El diario plural del Zulia

Luz Neira Parra | La paradoja de la izquierda tradicional frente a Venezuela

El 3 de enero de 2026 marcó un hito demoledor en la prolongada y profunda tragedia venezolana. La operación militar que culminó con la extracción de Nicolás Maduro del poder de una revolución tan fallida como sanguinaria. Estados Unidos descabezo e interrumpió décadas de opresión y de miedo silencioso de su población pero también de destrucción sistemática de las instituciones y del aparato productivo de un país democrático. Mientras los venezolanos dentro del país contenían la respiración, aún bajo la amenaza del régimen que, aunque herido, mantiene el control de armas, territorios y miedo, el exilio celebraba con emoción desbordada: llanto, alivio, incredulidad. Celebraban porque, después de años de dolor y exilio forzado, el ciclo del terror parecía abrir una puerta, aunque frágil, a la esperanza.

En contraste, una parte significativa de la izquierda reaccionó como siempre: revelando una grieta profunda en la izquierda latinoamericana y global. Se pronuncia con el discurso antiimperialista de los sesenta, lleno de lugares comunes por la intervención estadounidense; se solidariza con Maduro y el régimen chavista, luego hizo defensa de la soberanía que antes nunca defendió frente a la presencia forzosa en territorio venezolano de grupos armados colombianos y frente al control de poder político por parte de los cubanos, después al final, si queda espacio, la consideración hacia los venezolanos sin mencionar jamás que Maduro es un dictador sanguinario que robó sin disimulo las elecciones del 28 de julio del 2024, aunque tampoco Trump hace referencia a este hecho tan trascendental para el país.

La tragedia humana volvió a ocupar el último lugar en la jerarquía moral de los mandatarios e intelectuales representantes de esta izquierda. No se trató de debate estratégico o cautela prudente. Se trató de una respuesta casi reflejo, un automatismo doctrinario que prioriza manuales y mapas antes que cuerpos concretos y sufrientes. Ese patrón no es exclusivo sobre Venezuela. Se repite con Cuba, y Nicaragua donde la represión se relativiza frente al embargo; con Irán, donde los castigos y la violencia sobre todo hacia la mujer y desaparecen frente a la narrativa antioccidental; con tantos otros regímenes donde el verdugo correcto ocupa el espacio adecuado en la geopolítica. La regla de oro se mantiene: si el actor opresor se enfrenta a Estados Unidos, merece comprensión; si las víctimas coinciden con la narrativa del “enemigo”, deben esperar, callar, resistir en silencio.

No hay ingenuidad en estas posturas. Que nadie esté desprevenido! Tampoco podemos caer en ingenuidades políticas a esta alturas! Todos conocemos con rigor o sin rigor la historia de las intervenciones estadounidenses en la región, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas, ni el carácter instrumental de la política exterior estadounidense desde la doctrina Monroe. Nadie espera que Trump actúe con altruismo. Que Trump quiere el petróleo de Venezuela! Es en serio? Of course! Todos quieren el petróleo de Venezuela! o es acaso que la presencia de China y Rusia es por amistad a Maduro? Son temas geopolíticos que siempre estarán presentes en una mesa de negociación No obstante reconocer esto no exige eliminar la solidaridad, amputar la emoción humana elemental del alivio frente a la captura del satrapa y reconocer la tragedia enorme que sufre el valiente pueblo venezolano.

Negar la alegría contenida de los ocho millones de la diáspora, ignorar las lágrimas de quienes recuperan por un instante la dignidad arrebatada, es sustituir la ética por los dogmas antiimperialistas.
Durante años, la izquierda ha confundido análisis crítico con anestesia moral. Ha protegido teorias y manuales doctrinarios por encima de cuerpos torturados, ha defendido principios abstractos más que vidas concretas. Ha desarrollado un “pero” sistemático: un “pero” antes de un abrazo, antes de celebrar siquiera la posibilidad de alivio. La izquierda, en su búsqueda de coherencia antiimperialista, ha dejado de latir junto a las víctimas. Y en esto reside su fracaso ético más grave.

En Venezuela, dentro del país, la celebración sigue siendo contenida. La gente mide cada gesto, cada palabra, porque el miedo aún pesa, porque la maquinaria del control no ha desaparecido por completo. En el exilio, sin embargo, la reacción es distinta: allí la alegría estalla, visceral y humana. No por Trump, ni por Estados Unidos, ni por la legitimidad de la operación, sino por la posibilidad de que el terror cotidiano comience a desmoronarse y que, finalmente, los venezolanos podamos mirar hacia adelante. Negar ese derecho emocional, por dogma o por prejuicio, es un acto de crueldad intelectual y moral.

La historia enseña que pocas dictaduras caen sin presión internacional. Chile, Argentina, España lo confirman. Exigir que un país sometido por años de represión logre su liberación en soledad es un lujo ético que la realidad rara vez concede. Negarlo es convertir la pureza doctrinaria en indiferencia hacia el dolor de las víctimas.
Celebrar la esperanza no significa ignorar la historia, ni absolver a ningún actor; significa colocar a la dignidad humana por encima de abstracciones, de mapas y de manuales. Significa, finalmente, volver a donde la izquierda debería haber estado siempre: del lado de la gente.

Si no lo hace, habrá perdido la autoridad moral que le permite hablar en nombre de los oprimidos, y habrá confirmado lo que muchos sienten desde hace años: que la coherencia doctrinaria, sin corazón, es simplemente otra forma de abandono.

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