La vida del carruchero: “Mi viaje más largo cobré $18 y pedaleé por tres horas”
Bajo el sol ardiente del Zulia y entre el bullicio constante de la Curva de Molina inicia el día con el movimiento de las carruchas. Una adaptación de carretas a pedales que comienzan a desplazarse como parte del tejido urbano de Maracaibo. No son solo vehículos: son el sustento de decenas de trabajadores que empujan además de carga, historias de esfuerzo y dignidad.
Uno de ellos es Darío González, marabino que ha hecho de este oficio una segunda fuente de ingresos.
Por un tiempo trabajé como cinco años. Luego paré y ahora, cuando estoy libre de mi otro trabajo, vuelvo a la carrucha”, contó mientras ajustaba su vehículo.
Su jornada arranca a las 7:00 a. m. y termina al mediodía, justo antes de que haga en la ciudad el calor más fuerte.
La tarifa base es clara, una carrera corta vale 1 dólar. Pero no siempre reciben ese monto.
Hay días que me dan 70 u 80 bolívares. Uno entiende y acepta lo que la gente tenga. A veces, si la carrucha falla en el camino, hay que devolver el dinero y que el pasajero tome otra”, comentó Darío, quien ya logró pagar su carrucha a crédito, “poco a poco, cada semana”.
Como Darío, muchos carrucheros alternan este trabajo con otros oficios. Eddy González, por ejemplo, es albañil. Pero cuando no hay construcción, sale a pedalear. Trabaja de 8:00 a. m. a 2:00 p. m., en los tramos de mayor movimiento.
La carrucha es mía. La fui arreglando a mi gusto. Si el viaje es en bajada, puedo montar hasta tres personas. Pero si pesa mucho o va en subida, solo a uno”, dijo González.
Para Eddy, el ingreso diario “alcanza para lo necesario en la casa” o para comprar los repuestos que no perdonan descuido. Y aunque la mayoría de los pagos se hacen por pago móvil, no todos los pasajeros pagan cuando el transporte se daña.
Si se me pincha un caucho o se me dobla un rin, a veces monto al pasajero en otra carrucha... y muchos no pagan”, expresó Eddy.
Más allá del esfuerzo físico, el trabajo exige constancia y atención. Álvaro Fuenmayor lleva seis meses como carruchero, pero ya tiene horario completo de 6:00 a. m. a 9:00 p. m. todos los días.
Trabajo hacia todos los sectores desde la Curva. El viaje más largo que he hecho fue hasta La Concepción. Cobré 18 dólares y me tardé tres horas pedaleando”, relató.
Su carrucha es alquilada, y eso le impone una meta diaria para cubrir el alquiler de 5$ diarios y generar además su ganancia. Cada semana la revisa para evitar inconvenientes en su trabajo.

En el oficio la fuerza se mezcla con estrategia. Alonso, joven que lleva dos años pedaleando, tiene claras las distancias y capacidades. Ha llegado hasta la Vereda del Lago, en un viaje de media hora a velocidad máxima.
Para esos viajes largos monto máximo a dos personas. En trayectos cortos puedo llevar hasta cuatro. Y lo más pesado que he cargado son pacas de arroz, harina y azúcar”, apuntó.
Normalmente, el horario de Alfonso es de lunes a domingo, de 8:00 a. m. a 2:00 p. m., sin descanso fijo.
Ingenio sobre ruedas
Así, en pleno corazón del oeste marabino, las carruchas no solo se convirtieron en una respuesta espontánea al colapso del transporte público durante los días más críticos de la pandemia y posteriores a ellos, sino también en una solución práctica ante la escasez de combustible que dejó a muchos autobuses fuera de circulación en el año 2021.
Aunque en sus inicios generaron congestión en las paradas legales, con el tiempo las carruchas se establecieron como parte del día a día en sectores como La Curva de Molina, Galerías y sus alrededores.
Estas estructuras improvisadas con carrocerías cubiertas por lonas para proteger a los pasajeros del implacable sol zuliano y de las lluvias repentinas, comenzaron a rodar por avenidas principales, como La Limpia y Ciudad Lossada, creando un nuevo medio de transporte urbano que aún perdura.
Su presencia en zonas claves del oeste de Maracaibo refleja tanto la resiliencia del marabino como su capacidad para reinventar soluciones en medio de la crisis.
En esas rutas se cuenta una historia de ingenio popular que aún sigue rodando, entre el humo de motores adaptados y la esperanza de llegar, como sea, a un destino.
Un oficio entre la informalidad y la dignidad
Aunque las carruchas aún transitan entre lo informal y lo invisible, para quienes las conducen representan mucho más que ruedas y frenos. Son símbolo de supervivencia. Cada pedaleo es una afirmación: “Aquí estoy, trabajando con lo que tengo”.
Desde la música que algunos reproducen en sus carruchas hasta la pintura personalizada de cada vehículo, es un oficio que refleja la resiliencia zuliana en estado puro.
Entre bultos de comida, personas que confían en el transporte, y calles que castigan el pedal, los carrucheros sostienen una economía de barrio que no aparece en los informes, pero sí en las esquinas de la ciudad.
Ellos pintan las razones y posibilidades de un trabajo digno. Sobreviven gracias a su esfuerzo, como muestra diaria de firmeza, paciencia y creatividad para terminar cada jornada.



