segunda línea pertenece a otra dimensión: la de la operadora con poder y credenciales propias. Delcy Rodríguez no orbita en torno a Zapatero, más bien al contrario. Es el centro de gravedad que lo ancla, el núcleo del sistema radiante que el compositor identificó como ecosistema propicio, desde que se asomó de la mano de Chávez a la infinita riqueza de Venezuela en su mandato como presidente.

La tercera línea es la más técnica y, acaso por eso, la menos visible: Gertrudis Alcázar, la guardiana, administradora del acceso. Quien controla la agenda controla la realidad. Quien filtra las llamadas define, en la práctica, qué existe y qué no. Hay una forma de poder que se ejerce exactamente desde la invisibilidad deliberada.

Las dos últimas líneas son basales en su función simbólica. Laura y Alba Rodríguez Espinosa, las herederas, destinatarias del capital (falsamente reputacional) construido durante décadas. Ellas encarnan la modalidad más refinada de complicidad: la que no necesita acción, solo posición. Las herederas no eligen la herencia; pero sí eligen qué hacer con ella, y en qué silencios instalarse.

La legitimadora, la operadora, la guardiana, las herederas. Cómplices funcionales, administradoras emocionales, beneficiarias indirectas, inspiradoras del clima de impunidad o guardianas del decorado respetable. La partitura imprescindible para un solo instrumento. Una matriz de silencios con espacio para que circule el viento.

“La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento.”

¿Lo recuerdan? Copenhague, 2009. La ocurrencia del presidente alegre se celebró como poesía de Estado, como profundidad zen neoprogresista. Pero era, en realidad, un programa político. Una declaración de irresponsabilidad estructural formulada con la inanidad suficiente para que nadie la reconociera como tal.

El viento era la coartada perfecta. El dinero sin patria viaja como el viento, sin dejar huella en las aduanas. Sin dirección postal, sin tributación en ninguna nación identificable. Maletas viajando con la ligereza de lo etéreo. El viento como borrador de huellas. El viento como música ambiental del saqueo.

Así hemos visto moverse a Zapatero durante muchos, demasiados años. Ligero y aleve, protegido por ese pentágono femenino de discreción y cuidados, como pluma que el viento arrastra sin que nunca aterrice en ningún sitio que le obligue a responder. Nunca del todo presente, nunca del todo ausente. Sin cargo oficial que justificara sus gestiones, sin mandato democrático que respaldara sus mediaciones, sin rendición de cuentas ante nadie. Investido de un hasta ahora inexplicable poder y ascendente moral.

Pero el viento no borró nada. Apenas desplazó el hedor. Los vertederos, cuando llevan demasiado tiempo enterrados, terminan por emerger. Simplemente porque la materia en descomposición tiene una lógica propia que ningún viento (por poético, por presidencial, por progresista que sea) puede suspender indefinidamente. Y esos zafiros y rubíes de sangre, escondidos en la caja fuerte familiar itinerante, engarzados como calaveras en unas joyas que refulgen como epítome del expolio y el saqueo, iluminan sin remedio la basura.

Quizá la tierra no pertenezca a nadie. Pero las piedras preciosas y las minas de oro del Orinoco, los contratos de petróleo de PDVSA y las cuentas en jurisdicciones amables parece que sí acabaron teniendo dueño. Varios, de hecho. Perfectamente identificables cuando de verdad se quiere ver.

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