NYT: Maduro desconfiaba de Delcy Rodríguez antes de su captura
En los meses previos a su captura, Nicolás Maduro atravesaba un período de crecientes tensiones políticas dentro de su propio círculo de poder. Según fuentes cercanas, el mandatario comenzó a mostrar desconfianza hacia su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, a quien percibía como una figura cada vez más influyente y pragmática.
Rodríguez había consolidado un amplio control sobre la gestión económica del país, concentrando simultáneamente los cargos de vicepresidenta, ministra de Petróleo y ministra de Finanzas. Además, impulsaba una mayor apertura a la inversión extranjera y desplazaba a rivales internos, lo que habría generado incomodidad en el entorno presidencial.
Aunque Maduro llegó a considerar su destitución, finalmente optó por mantenerla en el cargo al reconocer que necesitaba su capacidad de gestión para sostener una economía afectada por sanciones y restricciones internacionales.
Otra fuente de presión para el mandatario era la relación con Cuba, aliado histórico del chavismo. Durante los primeros once meses del año pasado, la estatal cubana de energía recibió alrededor de 2.000 millones de dólares en petróleo venezolano bajo acuerdos que no generaban ingresos en efectivo para Caracas.
Maduro entendía que esa alianza complicaba cualquier acercamiento con Washington, especialmente ante la postura de Donald Trump hacia La Habana. Sin embargo, se negó a suspender los envíos, considerándolos un compromiso de lealtad con el legado de Hugo Chávez, quien mantuvo una estrecha relación con Fidel Castro.
Tras el ataque estadounidense del 3 de enero, esa política cambió: el sucesor de Maduro canceló los envíos de petróleo a la isla, apartó a aliados cubanos de posiciones clave y suspendió los vuelos comerciales.
Personas consultadas coinciden en que Maduro nunca consideró seriamente renunciar, pese a las advertencias internacionales y los consejos de mediadores como Turquía y Qatar. Para algunos, se trataba de preservar el legado chavista; para otros, el objetivo se había reducido a mantener al Partido Socialista Unido de Venezuela en el poder a cualquier precio.
El exilio, según allegados, era visto por Maduro como una traición, tanto hacia su proyecto político como hacia familiares y colaboradores que lo acompañaron durante décadas.
De acuerdo con fuentes cercanas citadas por el New York Times, Maduro subestimó la magnitud de la operación estadounidense. Aunque anticipaba posibles ataques a instalaciones petroleras o vinculadas al narcotráfico, no esperaba una ofensiva a gran escala sobre Caracas, en la que participaron cerca de 150 aeronaves el 3 de enero.
El mandatario confiaba en que las fuerzas armadas venezolanas, equipadas con armamento ruso y chino, podrían infligir bajas suficientes para disuadir una acción directa de Washington. Incluso recordaba la operación estadounidense de 1989 contra Manuel Noriega en Panamá como antecedente de los riesgos políticos de una intervención.
Sin embargo, según las fuentes, muchos informes sobre la capacidad defensiva del país eran más aparentes que reales. Además, aunque contó con el respaldo retórico de gobiernos de izquierda en la región, el cálculo estratégico resultó equivocado.
En las semanas previas al ataque, Maduro redujo sus apariciones públicas, limitó reuniones sociales y grabó con antelación la mayoría de sus intervenciones televisivas. También expresó temor a infiltraciones dentro del gobierno y del ejército, pidiendo a allegados que evitaran comunicaciones con números desconocidos.
Para evadir una posible detección por satélites o inteligencia extranjera, permanecía bajo la protección de un contingente reducido de su Guardia Presidencial dentro del complejo militar de Fuerte Tiuna. Sin embargo, esa decisión —pensada para ocultar su ubicación— terminó disminuyendo su capacidad de respuesta ante una eventual incursión.
