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Ángel Montiel | Hospitales en ruinas, sobrevivir es una lotería mortal

La crisis de la salud en Venezuela trascendió hace rato la estadística y los números vacíos, es una implacable sentencia de muerte lenta para millones de seres humanos. No es un problema coyuntural, sino la manifestación más cruda, cruel y palpable de una emergencia humanitaria compleja. El sistema público de salud, antes sólido y eficiente se derrumbó como un castillo de naipes.

Hoy, el derecho fundamental a la salud es violado de manera sistemática. Sobrevivir es una lotería mortal, donde la vida ya no depende de un hospital, sino exclusivamente del bolsillo o de la suerte.

Los datos de la Encuesta Nacional de Hospitales (ENH) son escalofriantes y condenatorios, un promedio irrisorio de solo cuatro quirófanos operativos por hospital sigue en funcionamiento.

Así mismo, el colapso de la infraestructura es el rostro más visible y decadente de esta tragedia. Los hospitales, que deberían ser refugio de sanación, se convirtieron en estructuras en ruinas donde el drama y el sufrimiento es palpable.

Este informe revela que cerca del 75 por ciento de los quirófanos están paralizados, en los principales centros, confirmando que la capacidad para realizar cirugías es desesperantemente limitada. La falta de agua agrava la insalubridad y pone en jaque la esterilización de los instrumentos.

La mayoría de los ascensores no funcionan agravando los problemas de infraestructura y el drama y las penurias de los pacientes y del personal médico.

El desabastecimiento de  insumos básicos es una plaga generalizada. La carencia alcanza el 74 por ciento en materiales descartables y lencería, con un déficit catalogado como crítico en insumos de quirófanos.

Terrible un país con menos de una cama por cada mil habitantes cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda por lo menos tres.

En este panorama de devastación, los pacientes con cáncer, enfermedades renales o crónicas son las víctimas principales y directas. Se les despoja del derecho a la vida y se les obliga a mendigar un cupo en un centro privado si tiene la fortuna de pagarlo, es la consumación de una privatización de facto, donde la salud deja de ser un derecho fundamental y gratuito para convertirse en una lujosa mercancía para el mejor postor.

La aglomeración de personas en los centros de salud refleja la desesperación en Venezuela y es una consecuencia directa del colapso del sistema sanitario.

Servicios tan vitales como el suministro de oxígeno fallan en el 85 por ciento de los centros de salud, un dato que por si mismo confirma sentencias de muerte.

Si la infraestructura es el cuerpo del sistema, los medicamentos son la sangre que se niega a fluir, y esa sangre escasea.

Cualquier farmacia, resulta absolutamente inaccesible para el ciudadano promedio, solo costear los insumos quirúrgicos mínimos equivalente a 22,5 salarios mínimos.

El dilema para el paciente es brutal e inhumano, endeudarse o morir de mengua.

El personal de la salud, esos “héroes de las batas blancas” que luchan a diario en medio de la miseria y las limitaciones, son las víctimas silentes de este drama. Los hospitales y otros centros de salud quedaron con un déficit crítico de talento humano, especialmente en áreas vitales como los servicios de emergencias.

Los bajos y miserables salarios no son solo una ofensa a la dignidad profesional, sino el motor de una fuga masiva de médicos y enfermeras. Cada profesional que cruza la frontera arrastra consigo la poca esperanza que queda. El resultado de este éxodo son las terapias intensivas, los quirófanos y las salas de emergencia tengan que operar con una dotación mínima e insuficiente, en la mayor precariedad, obligando al personal restante a jornadas inhumanas que comprometen la calidad y la seguridad de la atención. El paciente no solo carece de insumos, sino también de manos expertas que lo atiendan.

La crisis de la salud ya no es una preocupación económica o médica, es un crimen contra la humanidad que se agrava cada día.

El silencio de los responsables es cómplice y solo lo rompe el grito desgarrador de un paciente que espera sin insumos, sin personal y sin esperanza.

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