Editorial | Zapatero, el hombre de las mil caras
José Luis Rodríguez Zapatero siempre supo perfectamente quiénes eran Hugo Chávez, Nicolás Maduro y toda la estructura criminal que terminó secuestrando a Venezuela.
Lo supo cuando comenzaron las persecuciones.
Lo supo cuando cerraron medios.
Lo supo cuando encarcelaron estudiantes.
Lo supo cuando comenzaron las torturas.
Y lo supo, sobre todo, cuando millones de venezolanos empezaron a huir del país mientras él seguía entrando y saliendo campante y sonriente a Miraflores.
Nunca fue ingenuidad.
O torpeza diplomática. Fue conveniencia.
Durante años intentó venderse como “mediador”, “facilitador” y “hombre de paz”.
Un europeo con etiqueta de humanista que hablaba de diálogo, como estrategia dilatoria, mientras Venezuela se convertía en un laboratorio de control social, corrupción y destrucción institucional.
Pero detrás del personaje siempre hubo un interés vital: negocios.
Porque mientras en alguna etapa los venezolanos hacían colas para conseguir harina, Zapatero exhibía su talento como lobbista internacional por el chavismo.
Mientras madres enterraban hijos asesinados en protestas, él lavaba la imagen de la revolución bolivariana en Europa.
Mientras el país colapsaba, las cuentas bancarias ocultas en Asia y de Zapatero se llenaban.
Hoy empiezan a entenderse muchas cosas.
La justicia española ya no mira a Zapatero como un simple expresidente con relaciones internacionales. Lo investiga por presunto tráfico de influencias, blanqueo de capitales, falsedad documental y organización criminal en el caso Plus Ultra.
Las acusaciones son demoledoras.
Comisiones millonarias.
Sociedades offshore en Dubái.
Operaciones trianguladas.
Fondos movidos fuera del radar fiscal.
Y nuevamente Venezuela aparece en el centro del tablero.
Siempre Venezuela.
Siempre la plaga del chavismo.
Siempre el negocio alrededor de la tragedia.
Porque Zapatero no fue solamente un aliado político de la revolución bolivariana. Fue uno de sus grandes blanqueadores internacionales. El rostro “respetable” que ayudaba a vender democracia en medio del saqueo y la represión.
Y mientras defendía al régimen, crecían también las denuncias sobre sus propios negocios dentro del ecosistema chavista.
La más escandalosa de todas: las minas de oro.
Piedad Córdoba llegó a deslizar públicamente que el propio Zapatero le confesó que le dieron una mina de Venezuela en pleno festín del Arco Minero.
Sí. Una mina de oro en el país donde niños mueren de desnutrición y hospitales funcionan como ruinas.
La confesión de la fallecida congresista colombiana retrata con brutal precisión lo que terminó siendo el socialismo del siglo XXI: una élite revolucionaria repartiendo petróleo, minas y fortunas mientras el pueblo sobrevive entre hambre y miseria.
Y allí siempre aparecía Zapatero.
Demasiado cercano a Maduro.
Demasiado cercano a Delcy.
Cómodo en los amplios salones de Miraflores.
Pero silencioso frente a las torturas.
Activo para los negocios.
Incluso su papel de supuesto “rescatista” de presos políticos terminó convertido en parte de la puesta en escena. Liberaciones puntuales vendidas como gestos humanitarios mientras la maquinaria represiva sigue intacta.
El negocio perfecto.
El chavismo ganaba legitimidad internacional.
Zapatero construía imagen de estadista global.
Y Venezuela seguía desangrándose.
Hoy el personaje comienza a resquebrajarse.
Quedó expuesto como operador.
De diplomático pasó a un vulgar lobista.
Detrás del pacificador había un hombre demasiado conectado con el dinero del poder venezolano.
Zapatero no tuvo una sola cara.
Tuvo tantas como negocios pudo construir alrededor de la tragedia venezolana.
Carlos Alaimo, presidente-editor
